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La infancia que yo no tuve (I)

Mi padre me habla de su infancia en el pueblo, y parece fascinarse de sus propios recuerdos. Cuando lo hace recrea los recuerdos de un niño de cinco o seis años que se crió alejado de su padre y sus cuatro hermanos, con cinco mujeres que sustituían a su madre fallecida antes de que él tuviera conciencia de su existencia. O eso quiero creer yo, al menos, que no me atrevo a preguntarle si conserva algún recuerdo de su madre.

Mi padre me cuenta cómo los baños que se daba en aquella casa sin agua corriente fueron los mejores de su vida. Me relata cómo sacaban una tina al patio que llenaban de agua del pozo y la dejaban calentar en la parte soleada del mismo, hasta que él se bañaba en el agua tibia en pleno verano usando el jabón que las cinco mujeres habían hecho en casa y un champú en polvo que venía en unos sobrecitos de los que todavía recuerda la marca. Cómo se bañaban las cinco mujeres, eso mi padre lo ignora,  sólo sabe que ellas nunca usaron su tina de la parte soleada del patio, la misma tina que él siguió usando incluso una vez que el agua corriente había llegado ya a la casa en la que nunca se llegó a construir un baño, pero sí una fuente en el patio que mi padre evoca como hermosísima, en la que él pasaba las horas muertas jugando como el hijo único en que se convirtió durante aquellos primeros ocho años de su vida, de ahí que sea capaz de describirla con total claridad. No hubo un cuarto de baño, pero sí un pequeño grifo en la cocina que las cinco mujeres usaban para cocinar y fregar. Él recuerda a las cinco mujeres que nunca lo mimaron demasiado, sino más bien lo criaron con el cariño justo, sin preocuparse demasiado por él y confiando en que saliera adelante por sí mismo, como se cría a una mascota, riéndole las gracias o ignorándolo según el día casi como una sola entidad. Cosiendo todas durante el día en el cuarto de costura con su enorme ventanal, escuchando la novela radiofónica, o durante la noche, sin soltar las labores, congregadas en torno a la única lámpara que iluminaba el patio, una única lámpara de latón que antaño fue de gas y que ahora gastaba una bombilla demasiado débil para iluminar cinco labores simultáneamente, con sus veinticinco dedos efectuando el mecánico trabajo de bordar.

Mi padre habla de esas cinco mujeres y de otras, familia lejana, que lo llevaban a bañar en una alberca con el fondo cubierto de limo, a la que se le permitía el acceso simplemente por ser lo suficientemente joven, aunque él no recuerda su edad exacta, pero me cuenta que siempre lo llevaban cogido de la mano todavía a todas partes, para que me haga a la idea. En la alberca las mujeres se bañaban en ropa interior, cree recordar, y se le pagaba una perra gorda al dueño de la misma, que tenía terminantemente prohibido pasearse por los alrededores de la zona de baño mientras las mujeres estaban allí, refrescándose y comiendo las frutas maduras de los perales y melocotoneros que rodeaban el estanque.

Fuera de mis planes.

Dentro de poco se cumplirán dos años desde que le fue diagnosticado a mi madre un cáncer del que todavía no se ha recuperado. Incluso desde antes del diagnóstico, desde los primeros síntomas, el comportamiento de los tres miembros de mi familia fue el esperado. Hasta hoy no me había dado cuenta de cómo eso me había ayudado a sobrellevar la situación. Cuando mi madre sintió los primeros dolores abdominales, a mitad de agosto en nuestra casa de la playa, de alguna manera supe que ya había llegado el cáncer de pulmón que llevaba años sospechando que atacaría a mi madre, tarde o temprano. Tanto tabaco y tan mal humor no podían llevar hacia otra parte, me había dicho, y temerme lo peor para estar preparada había sido mi técnica. Había imaginado una y otra vez la reacción de mi madre ante el tumor, su escepticismo ante los médicos que poco a poco se iría tornando en desconfianza ante un complot organizado que ella era capaz de percibir donde los demás simplemente veríamos un proceso médico complejo, su fortaleza indestructible interrumpida ocasionalmente por quejas exageradas, y sobre todo su mal humor implacable. Mi madre no se deprimiría nunca, sino que continuaría montando sus eternos numeritos de mal genio, peleándose por menudencias que la mantendrían entretenida y aparentemente poco centrada en su objetivo principal, que sería curarse, aunque a la vez su capacidad de generar dramas por lo más irrelevante le serviría como un escudo que la protegería de la realidad de su enfermedad, alejándola del pesimismo. Mi padre, como siempre, se mantendría en un discreto segundo plano. Cumpliendo con lo que había que cumplir, llevándola a médicos, a revisiones, sin enfrentarse con ella cada vez que se quejase de las patologías psicológicas del médico que sólo ella percibía, a veces abandonándola cuando no quedara más remedio, por asuntos de trabajo, o refugiándose en el barco para evadirse de la actitud disconforme y molesta por todo que adoptaría mi madre a veces. Mi padre nunca ha sabido muy bien qué hacía con mi madre, pensaba yo, y que no la amase con locura ayudaría, al menos, a que él no sufriera intensamente con su enfermedad.

