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El ajolote.

Me acuerdo de cuando era una niña que devoraba los libros, de haberle preguntado a mi padre el por qué o el cómo o el cuándo o el dónde de algo que ya no recuerdo, y de él interrumpiéndose a mitad de explicación, musitar algo, señalarme con el índice, elevar las cejas y asentir con la cabeza, como queriéndome decir: “sí, justo eso, llevas razón”, y con el dedo todavía elevado y la cabeza todavía asintiendo girarse de pie como estaba y abrir la puerta corredera del despacho que tenemos en casa, encender la lucecita del escritorio (lo cual era algo inusual, antes de que hubiese ordenadores e internet ese despacho siempre estaba oscuro por las noches), y ponerse a rebuscar por las estanterías hasta dar con uno que me entregó abierto por la página del cuento del ajolote.
Casi siempre suelo olvidar las novelas que leo y las películas que veo, tengo esa suerte: puedo volverlas a disfrutar una y otra vez y sorprenderme como la primera vez. Sin embargo siempre recuerdo la sensación que me dejaron, y es así como sé si una novela me gustó o no, si debo recomendarla y a quién y por qué, si me viene bien releerla ahora o dejarla para otro momento, si me apetece volver a ver una película o si es mejor dejarla para otro momento. Cuando mi padre se fue a rebuscar por la estantería el libro que me entregó era un libro de cuentos de Cortázar, con aquella historia del ajolote que, en mi recuerdo al menos, estaba escrita en primera persona. Recuerdo una voz hablando de un ajolote que era una criatura viscosa, fría, de ojos pequeños y cuello palpitante; me acuerdo de un lenguaje artificioso describiendo una relación inquietante con una criatura estática, silenciosa y acechante a la que a la vez no pude evitar cogerle cariño mientras leía. Recuerdo cómo aquella situación me resultó todavía más enigmática dada la manera casi impulsiva en la que mi padre había recordado al ajolote y me había entregado aquella historia, casi como si encerrase algún significado oculto que el sentía que era su responsabilidad darme a conocer cuanto antes.
Recuerdo también poco después -probablemente el mismo día- a mi padre ayudándome a traducir la entrada de la Enciclopedia Británica dedicada al ajolote, y enterarme del pasado mítico del ajolote e imaginármelo casi como a una estatua de granito, oscuro, pétreo, impertérrito. Recuerdo aquellas páginas de la Enciclopedia Británica de letras minúsculas y papel finísimo y quiero recordar una pequeña ilustración en blanco y negro de la salamandra mitica en ellas, pero esto seguramente me lo esté inventando. En cualquier caso, recuerdo tras aquello sentirme en cierto modo poseedora de un pequeño privilegio: yo conocía al ajolote, aquella extraña criatura, conocía incluso su pasado grandioso como parte de una civilización ya extinta, y la mayoría de los demás niños -e incluso adultos-, yo estaba segura, lo desconocían. Ajolote se convirtió en mi infancia en una especie de contraseña, una palabra mágica, un conjuro: se podía escribir incluso axolotl, y nadie sabría a lo que me refería. Durante muchos años, y a pesar de haberlo visto en la enciclopedia, dudé incluso que el ajolote existiera en realidad: de alguna manera era como si aquel episodio en general -mi padre interrumpiéndose en mitad de la frase, el cuento tan extraño, la leyenda escrita en inglés en la enciclopedia- nunca hubiese sucedido, como si aquello lo hubiese soñado. Recuerdo haber escrito, siendo un poco más mayor, algo acerca del ajolote, quizás para algún trabajo del colegio. Y recuerdo en clase de literatura, ya una adolescente, tener que leer de nuevo los cuentos de Cortázar, y de nuevo sentir los ojos fríos y la piel viscosa, el cuello palpitante, la criatura granítica e inmóvil, esta vez más siniestros que nunca. Recuerdo aquellas clases en las que el profesor me decía preocupado que tenía ojos tristes y se ofrecía a ayudarme si tenía algún problema. Recuerdo haberle escrito emails desesperada y aunque recuerdo poco o nada de lo que escribí en ellos, me lo puedo imaginar. Recuerdo la soledad y la confusión y recuerdo sobre todo la tristeza infinita.

Hoy leo en el periódico la noticia de que el ajolote se extingue irremediablemente, y todos estos recuerdos me asaltan repentinamente. No puedo evitar emocionarme un poco al rememorar una vez más el gesto de mi padre sacando otro libro de la biblioteca, leyendo otra entrada de la enciclopedia conmigo. Me impacta la oscuridad que halle dentro de aquel cuento de Cortázar siendo yo tan niña, el haberla comprendido y haberla dejado que se quedase conmigo tantos años. Me entristece darme cuenta ahora de lo mucho que la había dejado crecer cuando volví a reencontrarme con el ajolote de adolescente, de lo injustamente inusuales que fueron aquellos años. Pero a pesar de todo no puedo evitar alegrarme un poco de verme desbordada ante recuerdos como este. Supongo que es porque al fin y al cabo son como un ajolote: oscuros e inquietantes, inciertos y descorazonadores en parte, pero precisamente por ello especiales. Y, como con el ajolote, no puedo evitar sentir un poco de nostalgia al toparme con ellos. Por eso he venido aquí a escribirlos antes de que desaparezcan para siempre, como le terminará pasando al ajolote.

