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He sobrevivido

Me encuentro un papel grueso -un papel de boceto- doblado por la mitad, en el que he escrito algo con muy mala letra, y de pronto me vienen los recuerdos: la borrachera, la llorera posterior, el pedir muerta de vergüenza papel y bolígrafo para ponerme a escribir, el tenerme que contentar con utensilios de artista, no de escritor, y escribir escondida, en cuclillas, a los pies de la cama mientras él se burla de lo pretenciosa de la situación, el arañar de la plumilla sobre el papel de grano grueso…
En fin, que con tanto escribir sobre filósofos muertos no tengo tiempo de escribir sobre nada más. A no ser que alguna borrachera haga de las suyas. Esto debe tener ya unos cuantos meses. En fin, aquí va:

“La piel morena, la sonrisa,
tímida, callada, los años
que han pasado ya
y yo que los contemplo
dejar su huella cada vez que vuelvo.
Él, ajeno, nuevo, nos visita por primera vez:
es oficialmente el que me quiere.
Y me confiesa en esta noche,
meses después, que en sus ojos vio
el cariño, la ternura, conmovido,
el amor del que tanta
hambre he pasado.
Suena la música,
premio de consolación
por los bebés que me ha asegurado
que no quiere darme nunca.
“She makes you feel so small”
me dice, hablando de su amiga
cuando lloro; y me acuerdo
de que me llamo Paula,
de que estoy condenada
a sentirme pequeña.
Suena la canción sobre la cama
en la que planeé matarme hace ya tiempo,
y pido papel y tinta para escribir
que he sobrevivido.”

Se acaba el verano.

El verano se disuelve en la lluvia tras haber pasado tan sigiloso, tan discreto. Un verano sin apenas sudores, sin sol abrasador, sin dias de aburrimiento interminables.  Sentada en la oficina en sandalias, con los pies frios y contemplando las gotas grises que se dejan caer perezosamente al otro lado de la ventana me invaden la nostalgia y las ganas de escribir. Me pasan los dias por encima y van poco a poco destrozando el sueno de la escritura. Con los anos el cauce de la vida se estrecha y cada vez le caben menos cosas: de modo que es asi como todos y cada uno de los adultos que he ido conociendo a lo largo de mi vida han ido a parar a donde estan, con sus trabajos y sus familias o sin ellos, me digo. De modo que el que quieres ser de mayor carece de valor, de modo que la vida son solo las opciones que nos van quedando en vez de las que vamos eligiendo. Me siento en esta oficina a escuchar musica y escribir solicitudes de empleo y a comer ensalada de un tupperware sin moverme de delante del ordenador y caigo en la cuenta de que la pagina en blanco sobre un escritorio grande en una habitacion solitaria se ha convertido en una mera utopia. En el cauce de mi vida no cabe ya la quietud de la escritura, la taza de te enfriandose mientras suena en alto la musica que yo he elegido solo para mi en una manana de diario. La musica esta condenada a llegarme en auriculares y las letras que produzca no seran las historias que siempre di por hecho que esperaban a que las escribiese. Se me ha ido estrechando la vida y cuando quiero darme cuenta estoy al final de un verano que se ha consumido sin haber tenido tiempo de prenderse en llamas. Se queda atras la ninez incandescente de arena, agua salada y luz cegadora, las horas de ansiedades y las asfixiantes ambiciones.

A veces me resulta inevitable creer que tengo alma.

Aunque no creo en las almas, a veces se me hace inevitable pensar que tengo una: cuando camino en domingo por un Londres inundado de sonrisas provocadas por el mismo sol que resplandece en mis hombros bronceados, con la dulzura de un amor incipiente todavía en la boca y los ojos refugiados bajo el ala de mi sombrero de paja.

Como si un nudo se me desatara en el pecho, comprendo al caminar en sandalias entre los que disfrutan del verano sentados en las terrazas que las inexplicables angustias tan recientes se curarán solas si continuo aplicando meticulosamente la escasa sabiduría adquirida a lo largo de mi vida. Miro atrás y es un recorrido corto pero intenso, y no soy capaz de entender de forma racional todo ese bagaje: el pasado está hecho de muchas emociones y no tantos pensamientos, y la claridad que de pronto me asalta tiene su raíz enteramente en ellas.

Me resulta difícil imaginarme sin un alma cuando llego a casa y dedico dos horas al jardín bajo una luz que no muestra indicios de agotarse, y no opongo resistencia a los recuerdos felices de la última semana. Son recuerdos hechos de sentimientos y de piel, de miradas largas y profundas, de una emoción contenida en la quietud de las horas que se han ido escurriendo entre carcajadas y silencios, de los días que han ido pasando sigilosamente, como si no quisieran restar protagonismo a las largas caminatas por los parques, el vino en los atardeceres de cielo acaramelado y las noches de confidencias interminables tras los discos de vinilo.

Me siento sola en mi jardín y dejo que se detengan las yemas de mis dedos sobre alguna palabra concreta al pasar la página de un libro de poesía. Pían los pájaros y florecen los árboles y estoy segura de que volveré a encerrarme en algún baño a llorar sin saber por qué, dentro de poco, pero al menos ahora sé que sólo tengo que creer que tengo un alma que está hecha de emociones y que se cura con un bálsamo hecho de lo mismo. Elevo los dedos y es la palabra alma la que se descubre impresa bajo ellos. Aunque no creo en las almas, a veces me resulta inevitable creer que tengo una.