El cáncer llegó, y todo, todo, se cumplió. Mi madre no pudo ser menos clara al darme el diagnóstico por teléfono, tal y como yo había imaginado (”Pues el médico ha dicho que es algo que no es muy bueno…”), y poco a poco la simpatía por sus médicos se fue tornando en desconfianza y odio. Así y todo, las cosas fueron bien. A los ocho o nueve meses desde el diagnóstico, tras una operación y un ciclo de quimio en el que salvo la pérdida de cabello pocos fueron los efectos secundarios que sufrió, el médico le dijo que su situación se había “normalizado”, y que si en dos años no recaía, se la consideraría curada.

Siempre que imaginé la enfermedad de mi madre, mis ensoñaciones (por llamar de alguna manera convencional algo que quedaría mejor descrito como “pesadilla terapéutica”) no iban mucho más allá del momento del diagnóstico, como mucho el imaginarme la calvicie producida por la quimioterapia, pero poco más. No le ponía fin a la historia, probablemente porque quería evitar imaginarme su muerte. Y eso que no es algo que me resulte especialmente traumático: al fin y al cabo, todos estamos condenados a ver morir a nuestros padres, y yo de alguna manera confío en que la naturaleza sabe cómo prepararnos para ello. Lo que sí que daba por hecho, de alguna manera, es que la mayoría de los cánceres se curan hoy por hoy, y que mi madre no sería una excepción. Y si moría, no tenía ni idea de cómo sería aquello, se me quedaba grande para imaginármelo.

Sin embargo, pasaron pocos meses y mi madre volvió a recaer. La primera vez no había dudado ni un instante de que llegaría la curación definitiva, la segunda no he sabido muy bien qué pensar. Cuando descolgaba el teléfono en Londres o llamaba yo tras un par de semanas sin noticias, las explicaciones de mi madre respecto a los tratamientos y su evolución eran lo suficientemente difusas como para evitar provocarme angustia. Un par de veces su voz era más débil de la cuenta y el corazón se me encogía, pero siempre que regresaba a casa la encontraba tan vivaz como siempre, capaz de poner de mal humor a cualquiera en tiempo récord, y volvía a dar por hecho que saldría de esta.

Y de pronto llega el verano, regreso a casa, y a las pocas semanas estamos todos en el hospital y ella con un pulmón encharcado porque los tumores crecen a un ritmo trepidante. Desde que le diagnosticaron por segunda vez el cáncer he querido saber exactamente de qué muere un enfermo de cáncer pero no he sabido a quién preguntarle. Hacerme a la idea me ayudará, supongo, por eso de estar preparada, como lo estuve la primera vez, y por eso quiero saberlo. O no. Ahora que empiezan a suceder cosas con las que no contaba se me saltan las lágrimas con facilidad sólo de imaginarme el futuro de la cuestión, y aquí no hay planificación que valga. Que mi madre fume a escondidas aun cuando no puede pronunciar dos palabras seguidas estaba en mi plan, que nos deje cocinar la comida a mi padre y a mi, no. Eso significa que se encuentra verdaderamente mal. Que mi padre se muestre callado y distante, como siempre, no me preocupa. Su aparente indiferencia me resultaba tranquilizadora. Que aproveche los ratos de mi madre en quirófano y me pida ayuda con cara de preocupación para llevarla a una unidad en otra ciudad donde será el único sitio donde alguien esté dispuesta a tratarla en su estado, y que me advierta de que no es mejor explicarle cuál es ese estado, sí que me preocupa. Que mi padre me lleve del brazo al jardín para poder hablarme sin que nadie nos oiga, y me explique que mi madre se niega a seguir ningún tratamiento nuevo porque está cansada de luchar tampoco estaba en mis planes, y que me declare que no va a dejar de luchar por ella, que no la va a dejar rendirse, no me preocupa, me aterroriza. Porque que mi madre se rindiera y que mi padre decidiera enfrentarse a un problema por primera vez en su vida, demostrándome que su mujer importa más de lo que yo creía estaba fuera de mis planes.