Qué le dirás a ella, me pregunto: qué historia le narrarás al llegar a casa.
Le hablarás de mi rimmel corrido, de si he engordado, de si me amarillean los dientes, me pregunto:
le comentarás sorprendido lo mucho que hablo, lo poco que afino, le dirás, atónito, que no sabes cómo pudiste, igual que yo te contemplo aturdida y me pregunto por qué yo si pude, y me asalta una ola de aquel dolor, tu voz rasposa, el frío en la nieve y tu rechazo.

Qué le contarás, me pregunto, al llegar a casa: si mi acento ha cambiado, si me he vuelto aburrida, si complaciente escuchará, una vez en la cama

(la calidez del plumón, el sosiego doméstico, las piernas enlazadas ) 

tu voz amortiguada, narrándole

 (su sien en tu pecho, como yo la escuchaba) 

lo mucho que te alegras de no haber sido consecuente,

lo muy bien que te salió la cobardía,

lo poco que merecía la pena la ternura.

A media cena pones mi nombre en su boca:

tinitus, me pitan los oidos,

se calla el murmullo del restaurante. 

Qué le habrás contado, me pregunto: quién seré yo en tu historia, qué hay detrás de tus párpados.

Por qué me sonríes ahora.

 

Y tu corazón late y late, y eso es todo. Un músculo. Vulnerable y débil, y heroico a la vez. Eso eres tú: un músculo. A lo máximo un sistema, un mecanismo: a veces has funcionado, a veces no. Cerebro y vértebras, y médula y músculos, y mucha grasa que tanto te ha hecho llorar y ahora te hace orugllosa, y huesos que cada vez se hacen más débiles, y cientos de miles de impulsos eléctricos, bioquímica en estado puro: eso eres tú, nada más y nada menos. Y te sientes tan sabia y tan pequeña, tan humilde y tan grande, tan confusa: quién sabe lo que eres, no te atrevas a juzgar a nadie, esto eres tú. Y se acabaron las preguntas. Ya se lo has contado todo a todo el mundo, tú todo lo ves claro, excepto lo único que importa. Para qué. El por quién ya lo sabes, que nadie se equivoque. Pero tal vez ellos deberían de preguntárselo también. Para qué. Para qué demonios. Tanta lucha, y para qué. Que nadie se dé por aludido, y que nadie se sienta herido. Pero para qué.

Órdago

El órdago -te dices, a las cuatro de la mañana-, el órdago: bébetelo, te dices: bébetelo ya, no esperes. Se te olvida todo lo que ibas a decir, excepto esa frase: algo sobre la permanencia, sobre el destierro, sobre la vida. El taxista pone No surprises y me cae como un jarro de agua fría: sin sorpresas, de pronto me doy cuenta de lo que significa. Sin emoción, sin vida. Bébetelo, te dices: poco más te queda, la vida es esto. Escribe una nota, huye, siéntete culpable. Te queda muy poco más aparte de esto. Todo lo demás es mentira. Has conocido a un traficante de drogas esta noche, y te lo ha contado todo. Tu amante duerme, ajeno a todo: te disculpas por adelantado. Son pocos a los que de verdad les importa este órdago, pero tal vez les importa demasiado. No eres egoista, simplemente estás viva. Estás viva.

Todo el mundo huele como tu, le he escrito al llegar a la oficina.

Llego al metro tarde como siempre, sintiendome culpable por el retraso que llevo en todo, preguntandome de nuevo si de veras sere capaz de terminar este doctorado que no tengo demasiado claro que me esté llevando a ninguna parte. A pesar de que la hora punta se quedó atrás hace mucho, el vagón al que subo no tiene asientos para todos. Espero un par de estaciones hasta poder sentarme, observando las caras de los pasajeros, en su mayoría mujeres, en su mayoría con el cansancio plantado en la cara,  asomando bajo el maquillaje en este jueves por la mañana. Me gusta, como a todos, imaginar algo las vidas de mis compañeros de viaje: mi juego preferido es mirar las manos, leer los anillos. Hoy la chica más joven –que se sienta en el asiento prioritario, destinado a las más mayores-, con pelo rojo, deportivas a juego y vestido negro ajustado, luce un anillo de compromiso con una piedra oscura. Espío su expresión sonadora, me pregunto que escuchara por esos auriculares gigantes que lleva puestos que le hacen mirar al cielo opaco y amarillento de este vagón de metro, si pensara en su boda futura, si se despidió de su prometido al salir de casa esta mañana, o si todavía no viven juntos como antiguamente. A su lado, la pasajera más mayor de todas. Asiática o sudamericana –no lo tengo claro-, arrugadísima y coqueta, con los labios rojos y una diadema de carey, esta luce su anillo de casada en el dedo índice, casi oculto entre los pliegues de la piel descolgada, de la carne hinchada: hace tantos años ya, parece decir ese anillo, tantos años que que más da, dice el anillo; tantos años que que importa si me han tenido que desplazar, si la carne y los tejidos han perdido la tersura, si la vida está ya descolorida: yo sigo brillando como las ruinas de un esplendor pasado, como un recuerdo de una ambición que se extingue, la constatación de la finitud de los sueños.