Vacaciones con Mambrino

No actualizo porque hace calor y me da pereza. Es como si mi cerebro se hubiera desactivado hace unos meses, y si reflexiono poco, actúo aún menos. Gasto las horas de mis días en un estado de semiletargo, y sólo me atrevo a salir de casa cuando se ha puesto el Sol. Duermo siestas eternas y corro de vez en cuando. Por las mañanas hago la compra, cocino la comida, recojo los platos, lo limpio todo. A estas alturas, en un verano típico, en casa nos estaríamos preparando para marcharnos esta misma tarde a la playa y pasar allí todo el mes, excepto unos pocos días que quería ir con Pablo a Galicia, a unos cuantos hotelitos con encanto. Pero mi madre empeora y he dedicado mi última semana a pasar muchas horas en un cuarto de hospital, venerando a un tal “Mambrino” que es el que firma los crucigramas de El País. Mambrino es el ingenio personificado y yo retrasaba intencionadamente el momento de rellenar su crucigrama resolviendo primero los sudokus, sabiendo que en ese montón de definiciones que hay al final de la página en las que nadie repara se escondían no sólo un par de horas de entretenimiento y evasión, algo extremadamente valioso cuando una se dedica a hacer compañía a un enfermo ingresado, sino también unas cuantas sonrisas que Mambrino iba a arrancarme con su ingenio. Suena a que estoy muy aburrida, pero de veras que Mambrino es todo un genio. Y que cuando llegan las adversidades, una ha aprendido que lo mejor es aferrarse a los pequeños detalles y disfrutarlos como nunca, que no va siempre la vida a salirse con la suya cuando le de por complicarme las cosas.

Paréntesis

Se acabó Londres. Ya no hay más viento en los tejados, y si se aplica la regla de que la actividad bloguera es inversamente proporcional a la actividad vital del que escribe, os quedará muy claro que mis últimos días en Londres han sido un no parar. Salir de día y de noche, a museos, a restaurantes, últimos paseos con los pocos que quedamos, discotecas en mazmorras, con piscina, sangriadas, madrugones para trabajar, despedida de mis niños, enviar paquetes a España, comprar más zapatos todavía y estrujarlos dentro de una maleta que no cierra, últimas 24 horas sin dormir, un vuelo, y fin.

Yo pensaba que el día que abandonara Londres lo haría llorando con Fog de Radiohead a todo volumen en el iPod y la cara pegada al cristal del Gatwick Express sin creerme todavía que había cerrado la puerta de mi habitación de la residencia para siempre. Pero no fue así por varios motivos, el principal, probablemente, que no tuve que ir al Gatwick sino al City airport en taxi porque me era imposible a mi sola desplazarme más de 10 metros cargando con mis 50 kilos de equipaje distribuidos en cuatro bultos.  Tras dos días intentando dejar mi cuarto como si nunca hubiera vivido allí, cuando por fin cerré la última maleta a las 6 de la mañana, me alegré y todo, y la perspectiva de pasearme por Madrid con todos aquellos bultos y coger un Ave hasta Sevilla hizo que se me olvidara por completo de alguna manera que me iba de Londres y centrara todas mis preocupaciones en las dificultades logísticas del viaje. Sea como fuere, al final no sentí nada cuando me marché de aquella ciudad, salvo un ligero alivio al facturar las maletas y mucho cansancio acumulado.

Me imagino que todo esto tiene que ver con el hecho de que me haya autoconvencido de que tarde o temprano - espero que más bien lo segundo- volveré a Londres. España es sólo un paréntesis, no es el adiós definitivo. Londres me espera con la misma indiferencia con la que me vio llegar e irme, como ha visto ya a millones, y yo no puedo evitar sentir cosquillas en el estómago cada vez que pienso en regresar cuanto antes. Siempre había sentido cierta angustia respecto a mi futuro como “adulta”. La sola idea de imaginarme viviendo en una ciudad durante más de 5 años seguido me causaba claustrofobia, pero con Londres no sucede así. Londres es tan maleable, tan cambiante, que es como vivir en muchas ciudades a la vez, y supongo que por eso quiero volver. Hoy a la hora de comer mi madre me ha preguntado qué oposición pienso hacer cuando termine la carrera, y casi me atraganto. Yo nunca he mencionado la palabra oposición a mi madre, y aunque podría haberle mentido, o haber esquivado el tema, he preferido dejar bien claro que no pienso hacer, por ahora, ninguna oposición y, sobre todo, que pienso irme de España en cuanto tenga la oportunidad, no sé si definitivamente, pero sí durante una larga temporada. Ha seguido un silencio incómodo, y luego una especie de broma-reproche por no saber valorar lo maravilloso que es esta ciudad, casi instándome a quedarme. No la culpo por no entenderme, y es probable que tenga razón. Pero por ahora lo único que me hace seguir adelante es la perspectiva del retorno a la primera ciudad de la que me he sentido verdaderamente parte. Sé que mi vida allí será muy diferente a como lo ha sido estos nueve meses, y tal vez tras poco tiempo allí me canse y vuelva; pero ahora mismo es lo que quiero hacer, como la primera decisión clara que he tomado en mi vida, justo ahora que tengo tiempo y oportunidades para equivocarme y rectificar, así que evidentemente no voy a desperdiciarlas. España es sólo un paréntesis.

Cumpleaños Feliz

Y se acabó todo. Los exámenes, después de unos días de vértigo. Y luego un tren que me llevó a París, y recibimiento de Fer, y reencuentro con Pavlo. Y cumpleaños feliz en Ladurée, con un hombre que me encendía la vela cada vez que la apagaba involuntariamente al soltar la carcajada. Y el mismo deseo de todos los años.
Y vuelta a Londres, madrugón al día siguiente, a trabajar, el cuarto hecho un desastre. Y cena de cumpleaños a base de dim-sum y té, con 20 invitados, y regalos, y tarta, y sorpresas, y despedidas definitivas. Y otro madrugón, y más trabajo, y hacer la maleta, salir a la calle a las dos de la madrugada, coger un autobús, y al aeropuerto.
Y Croacia, cinco días, con Albert al que apenas conozco. Y bicis y playas azules y blancas, y sol, y callejuelas de piedra, y lluvia y pescado fresco barato, y vino malo y más barato, islas desiertas y basílicas bizantinas, y leones venecianos.
Y otro avión, y otro autobús, y otro autobús más, y un cuarto que es un desastre y el sol brillando y Londres que se acaba, que se acaba ya, y yo no puedo detenerlo.
Y la vela que sigue brillando en la foto, el deseo que no se ve pero se adivina, y los recuerdos que van quedando.

Via fotolog.  

Two more left.

Sí, me quedan dos exámenes que no me estoy tomando nada en serio. Con los cuatro anteriores sólo lo hice con uno, llamado “Violence, religion and politics en early Modern Spain”, que era el primero y por eso me daba más miedito. El resto de exámenes, teniendo en cuenta que son preguntas tipo ensayo, que hay que elegir 3 opciones entre 9 preguntas conocidas de antemano, y que haga lo que haga sólo voy a sacar un notable o, en el peor de los casos, un aprobado, han sido cualquier cosa menos serios.

Ahora dedico mi tiempo de estudio a cosas mejores, como fantasear acerca de futuros destinos. Por primera vez en mi vida en mi ordenador hay nada menos que siete billetes de tren/avión que voy a empezar a utilizar el día después de terminar los exámenes. Me voy a París cuatro días a casa de Fer, con Pavlo, a celebrar mi cumple. El plan hasta ayer a partir de aquí consistía en volver a Londres, trabajar dos días, y luego ir cuatro a visitar Cornwall. Cornwall me estaba empezando a mosquear porque o nos dedicábamos a hacer 14 horas de ida y 14 de vuelta en autobús (lo cual, con cuatro días para visitar infinitos pueblos y playa parecía poco plausible), o pagábamos una auténtica millonada para llegar en avión.

El punto de inflexión radical llega ayer cuando recibo un email de Easyjet anunciando que hay millones de billetes de avión a 19,99 libras, todo incluido, desde Gatwick. Busco y busco y al final encuentro un vuelo que no va a Newquay, sino a Rodas, en las mismas fechas y más barato. Me emociono tanto que creo un evento en facebook, al que sólo se apuntan Jenny y Albert, para comprar los billetes esa misma noche. Esa misma noche Albert viene a mi resi, y cuando abrimos la página de easyjet los billetes ya no están:se han volatilizado, estupendo. Y nosotros con el caramelo en la boca, empezamos a mirar destinos. Estamos determinados a comprar un billete a donde sea en esas fechas. Y de repente aparece un destino del que poco sabemos, pero es barato y nos hace gracia el nombre: Pula. Pula está en Croacia, y después de haber comprado los billetes, cuando Albert ya se ha marchado, investigo: Pula es precioso, en la península de Istria, con unas playas en el Adriático de color azul rabioso y bosques verdes y restos arqueológicos romanos. En Istria son comunes el cicloturismo y el submarinismo. Así que vamos a Pula, en vez de a Cornwall, así, como quien no quiere la cosa. Suena divertido.

De momento van cuatro billetes (dos de tren, dos de avión), y quedan otros tres. Madrid-Bruselas-Berlín-Madrid. En julio. En Bélgica iré a ver a Radiohead y Sigur Ros al festival de Werchter, con Pablo, y luego de Bruselas cojo un vuelo con David, que es belga, y pasaremos una semana en casa de Christin, en Berlín. Esto también suena bien.