Llegamos a Finsbury Park y nos abandona la señora más longeva junto con otros cuantos pasajeros, por fin puedo sentarme. Saco del bolso la labor de punto –estoy tejiendo una manta infinita, y todos los esfuerzos son pocos-, y al acomodarme en mi asiento se me acalambra el corazón: de nuevo me ha asaltado inesperadamente su perfume. Es el pasajero de mi izquierda, un hombre negro trajeado, con zapatos marrones. No me atrevo a mirarle, pero es corpulento y tengo que encoger los brazos para tejer sin clavarle ninguna aguja. Me marea su olor. Conozco el nombre de su perfume, lo conozco demasiado bien. Hace ya casi dos años que le puse nombre a ese olor, y me ha venido persiguiendo desde entonces. Subo el volumen de mi ipod, me concentro en mi labor. Se sube un grupo de adolescentes japonesas, turistas, que me miran entre risitas, pero no levanto la vista. Pienso en el olor: parece que medio Londres usa su mismo perfume, y ya se lo he dicho más de una vez. Hay veces que he bromeado diciéndole que debe de ser barato cuando tanta gente lo utiliza. Y otras en que le he recomendado que lo cambie por poco original. Se lo digo de forma anecdótica, quitándole importancia, casi como una burla, pero sé que en el fondo se siente halagado. Que le gusta saber que pienso en él. Y a mi, supongo, me gusta hacérselo saber, aunque todavía no se explicarme el por que. La mayor parte de las veces la percibo de forma casi inconsciente: es solo cuando me sorprendo pensando en él un lunes por la mañana, de camino a la universidad, que me doy cuenta de que es porque de nuevo alguien viste su mismo perfume. A veces agradezco la compañía, otras veces la detesto. Hay mañanas frías y solitarias en las que el olor dulzón que flota por el vagón de metro me recuerda a las sabanas cálidas y las miradas largas que se han quedado tan atrás en la memoria, y la calidez de las notas especiadas de su olor se convierten inesperadamente en el abrazo tan necesario del que se me desterró entonces. Hay tardes alegres en las que el olor es un estorbo: pegajoso, demasiado intenso, una mosca pesada que no quiere largarse por más que uno la espanta con la mano, y finalmente la alegría de haberse deshecho por fin de ella. En esas tardes me observo hace dos años con ternura, orgullosa de haber crecido desde entonces, y miro de frente al portador del perfume, al que desprecio injustamente: como me alegro de no haberme quedado estancada en alguien como tú, les digo mentalmente. Me siento victoriosa entonces. Y hay noches de borrachera en las que vuelvo sola a casa y las luces del metro son las enemigas, y el olor es un castigo: se vuelve oscuro y profundo, un recordatorio de todo aquello que se me negó, de todo cuanto creí que no merecía, un catálogo de las inseguridades que no se agotan por más que intente desterrarlas. Los sueños rotos, el dolor que no se acaba, y el perfume que sigue ahí para recordármelo. Pienso en todo esto mientras tejo, hipnotizada por los puntos verdes que voy engarzando uno a uno en la aguja, a la velocidad del rayo, abrumada por el perfume que, como el anillo de la anciana de hace unas paradas parece haberse quedado en mi vida para recordarme lo infinito de algunos sueños. Como un hueso roto y recompuesto sensible a los cambios de temperatura, mi corazón sigue resintiéndose ante las partículas microscópicas del perfume suspendidas en el aire de los vagones del metro de Londres.

 

Vértigo

Hago la maleta (la minúscula maleta de mano, de repente tan llena de vestidos que traje y que no he usado, de vestidos que me llevo y no usaré, de zapatillas de esparto y tortas de Inés Rosales, de pendientes que había olvidado aquí: en fin, de todo lo que añoro sin que me haga falta cuando estoy allí, y que una vez recuperado termina convirtiéndose en un estorbo en mi pequeña habitación desordenada), y cuando la estrujo para cerrarla y miro el reloj para ver qué hora es pienso que me quedan dos horas, pero no sé si son dos horas para ir, o para volver. Ya no sé si voy o vuelvo, y tampoco sé si es algo que importe. Tengo un agujero negro en el estómago, una galaxia, un pequeño remolino de vacíos y expansiones, de fuerzas gravitatorias que late y late cada vez más fuerte a medida que repaso mentalmente las cosas que no he de olvidar: las llaves, el bocata de jamón, el DNI, la tarjeta de embarque, las gafas. El suelo frío de mármol de esta casa amplia y adormilada se convierte en la madera del barco de mi padre cuando hay marejada: tengo vértigo, siento el mundo girando a mis pies. Hace tiempo le preguntaba borracha y nostálgica a Tim que si él no sentía el mundo girar a veces, y me contestaba escéptico que aquello era imposible. No me molesté en intentar convencerle de nada, porque yo sé que no lo es. Lo llevo sintiendo desde que era una niña, en noches de verano en las que me asomaba al jardín y veía las estrellas titilando y la Luna tan pálida y tan lisa, y me tumbaba con la espalda sobre el suelo de barro caliente como un animal gigantesco y dejaba que el imán descmunal que es el centro de la tierra me atrajese haciendo vibrar mi columna vertebral, mi oído interno, mis pulmones, meciéndome al mismo ritmo al que titilan las estrellas.
Hago la cama de mi habitación, y me doy cuenta de que es la primera vez que hago esa cama en serio, porque no voy a acostarme esa noche en ella y sé que por primera vez no hay nadie que vaya a rehacérmela en condiciones, y por alguna extraña razón esta vez me importa que esté bien hecha. Me estoy haciendo mayor, pienso, ya he llegado a esa edad en la que las cosas ordenadas y bien hechas me son necesarias, y la galaxia en mi estómago gira y gira cuando intento comprender si estoy yendo o viniendo, cuando me doy cuenta de que es imposible poner orden en esta existencia intermedia de futuro incierto. Extiendo las arrugas de la colcha -una colcha pesada, poco práctica, rematada en volantes, estampada de flores, que mi madre mandó a hacer a medida y que odié toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia, y que sin embargo ahora sé que preservaré como oro en paño-, y me topo con un enchufe al lado de la cama cuya existencia ya había olvidado, en el que recuerdo haber enchufado radiocassettes, luces de lectura, ordenadores portátiles y depiladoras eléctricas cuando todavía vivía aquí, cuando era niña o adolescente, cuando la vida todavía era un cubo sin fondo rebosante de posibilidades. Las posibilidades que se han ido agotando, el cubo medio vacío que se coloca en el centro de la galaxia que es mi vida.

Termino de hacer la cama y coloco sobre ella los peluches. Contemplo el cuarto ordenado, vacío. Pienso en mi ausencia en esta casa, ese oxímoron sobre el que nunca se me había ocurrido reparar hasta hace poco: enfrentarte a tu propio vacío, a tu propio silencio. Hace ya ocho años que me fui de esta casa, y me pregunto ahora qué sucede cuando se cierra la puerta de mi habitación, cuando le doy el beso de despedida a mi hermano y cuando finalmente mi padre conduce de vuelta al aeropuerto desde casa en silencio, seguramente escuchando la radio. Me pregunto si se les queda a ellos el vacío que se me queda a mi cuando me marcho: yo me llevo sus ausencias a un sitio en el que nunca han estado, y me pesa cada vez más la que les dejo aquí. Supongo (aunque sospecho que supongo mal, pero prefiero suponer así) que a ellos no les pesa mi ausencia, que ya se han acostumbrado, que para ellos la vida aquí es más simple y menos tormentosa, que no tienen los problemas logísticos que tengo yo, de un alma y una identidad hecha de zapatos, de libros, de discos de vinilo y cuadernitos a medio terminar que se acumulan a este lado y a aquel, que se han ido perdiendo en las mudanzas, que se volverán a perder en la próxima que es ya inevitable aunque lejana, y que por lo tanto no piensan ni escriben sobre ausencias ni galaxias, ni sienten vértigo como yo.  

He sobrevivido

Me encuentro un papel grueso -un papel de boceto- doblado por la mitad, en el que he escrito algo con muy mala letra, y de pronto me vienen los recuerdos: la borrachera, la llorera posterior, el pedir muerta de vergüenza papel y bolígrafo para ponerme a escribir, el tenerme que contentar con utensilios de artista, no de escritor, y escribir escondida, en cuclillas, a los pies de la cama mientras él se burla de lo pretenciosa de la situación, el arañar de la plumilla sobre el papel de grano grueso…
En fin, que con tanto escribir sobre filósofos muertos no tengo tiempo de escribir sobre nada más. A no ser que alguna borrachera haga de las suyas. Esto debe tener ya unos cuantos meses. En fin, aquí va:

“La piel morena, la sonrisa,
tímida, callada, los años
que han pasado ya
y yo que los contemplo
dejar su huella cada vez que vuelvo.
Él, ajeno, nuevo, nos visita por primera vez:
es oficialmente el que me quiere.
Y me confiesa en esta noche,
meses después, que en sus ojos vio
el cariño, la ternura, conmovido,
el amor del que tanta
hambre he pasado.
Suena la música,
premio de consolación
por los bebés que me ha asegurado
que no quiere darme nunca.
“She makes you feel so small”
me dice, hablando de su amiga
cuando lloro; y me acuerdo
de que me llamo Paula,
de que estoy condenada
a sentirme pequeña.
Suena la canción sobre la cama
en la que planeé matarme hace ya tiempo,
y pido papel y tinta para escribir
que he sobrevivido.”

Se acaba el verano.

El verano se disuelve en la lluvia tras haber pasado tan sigiloso, tan discreto. Un verano sin apenas sudores, sin sol abrasador, sin dias de aburrimiento interminables.  Sentada en la oficina en sandalias, con los pies frios y contemplando las gotas grises que se dejan caer perezosamente al otro lado de la ventana me invaden la nostalgia y las ganas de escribir. Me pasan los dias por encima y van poco a poco destrozando el sueno de la escritura. Con los anos el cauce de la vida se estrecha y cada vez le caben menos cosas: de modo que es asi como todos y cada uno de los adultos que he ido conociendo a lo largo de mi vida han ido a parar a donde estan, con sus trabajos y sus familias o sin ellos, me digo. De modo que el que quieres ser de mayor carece de valor, de modo que la vida son solo las opciones que nos van quedando en vez de las que vamos eligiendo. Me siento en esta oficina a escuchar musica y escribir solicitudes de empleo y a comer ensalada de un tupperware sin moverme de delante del ordenador y caigo en la cuenta de que la pagina en blanco sobre un escritorio grande en una habitacion solitaria se ha convertido en una mera utopia. En el cauce de mi vida no cabe ya la quietud de la escritura, la taza de te enfriandose mientras suena en alto la musica que yo he elegido solo para mi en una manana de diario. La musica esta condenada a llegarme en auriculares y las letras que produzca no seran las historias que siempre di por hecho que esperaban a que las escribiese. Se me ha ido estrechando la vida y cuando quiero darme cuenta estoy al final de un verano que se ha consumido sin haber tenido tiempo de prenderse en llamas. Se queda atras la ninez incandescente de arena, agua salada y luz cegadora, las horas de ansiedades y las asfixiantes ambiciones.