Me gustaría hacer algo en Agosto, o en Septiembre, con Pablo. Todos estos viajes me hacen mucha ilusión pero me da una pena increíble que él no pueda venir, como me da pena no poder viajar en Agosto con él a Turquía porque mi madre consigue que sus neuras y mentalidad retrógrada pesen más que el sentido común y mi ilusión, como siempre. Probablemente aprovechemos que tengo un examen en Septiembre para hacer algún viajecito  después, a escondidas, como siempre…

Hasta entonces, sin embargo, creo que lo mejor que puedo hacer es estudiar un poco, que todavía me quedan dos exámenes. Dos, solamente, y se acaba mi tercero de carrera. Y mi erasmus. Two more.

El deber me llama.

Pues sí, después de once meses de vacaciones (exceptuando seis u ocho horas de clase a la semana durante seis meses, siete ensayos que he tenido que ir entregando, y cinco examencitos de nada por ahí dispersos), me toca ponerme a estudiar. A estudiar en un idioma distinto, para un sistema educativo nuevo, sobre unas materias conocidas acerca de las que tengo que escribir de una manera totalmente desconocida para mí. Si ya se me había olvidado cómo se estudiaba para la uni en España, tener que entender cómo va eso de escribir tres ensayos académicos en tres horas, y estudiarme el (supuesto) contenido de los mismos, con referencias y citas memorizadas y en tiempo récord, me parece una misión imposible. Y sin embargo tengo la impresión de que todo es más fácil aquí. Impresión que conozco y de la que sé que hay que desconfiar, pero es que es o el autoengaño del “¡si esto está tirado!” o la angustia vital durante un mes entero del “no tienes ni idea Paula, estás más perdida que Adán el día del padre” sin dejarme dormir por las noches. Y evidentemente, elijo la primera, que la vida son dos días. Total, aquí para suspender lo único que se puede hacer es dejar el examen en blanco, pero un sobresaliente tampoco lo saca nadie, así que presión mínima,  que haga lo que haga, y dado el sistema de convalidaciones tan mal pensado de mi universidad de Madrid, voy a sacar un notable. ¿No veis? ¡Si esto está tirado!

De todas formas, algo hay que hacer, por muy “poco” que sea. Y poco significa seis horas al día en la biblioteca, mínimo, dado que no he abierto un libro en todo el curso y que mis semanas tienen dos días menos debido a mis funciones de supernanny.  El problema es que en Londres hace un calorcito casi veraniego ya, en las orillas del río hay gente en bikini tomando el sol, anochece a las nueve y media de la noche, y, para colmo, mi ventana da a un pub en el que los ingleses se reunen después de trabajar a tomarse un par de pintas en los veladores de la puerta, aprovechando el buen tiempo.  Cuando decido que no aguanto más en la biblioteca y vuelvo a mi habitación (que está en un estado de desorden lamentable, por cierto) para seguir repasando aquí y abro la ventana y me viene el fresquito del río y el bullicio de los ingleses pasándoselo pipa justo en la acera de enfrente, me asaltan dos pensamientos: el primero es bajar y unirme a ellos, evidentemente, y el segundo, dada la imposibilidad de realizar el primero, es tirarles agua, lejía o aceite hirviendo desde mi ventana para que dejen de darme envidia de una vez.En fin, dejo ya de despotricar sobre mis obligaciones estudiantiles (aunque a estas alturas tengo bastante claro que no me lee nadie ya desde hace tiempo) y vuelvo a hincar los codos, que por mucho que se rían los de enfrente con sus cervecitas y que yo haya ido hoy en chancletas a la biblioteca, el deber me llama.

La buena vida.

Hace algo de tiempo anuncié que me iba a gastar un tercio de mi salario, cuando tuviera uno decente, en zapatos. Un sueldo decente, se me olvidó puntualizar, que me permitiera mantenerme con los dos tercios restantes. El que tengo ahora, cuidando a los niños, no daría ni para pagar el alquiler completo, así que este no cuenta. Es un “sobresueldo” que se le suma a mi “sueldo” de estudiante, pagado en un 98% por mi papá, y un 2% por la Comunidad de Madrid, la UC3M, el MEC y la Unión Europea, a la vez (qué fuerte lo forrado que está mi papá, que es capaz de pagarme todos los estudios y los otros sólo son capaces de reunir una mísera propinilla sumando lo que han conseguido juntar entre todos, ahora que lo pienso). Mi sueldo de estudiante iba destinado, en principio, a ahorrar mucho dinero para poder viajar todo el tiempo como cualquier erasmus que se precie. Tras dos meses intentando convencer a todo el que se me ponía a tiro de que se viniera conmigo de viaje a cualquier destino que se me ocurriera, con más bien poco éxito, para terminar haciendo dos o tres planes de viaje a largo plazo, y por lo tanto quitándome de encima la presión del ahorro inmediato, me dediqué “a la buena vida”. Ahora que mi gasto en “buena vida” (esto es, poder ir al super y comprar artículos que cuesten más de 2 libras por unidad, dejar de calcular el coste de oportunidad de cualquier cosa en número de envases de crema suavizante del pelo, salir a cenar a sitios “guays” y oh, hasta ir al cine por el módico precio de 10 libras la entrada) se ve reducido al mínimo por la exclusión social a la que los exámenes me han condenado, mis dos únicos gastos están siendo, en una proporción casi igual a la que conforman mi papá y todos los organismos oficiales involucrados en la concesión de una beca erasmus, calzado y caprichos comestibles. En cuatro días me he comprado tres pares de zapatos, y durante la visita de igual duración de Ceci (maravillosa, por cierto) he comido más hidratos de carbono simples de los que mi cuerpo ha recibido en los últimos dos o tres meses, juntos. Que voy a tener problemas con el peso, en definitiva: con el que marque la báscula electrónica de alguno de los médicos que me riñen cada vez que engordo, y con el del paquete que voy a tener que enviar por correo a España por exceso de equipaje. La buena vida es lo que tiene.

How big is the universe?

A Tilly le ha dado hoy una rabieta tremenda cuando mi respuesta a su pregunta “What is hair made of?” ha sido “Hair”. Viendo que no paraba de llorar porque pensaba que me burlaba de ella, he decidido pasar a las células y los átomos, las células vivas, las muertas y los nutrientes, y por qué un árbol en la calle crece pero la balaustrada de madera en la que estábamos apoyadas no va a volver a crecer nunca más por mucho que la riegue. Cuando ha llegado su madre del trabajo le he dicho que su hija me había hecho una pregunta muy interesante y ella, intentando adivinar cuál había sido, le ha preguntado si esta fue “How big is the universe?”, todo un clásico.

A mi me parecía que una de las mejores preguntas de la historia era la de: “¿Si tuvieras que comer un bicho crudo, cómo lo prefieres, viscoso o crujiente?”. Es curioso cómo algunos lo tienen clarísimo, y otros, como yo, son incapaces de decidirse aunque hayan tenido años para pensárselo (y mira que es trascendental el tema). Sin embargo, acabo de encontrar la mejor pregunta del mundo en este sitio tan genial: “ Hace algunos meses leí en el blog de Kurt un post en el que informaba de que había llegado a la conclusión de que todos tenemos un precio, y bastante más bajo de lo que creemos. ¿O te negarías a acostarte, por poner algo, con José Luís Moreno por una cifra de tu elección? Pues coge esa cifra y muévele el punto dos o tres lugares hacia la izquierda y te aseguro que también lo harías. Respecto a la pregunta de antes (la del millón de dólares, no la de cómo de grande es el universo), si alguien tiene una respuesta, por favor, que la deje en los comentarios. Yo soy tan miserable que abrazaría encantada los 10,000 dólares si no me dieran a elegir el millón. Y espero empezar a recibir propuestas por ese módico precio cuanto antes, ya puestos.

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¿Qué le dan de comer al pobre animal?

Just for men

“¿Que qué dice de las canas? Le gustaban los hombres con canas, hasta que me salieron a mí.”  Conclusión: No son las canas, eres tú el que no le gusta. El Just for men no va a arreglar eso, deja de esforzarte. Tenía que decirlo, pero me parece de las peores campañas publicitarias de la historia de la humanidad (que digo yo, o lo pronuncian ustedes “Yast for men”, o dicen “Just for men”, pero eso de las dicción en spanglish no me convence demasiado).

Los sevillanos

1. Después de 30 minutos dando vueltas por la zona, consigo aparcar el coche en un parking de legalidad más que dudosa (a la sombrita, eso sí) y me dirijo hacia la biblioteca de Historia del Rectorado. Paso por delante de varios coches de caballos parados, y uno de los cocheros me grita, desde la otra acera: “¡¡OLE, OLE, OLE!!”. Yo agacho la cabeza, y vuelve a gritarme: “¡¡QUE NA MÁS QUE T’HE DISHO OLE, COMO A LOH TOREROH!!” Suelto una carcajada y me vuelve a gritar: “¡¡QUE EHTOY SORTERO!! ¡¡CÓMO TE LLAMAH!!?”. “¡¡MI MADRE NO ME DEJA HABLAR CON DESCONOCIDOS!!”-le grito riéndome ya desde lo lejos, porque este diálogo transcurre conmigo sin para de caminar y el susodicho cochero rotando sobre su propio eje para proyectar mejor su voz hacia mi persona. “¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracia tienen los sevillanos!”.