A veces me resulta inevitable creer que tengo alma.

Aunque no creo en las almas, a veces se me hace inevitable pensar que tengo una: cuando camino en domingo por un Londres inundado de sonrisas provocadas por el mismo sol que resplandece en mis hombros bronceados, con la dulzura de un amor incipiente todavía en la boca y los ojos refugiados bajo el ala de mi sombrero de paja.

Como si un nudo se me desatara en el pecho, comprendo al caminar en sandalias entre los que disfrutan del verano sentados en las terrazas que las inexplicables angustias tan recientes se curarán solas si continuo aplicando meticulosamente la escasa sabiduría adquirida a lo largo de mi vida. Miro atrás y es un recorrido corto pero intenso, y no soy capaz de entender de forma racional todo ese bagaje: el pasado está hecho de muchas emociones y no tantos pensamientos, y la claridad que de pronto me asalta tiene su raíz enteramente en ellas.

Me resulta difícil imaginarme sin un alma cuando llego a casa y dedico dos horas al jardín bajo una luz que no muestra indicios de agotarse, y no opongo resistencia a los recuerdos felices de la última semana. Son recuerdos hechos de sentimientos y de piel, de miradas largas y profundas, de una emoción contenida en la quietud de las horas que se han ido escurriendo entre carcajadas y silencios, de los días que han ido pasando sigilosamente, como si no quisieran restar protagonismo a las largas caminatas por los parques, el vino en los atardeceres de cielo acaramelado y las noches de confidencias interminables tras los discos de vinilo.

Me siento sola en mi jardín y dejo que se detengan las yemas de mis dedos sobre alguna palabra concreta al pasar la página de un libro de poesía. Pían los pájaros y florecen los árboles y estoy segura de que volveré a encerrarme en algún baño a llorar sin saber por qué, dentro de poco, pero al menos ahora sé que sólo tengo que creer que tengo un alma que está hecha de emociones y que se cura con un bálsamo hecho de lo mismo. Elevo los dedos y es la palabra alma la que se descubre impresa bajo ellos. Aunque no creo en las almas, a veces me resulta inevitable creer que tengo una.

Si quisieras.

Tú dirías:
en tu boca, perenne,
la sonrisa, el beso,
la música en tus labios,
poesía tras tus dientes,
carcajada que brilla
en tus ojos:
tú dirías.

Si mi pelo pudiera
derramarse en tu estómago
desnudo, en tu piel
de animal orgulloso,
tú dirías: cascada.
Y en ella lavarías
tus manos hambrientas.

Tú dirías:
tus pechos el pan,
mi alimento,
custodia del latido
que palpita en mi cuello;
tus brazos
refugio, hogar en la noche,
escondite secreto:
tú dirías.

Débil y afortunada.

Hará unas tres o cuatro semanas que escribí un post sobre los durmientes en el metro que no he tenido tiempo de transcribir aquí todavía. Imagino que en cuanto vuelva a Londres lo haré, porque me he dejado allí la libreta. Era un post bonito, diría, en el que hablaba sobre la soledad de la gran ciudad. Ahora estoy aquí, en Sevilla, en el porche, oyendo la lluvia caer y dejando que el gris del que se han teñido los cielos desde que llegué inunde esta habitación y me envenene del todo.

Hace dos semanas mi compañero de piso se reía de mi al pillarme sola en el jardín, de pie, contemplando las hojas nuevas que empezaban a brotar como un milagro en nuestros árboles. Un par de días después bromeaba diciéndome lo mucho que le gustaría poder verme bajo los efectos del LSD, habiéndome cazado de nuevo embobada mirando a través de la ventana de la cocina una pareja de cuervos que saltaban de rama a rama del nogal de nuestro jardín. Si bastaba con un poco de sol y brotes verdes para elevarme a tan extático estado, se preguntaba el bueno de Dave, qué no conseguirían las drogas. Le contesté que tal vez debiera reservármelas para cuando se nublara de nuevo.

Una noche estaba sentada en el Royal Albert Hall con Ludvig en un concierto de jazz y pensaba en esta vulnerabilidad mía frente a las presiones atmosféricas. Se lo había intentando explicar a Dave pero como él daba ya por hecho que la luz del sol me había convertido en una especie de bobalicona irracional que sólo sabe decir tonterías me cortó a mitad del razonamiento agitando la cabeza con el ceño fruncido, preguntándome si de verdad no había tomado drogas. No sé si soy desgraciada o afortunada, la verdad. Que de repente salga el sol y me sienta la persona más feliz del universo tiene que ser una bendición, desde luego. Pero que una mañana nublada signifique por sistema una lucha conmigo misma para intentar sacarme de la cama antes de que se haga de noche es todo lo contrario. Yo diría que esto me hace débil y afortunada, y lo dejaría así.