2. En la facultad me mandan de una biblioteca a otra, eso sí, todas las bibliotecarias son amables y tienen ese gracejo que hoy tanto me fascina. Cuando consigo los libros que me hacen falta, en una biblioteca sin zona de consulta, la bibliotecaria me explica que no me los puedo llevar porque cierran a las 13:00, pero que si le dejo el DNI puedo consultarlos en alguna otra sala hasta las 14:45. En la otra sala una chica muy simpática y aburrida se dedica a darme conversación y contarme chistes, así que decido que lo mejor es hacer fotocopias porque no me va a dar tiempo a consultar nada. Llego a la copistería y no hay nada que hacer. Es la una y media y cierran a las dos, y 80 páginas son “muchas para fotocopiar en media hora”. Vuelvo a la biblioteca y le pregunto si abren esta tarde, y la bibliotecaria me mira como si fuera un marciano y exclama: “¡Pero si hoy es viernes!”. Como no contesto, me explica: “Los viernes cerramos a la una, y no abrimos por la tarde”. “¿Y el sábado?”. “¿¡El sábado?! ¡¡Cerrado, hombre!!” Por los horarios de feria ni pregunto. Me voy a la Fnac y a la Casa del Libro y de los dos libros que busco, uno no está en catálogo, y el otro lo tienen pero no lo encuentran, así que me aconsejan que me pase “otro diíta” por si acaso “alguien lo encuentra”. No busco dos libros demasiado especiales. Uno de ellos, de hecho, se puede considerar obra de referencia en la historia de España. Que alguien se de una vueltecita por el rectorado y alrededores y observe qué está abierto a mediodía: ¿la biblioteca? ¿las reprografías? No. Las terracitas. Abiertas y a rebosar. En Sevilla los estudiantes se lo pasan muy bien, pero estudiar estudian poco. Y no se lo recrimino a nadie: con 32º y solazo es más que comprensible. A Sevilla viene uno a pasárselo bien, para encerrarse en una biblioteca váyase usted a un sitio donde llueva mucho (véase Londres).

3. Vuelvo hacia mi casa y me chupo un atasco mortal en el que se ha convertido en mi coche de manera inesperada. Son las tres y tengo mucho calor, sed, la tensión baja y la música tan mala que ponen por la radio me está poniendo de muy mal humor. El tráfico en el centro es un caos donde todos quieren llegar cuanto antes a casa para tomarse su gazpachito y dormirse una siesta, presupongo. Porque eso es lo que hacen los sevillanos, deduzco, dada la mañana de topicazos costumbristas que estoy viviendo. En una rotonda un coche intenta cruzarse para salir ignorando mi presencia en el carril exterior, y yo intento en vano hacer sonar el claxon del coche golpeando el volante para advertirle de mi presencia (más tarde descubro que el claxon de este coche se hace sonar con una palanca del volante). Me veo obligada a reducir mi velocidad hasta frenar por completo, y el susodicho se para a escasísimos centímetros de mí. Baja la ventanilla del copiloto (yo ya la llevo bajada) y me grita, riéndose: “¿¡QUÉ TE PASA, QUE NO TE SUENA ER PITO, MIARMA?!”. Yo indignada, no articulo palabra, pero levanto las manos en señal de enfado. “¡¡NO TE ENFADEH GUAPA!! ¿NO HAH VIHTO LO SERQUITA QUE ME QUEDAO? ¡¡AMO, NO ME DIGA QUE ESO NO EH ARTE!!”. Los sevillanos no saben conducir, pero tienen “musho arte”.

White Easter

Hace veinte días que no doy señales de vida, y aunque he escrito más de un post mental, no he tenido el tiempo para trasladarlo a este soporte, con la consecuente pérdida definitiva de los mismos. No he tenido tiempo. Trabajos, clases, ensayos, exámenes, visitas, viajes y despedidas.

Sí, han pasado muchas cosas, pero la más impactante para mí ha sido la marcha de Christin. Se ha ido mi mejor amiga del alma de Londres, igual que se fueron ya unos cuantos antes de Navidad, de la misma manera que se terminarán marchando casi todos los que aquí he conocido, como me marcharé yo el 20 de junio. Y no quiero.  Me quedan tres meses, pero uno prácticamente entero lo voy a pasar en España. Se me acaba el tiempo aquí. Estoy enamorada de esta ciudad como no lo he estado de ninguna otra. Mi excedente de tiempo libre, el grupo tan especial de gente que he encontrado aquí, contribuyen a que me dé más pena marcharme. Londres ha sido la culminación de toda mi lucha del año pasado por encontrar un cierto estado de salud mental y física que me mantuviera, cuanto menos, estable. Aquí he estado establemente feliz. Vale, en Noviembre, cuando hacía dos semanas que anochecía a las 3 y yo llevaba tres meses sin que una de mis comidas principales fuera un sandwich, alguna que otra pataleta melodramática tuve, pero afortunadamente se quedaron en eso.

Aquí, entre otras muchas cosas, he aprendido a ser un poco más feliz. He hecho amigos y me he reído como nunca, resumiéndolo. Viajando, paseando, bailando, cocinando, bebiendo, cantando, charlando, visitando exposiciones, comprando ropa, cotilleando, estudiando… y Londres siempre de telón de fondo. Un telón de fondo inmejorable. Nieva en Londres en este lunes de Pascua, y cuando vuelvo de dejar a Pavlo en el aeropuerto sale el sol al otro lado de la ventanilla del tren. Vuelvo pero sé que en poco tiempo haré el viaje en sentido contrario, y se me encoge el corazón. No obstante comprendo que el momento de marcharse será ese, cuando todos los que aquí he conocido se marchen también para siempre. El haber coincidido con ellos aquí y ahora es de esas mágicas conjunciones espacio tiempo que sólo se dan unas pocas veces en la vida. Como la nieve en Londres, el día de Pascua, con un huevo de chocolate Neuhaus por delante.

Confusión

El Reino Unido de la Gran Bretaña y España son muy parecidos. Y cada vez lo serán más. Por eso escribo tan poco acerca de las “diferencias culturales” que experimento aquí: porque son muy pocas.

No obstante, creo que me encuentro en un punto de inmersión cultural en el que nunca antes me había hallado en mi vida (probablemente porque nunca había pasado una temporada tan larga en un país extranjero). Cuando voy a España los primeros días me tengo que esforzar para saber por qué lado de la calle aparecen los coches, y me sorprende oir a la gente hablando en español, entender hasta el último detalle de conversaciones ajenas. Me cuesta mucho trabajo no decir “thank you” a los camareros, o “sorry” a la gente con la que me tropiezo. Porque claro,  está el lenguaje. Me cuesta más que nunca hablar en inglés. Hay quien dice que esto se debe a que ahora tiendo a esforzarme menos, y puede ser, aunque realmente nunca he tenido la sensación de esforzarme. A mi me da la impresión de que tengo más acento español que nunca y probablemente mis construcciones gramaticales cada vez sean más surrealistas. Y creo que se debe a que intento expresar ideas más complejas con todo detalle, cosa que antes haría simplificando. Cuanto menos sepa, mejor, como leí en un artículo de la que a partir de ahora será mi revista preferida “Intelligent life”, en el que se hablaba de cómo somos capaces de hacer las mejores elecciones cuando nos guiamos por pura intuición, a falta de información. Si algo era demasiado complejo, o lo expresaba de modo rudimentario usando mi limitada lista de vocabulario, o me lo callaba. Ahora tengo que decirlo, aunque me meta en un jardín que me aburre hasta a mi, incluyendo palabras que hasta que intento pronunciarlas no me doy cuenta de que nunca las había oído en voz alta, sino leído lo mismo en algún tratado de filosofía política que en la prensa amarilla.

Si tuviera más tiempo seguiría mejorando hasta haber incluido en mi archivo mental la apariencia sonora de todas esas palabras, pero mucho me temo que no llegaré a ese punto. De momento me sigo riendo con las pocas confusiones culturales que me siguen recordando, todavía, que soy una extranjera aquí. Como hoy cuando Ro ha ido a recogernos a Fred y a mi a la guardería en coche y yo, ni corta ni perezosa, me he ido a la puerta del conductor. “Deberías sentarte al otro lado, a no ser que quieras conducir tú”. A cruzar calles estoy muy acostumbrada, pero lo de ir en coche ya es otra cosa.

¡Que se peleen!

Nuestros futuros presidentes no entienden de qué va un debate electoral. Eso de arrojarse datos del pasado y sacar gráficas de colorines me parece muy bonito para un debate del estado de la nación. Aquí tendrían que habernos prometido cosas para que les votemos, no intentar desautorizar al que no quieren que votemos. Hoy que había recibido los papeles del voto por correo, decidí que si alguno de los dos me emocionaba con sus verdades mal disimuladas marcaría su casilla y sellaría el sobre con mi propia saliva. Zapatero ha estado cerca hablando de los inmigrantes que donan órganos, pero de tanto nombrar a Aznar ha terminado cortándome el punto. Que cada uno interprete los datos como le convenga es más que confuso: posicionarse en la sección de economía era un acto de fé más que otra cosa. Habría agradecido que el presentador los callara a los dos de vez en cuando y aclarara qué era verdad y qué no lo era tanto en aquel mar de datos mal contados.

Zapatero es leísta y Rajoy xenófobo. Uno habla de todo lo que quiere para las niñas que nacerán en España (por eso de la igualdad de género) y el otro nos desea buenas noches y buena suerte. Yo reclamo que en el próximo debate se dejen de pamplinas y se den de hostias sobre la mesa. Por los menos nos divertiríamos todos (ese Rajoy enchaquetado intentando defenderse no tendría precio, y con lo dado que es ZP a lesionarse…) y además es imposible mentir a puñetazo limpio.