El caso es que nunca había tenido tantas ganas de venir a Sevilla de vacaciones. De pronto sólo quería tumbarme al sol y pasar dos semanas así, dejando que el astro rey me calentara el alma y me dibujara una sonrisa permanente que me ayudara a enfrentarme con el Londres nublado que sé que tarde o temprano terminará llegando. Pero llego aquí y me encuentro con algo inaudito: dos semanas seguidas de lluvia que comienzan y terminan coincidiendo con mi llegada y mi partida. Me tumbo en el porche a leer Popper escuchando la lluvia de fondo y cuento los días que me quedan para marcharme: sólo siete ya, exactamente. Débil y afortunada, me repito a mí misma. Y la lluvia que no cesa.

Las emociones templadas.

Escribo varias versiones de este post en mi cabeza, en el metro, en clase, en un autobús en domingo mientras contemplo enternecida y melancólica las barberías turcas donde los hombres van a leer un periódico entre varios para pasar el tiempo. Escribo una versión aquí y se me hace larga y confusa, y la borro.

Escucho esto y me entran ganas de fumar pero me dije a mí misma que ya lo había dejado. La misma música que escuchaba el miércoles cuando me pintaba los labios en el metro y sentía los ojos de todos los que estaban sentados frente a mi seguir el trazo de mi barra de labios, conteniendo la respiración como yo lo hacía. Escribí ese momento en una libreta, el último en una lista de momentos que quería incluir en este post. Nunca hago nada así: normalmente vengo aquí y escribo algo en diez minutos, sin premeditación, sin revisiones. Pero esta vez siento que es algo importante. Es un post sobre mi vida en Londres. Sobre los cielos plomizos que se han convertido en algo ocasional, las ramas desnudas y crujientes apuntando al universo de los árboles en invierno, sobre los días feos que ya no me lo parecen tanto. Sobre cómo volviendo el domingo aquel a casa, veinticinco horas después de haberme marchado, sonreía irónica al acordarme de las trufas que Dave me había enseñado a hacer  tres semanas antes.
Para hacer ganache de chocolate se raya muy fino el chocolate y luego se cubre con nata caliente hasta que lo derrite. Hay que tener paciencia. Este proceso se llama templar el chocolate, y es muy importante no sobrecalentarlo, no moverlo más de la cuenta, no dejarlo demasiado frío, porque si no se corre el riesgo de arruinar la textura, o arruinar el sabor, y hay que tirarlo todo y empezar de nuevo. El domingo sonreía irónica, divertida pensando en cómo el día antes había decidido que necesitaba volver a ver al hombre de los ojos de pez y que me volviera a romper el corazón un poco más para finalmente poder cerrar el asunto, y cómo efectivamente eso era lo que había pasado. Solo que seguía sin verme capaz de cerrar el asunto. Pensaba en la borrachera que había seguido a aquel encuentro, en los recuerdos confusos del resto de la noche, en el despertar aun más confuso, en el dolor de cabeza esperando al autobús en el que estaba entonces, y sonreía. El chocolate que se funde muy despacio, las emociones que se templan con el tiempo.

En la lista de mi libreta están mis zapatos de primera comunión y una levita de lentejuelas de color azul. La levita la usé para hacer de presentadora en un circo que preparamos los niños de 6 años en la excursión a la granja escuela organizada por mi colegio. Es un recuerdo que había quedado enterrado hasta que hace unas semanas decidí disfrazarme de domadora de leones para la misma fiesta para la que preparamos las trufas, y me recorrí Londres en busca de una levita. En una tienda de disfraces de alquiler encontré una levita cubiera de lentejuelas azules, y el recuerdo de la granja escuela apareció de pronto. La levita de la granja escuela brillaba mucho más que esta, observé decepcionada.
Recuerdo a mi madre preguntarme que qué haríamos con mis zapatos de primera comunión antes de que se me quedaran pequeños. Si los teñíamos de azul marino para que pudiera usarlos como parte del uniforme del colegio. Recuerdo a mi madre acusarme sorprendida, algo burlesca, de ser una sentimental por responderle que quería conservarlos blancos como estaban como recuerdo.
En el metro pienso en estas dos cosas y me doy cuenta de que a mi madre a esas alturas se le había olvidado que lo normal es precisamente ser sentimental cuando una tiene ocho años o cualquiera que sea la edad que una tiene cuando hace la primera comunión. Ella hacía ya demasiado que era una adulta como para acordarse de cómo eran los sentimientos entonces. Este post es un post sobre cómo viviendo la vida que tengo en Londres ahora me he dado cuenta de que crecer es un proceso triste- pero un proceso que no nos deja entristecernos a la vez. La levita brillaba más que ahora y yo quería preservar esos zapatos porque a esas edades todo es más intenso y más relevante. La vida es nueva y una se va intentando acomodar a sus vaivenes, pero es un proceso plagado de emociones a las que una no se ha enfrentado nunca y abraza como si fuera la última vez.

Cuando vengo a escribir aquí, hoy, me da por releerme. Me releo escribiendo en el día de año nuevo de 2008, declarando que hacía tiempo que había renunciado a ser feliz, y caigo en la cuenta de que la última vez que escribí aquí fue en el año nuevo de 2012. Si en 2008 me hubieran roto el corazón como me lo han roto en 2012, no lo habría superado. En 2008 deshacerme del edredón y poner un pie en el suelo cada mañana era un proceso largo, el resultado de infinitas quejas a mí misma, de una tregua tras otra, de algunas lágrimas a veces, mañana tras mañana. Lo llevaba siendo desde que tenía trece años, al menos, y recuerdo muy claramente el día en el que caminando de vuelta a casa por entre los campos de trigo al atardecer, en marzo de 2011, me di cuenta de que hacía semanas que me levantaba por las mañanas, sin más, y que no tenía que capitular conmigo misma varias veces a lo largo del día para convencerme de que merecía la pena ser paciente y no concluir todavía que la vida no merecía la pena al fin y al cabo.

Ahora en Londres me enfrento a días grises con el corazón roto, a barberías vacías de clientes y llenas de hombres solitarios que no saben dónde más buscar compañía, a abrazos que tal vez debería evitar, a traiciones impensables, a colas interminables, a heridas que no cierran, y aun así soy capaz de sonreir con ironía. Crecer es perder sensibilidad, es anestesiarse un poco. Cuando me he querido dar cuenta me he vuelto una fumadora de esas a las que el cáncer no les asusta tanto, porque la vida, al fin y al cabo, tampoco les parece para tanto. Porque los dolores no se sienten igual, y las alegrías se buscan porque se sabe dónde encontrarlas. Y eso las hace predecibles y las desluce, pero qué más da- y que más da, si la vida se va desgastando poco a poco hasta que uno se acostumbra a ella como a unos zapatos viejos. La vida pierde brillo pero al menos deja de doler. Las emociones se templan y gracias a ello pueden romperme el corazón otra vez y yo seguiré sonriendo en autobuses con la resaca oprimiéndome la frente, mientras veo a los judíos ortodoxos vestidos de negro de camino a la sinagoga y a los evangelistas con sus trajes de colores saliendo de la Iglesia mientras amenaza lluvia. Sonriendo viendo a los hombres leer el periódico entre varios en la peluquería a la espera de verdaderos clientes, sonriendo irónica al preguntarme con qué más va a sorprenderme la vida si a los veinticuatro años ya ha conseguido convertirme en esta clase de escéptica.

I still think you’re lovely.

Vamos por el segundo cocktail y aunque el local está medio vacio - a pesar de ser uno de los mas famosos de Londres, parece ser que a los ingleses la resaca les sigue durando el dáa 2 de enero todavía- le pido varias veces que me saque a bailar: la música cubana me supera. Se ríe y me besa la mano que tengo agarrada a la suya, sobre la mesa. Estoy de buen humor: me he pasado las vacaciones de Navidad en la cama, enferma, en Sevilla, sintiendome culpable por no poder avanzar en el doctorado y echándole de menos. Por fin nos hemos visto. En Nochevieja me llamó “antes que a su hermana o a su hermano, o a su madre”, con varias copas de más, para felicitarme el año y repetirme lo mucho que le gustaba. En las horas de aeropuerto y de avión  en las que pasé el día de año nuevo no podía parar de pensar en él. El día siguiente fue un deshacer maletas y prepararme para volverle a ver, impaciente, aguardando el mensaje de texto con la hora y el lugar.

Vamos por el segundo cocktail y saco una cajita forrada en papel dorado de mi bolso. La he forrado yo, le digo, se la doy, y espero que le guste. La abre, curioso, y al revelar el contenido se pone colorado, y se lleva las manos a la cabeza. Me clava sus ojos azules -sus ojos de pez-, y expresa: “You can’t be that nice!”. Extiende sus brazos larguísimos a traves de la mesa y me agarra la cara con sus manos de gigante: “Thank you very much, this is incredibly nice”.

Son botones. Hace un mes y medio advertí que a su abrigo se le habian caído casi todos, cuando esperábamos borrachos al metro, en una de nuestras primeras citas. Le dije que si me daba uno encontraría otros iguales y se los cosería. Sin mediar palabra, se arrancó un botón con un gesto teatral, dramático, como si se arrancara el corazón, y me lo entregó con mucha parsimonia. Me reí a carcajadas y me di cuenta de que varios de los que esperaban al metro en el anden nos miraban, sonriendo. No recuerdo muy bien a dónde fuimos después, si a otro bar, si a su casa, si a la mia. Recuerdo encontrar el botón en mi bolso un par de días después cuando buscaba un bolígrafo, en la universidad, acordarme de toda la historia, sonreir como una tonta y sentirme flotar en una nube: “le gusto, esta claro.”

El botón era grande, negro, con cuatro agujeros y el dibujo de un ancla con un cabo enredada en ella. Fui a varias tiendas de botones en Londres sin poder encontrar otros como ese, pero en cada una conseguía nuevas pistas. “Son botones de uniformes navales.” Fui a una tienda de uniformes. “Son botones de moda, no de uniformes, prueba en Jon Lewis.” Fui a Jon Lewis. “Son botones antiguos, de hace unos años, ya no los tenemos. En algunas tiendas siguen teniendo abrigos con ellos.”. El día que me llevo a patinar sobre hielo a Tower Bridge terminamos paseando por St. Katharine Docks y lo agarré de la solapa del abrigo y lo arrastré a una tienda de souvenirs navales para turistas. “Sí, tenemos abrigos con esos botones, pero no vendemos solamente los botones.”. Se le había olvidado la historia de los botones, y escuchó divertido mis andanzas para intentar encontrarlos. Conmovido, me invitó a cenar en uno de los restaurantes del muelle. Llevaba una semana con náuseas y empeoraron tras el vino, pero terminé yendo a su casa. Tocamos la guitarra, me hizo manzanillas y me acarició el pelo hasta que me quede dormida, escuchando la Guia del Autoespista Galactico.

“Thank you, this is incredibly nice”, me dijo ayer. “You’re lovely”. “I know”, le contesté medio en broma. Le cuento la historia de cómo terminé comprándolos por ebay a una senora de Tennessee, que me envió un email agradeciéndome la compra y diciéndome “God Bless America and the UK as well”, y lo tentada que estuve de contestarle preguntándole si Spain tambien podía ser bendecida por Dios o eso ya no entraba en el pacto. Se ríe. Le acaricio la cara, y le digo: “And I still have to sew them to your coat, it was part of the deal.” -”Paula”- me dice, apoyando una mano en mi hombro, dando a entender que va a decir algo importante- “do you remember when you asked me to tell you straight away the minute I started having doubts about us? Well, it’s here.” Bajo la mirada, remuevo el hielo de mi frozen margarita con la pajita. “Well, if it’s only doubts…” -”No”, me interrumpe “It’s not only doubts. I don’t feel it anymore. It’s over.”

No recuerdo muy bien la conversación que siguió, pero le pedí que nos pidiéramos otro cocktail y me lo explicara todo. Luego salimos y nos fumamos dos cigarros en la calle. Habló mucho pero no dijo nada. Le dije que quería irme pero que no iba a coger el metro, que quería caminar. Hizo el amago de abrazarme y me aparté. Me pidió permiso para darme un beso y se lo negué. “I’m leaving now”, le dije con la vista fija en el suelo. Alcé la mirada un segundo y lo vi mirándome desde los 20 centimetros de altura que nos separan, la frente arrugada y la boca caida, en un gesto de disculpa y preocupación. Me giré y eché a andar. “Paula!”- me gritó cuando ya nos separaban unos metros, y me giré un poco “I still think you’re lovely.” Le respondí con la carcajada mas amarga de mi vida, sacudiendo la cabeza, y volví a girarme y seguí caminando. “Goodbye…” Le oí volver a gritarme por encima del ruido de mis tacones chocando contra el acerado desierto de Upper Street.

Fish hands

Me inclino sobre su pecho cubierto en un vello fino y oscuro. Es como una caja de resonancia: una obra de ingenieria perfecta de la que emergen las precisas modulaciones de su voz de orador profesional. Le digo que cuando me mira con el ojo guinado, como hace ahora, he looks like a creepy fish.

-Do I have fish eyes?- me pregunta. You have a fish face… a fish mouth - le respondo, sujetando sus labios apretados entre mis indices y mis pulgares, como cuando uno agarra una lamina de papel cubierta en pintura fresca que no quiere estropear.

Mi pecho sobre su pecho, su mano de gigante en mi cintura desnuda. You have fish hair- me dice, colocando su otra mano en mi nuca, abriendo por fin el ojo que habia estado cerrado.

What?

-You have fish hair, repite, y me lanza una mirada azul cristalina, alzando las cejas en gesto de disculpa, como haria un medico al comuncar una mala noticia. Le respondo con una carcajada a la que se une la suya.

You’ve laughed!

-What?

I had never heard you laugh, I told you earlier.

What? - me dice riendo con mas fuerzas, la caja de resonancia de su pecho reverberando bajo el mio- Don’t be silly.

Me separo de el y me recuesto a su lado. Dejo descansar mi cara sobre la palma de la mano que antes cubria mi nuca.

You have fish hands, le digo con los ojos cerrados, sintiendo la inmensidad de sus dedos extendidos bajo mi frente, que comienzan a enredarse en mi pelo. You have fish hands, repito.

Abro los ojos y me esta mirando, curioso. You have fish hands, digo una tercera vez. And I love them, continuo. Vuelve a alzar las cejas, disculpandose, sus ojos azul transparente brillando a treinta centimetros de mi.

Mi carcajada de nuevo. Y detras de ella la suya, otra vez.

Holborn Square

La vida son los posos
de la historia nuestra:
en esta misma avenida
han quedado las marcas
de nuestro aliento
allí donde tú me besaste
y ahora se desvela
gris el asfalto
bajo la luz del cielo cansado,
y los transeúntes, las prisas,
los semáforos que aquella noche
no eran sino una sombra,
aquel verano de calles vacías,
oscuras, calladas, y nosotros
borrachos, trasnochando,
nos detuvimos aquí, en este suelo,
donde ahora hay una marca,
el poso, el sedimento,
igual que en mi memoria;
la vida es el asfalto
pisoteado, que aun encierra
el secreto de hace cien
millones de noches ,
cuando tú me besaste.