Si quisieras.

Tú dirías:
en tu boca, perenne,
la sonrisa, el beso,
la música en tus labios,
poesía tras tus dientes,
carcajada que brilla
en tus ojos:
tú dirías.

Si mi pelo pudiera
derramarse en tu estómago
desnudo, en tu piel
de animal orgulloso,
tú dirías: cascada.
Y en ella lavarías
tus manos hambrientas.

Tú dirías:
tus pechos el pan,
mi alimento,
custodia del latido
que palpita en mi cuello;
tus brazos
refugio, hogar en la noche,
escondite secreto:
tú dirías.

Débil y afortunada.

Hará unas tres o cuatro semanas que escribí un post sobre los durmientes en el metro que no he tenido tiempo de transcribir aquí todavía. Imagino que en cuanto vuelva a Londres lo haré, porque me he dejado allí la libreta. Era un post bonito, diría, en el que hablaba sobre la soledad de la gran ciudad. Ahora estoy aquí, en Sevilla, en el porche, oyendo la lluvia caer y dejando que el gris del que se han teñido los cielos desde que llegué inunde esta habitación y me envenene del todo.

Hace dos semanas mi compañero de piso se reía de mi al pillarme sola en el jardín, de pie, contemplando las hojas nuevas que empezaban a brotar como un milagro en nuestros árboles. Un par de días después bromeaba diciéndome lo mucho que le gustaría poder verme bajo los efectos del LSD, habiéndome cazado de nuevo embobada mirando a través de la ventana de la cocina una pareja de cuervos que saltaban de rama a rama del nogal de nuestro jardín. Si bastaba con un poco de sol y brotes verdes para elevarme a tan extático estado, se preguntaba el bueno de Dave, qué no conseguirían las drogas. Le contesté que tal vez debiera reservármelas para cuando se nublara de nuevo.

Una noche estaba sentada en el Royal Albert Hall con Ludvig en un concierto de jazz y pensaba en esta vulnerabilidad mía frente a las presiones atmosféricas. Se lo había intentando explicar a Dave pero como él daba ya por hecho que la luz del sol me había convertido en una especie de bobalicona irracional que sólo sabe decir tonterías me cortó a mitad del razonamiento agitando la cabeza con el ceño fruncido, preguntándome si de verdad no había tomado drogas. No sé si soy desgraciada o afortunada, la verdad. Que de repente salga el sol y me sienta la persona más feliz del universo tiene que ser una bendición, desde luego. Pero que una mañana nublada signifique por sistema una lucha conmigo misma para intentar sacarme de la cama antes de que se haga de noche es todo lo contrario. Yo diría que esto me hace débil y afortunada, y lo dejaría así.

El caso es que nunca había tenido tantas ganas de venir a Sevilla de vacaciones. De pronto sólo quería tumbarme al sol y pasar dos semanas así, dejando que el astro rey me calentara el alma y me dibujara una sonrisa permanente que me ayudara a enfrentarme con el Londres nublado que sé que tarde o temprano terminará llegando. Pero llego aquí y me encuentro con algo inaudito: dos semanas seguidas de lluvia que comienzan y terminan coincidiendo con mi llegada y mi partida. Me tumbo en el porche a leer Popper escuchando la lluvia de fondo y cuento los días que me quedan para marcharme: sólo siete ya, exactamente. Débil y afortunada, me repito a mí misma. Y la lluvia que no cesa.

Las emociones templadas.

Escribo varias versiones de este post en mi cabeza, en el metro, en clase, en un autobús en domingo mientras contemplo enternecida y melancólica las barberías turcas donde los hombres van a leer un periódico entre varios para pasar el tiempo. Escribo una versión aquí y se me hace larga y confusa, y la borro.

Escucho esto y me entran ganas de fumar pero me dije a mí misma que ya lo había dejado. La misma música que escuchaba el miércoles cuando me pintaba los labios en el metro y sentía los ojos de todos los que estaban sentados frente a mi seguir el trazo de mi barra de labios, conteniendo la respiración como yo lo hacía. Escribí ese momento en una libreta, el último en una lista de momentos que quería incluir en este post. Nunca hago nada así: normalmente vengo aquí y escribo algo en diez minutos, sin premeditación, sin revisiones. Pero esta vez siento que es algo importante. Es un post sobre mi vida en Londres. Sobre los cielos plomizos que se han convertido en algo ocasional, las ramas desnudas y crujientes apuntando al universo de los árboles en invierno, sobre los días feos que ya no me lo parecen tanto. Sobre cómo volviendo el domingo aquel a casa, veinticinco horas después de haberme marchado, sonreía irónica al acordarme de las trufas que Dave me había enseñado a hacer  tres semanas antes.
Para hacer ganache de chocolate se raya muy fino el chocolate y luego se cubre con nata caliente hasta que lo derrite. Hay que tener paciencia. Este proceso se llama templar el chocolate, y es muy importante no sobrecalentarlo, no moverlo más de la cuenta, no dejarlo demasiado frío, porque si no se corre el riesgo de arruinar la textura, o arruinar el sabor, y hay que tirarlo todo y empezar de nuevo. El domingo sonreía irónica, divertida pensando en cómo el día antes había decidido que necesitaba volver a ver al hombre de los ojos de pez y que me volviera a romper el corazón un poco más para finalmente poder cerrar el asunto, y cómo efectivamente eso era lo que había pasado. Solo que seguía sin verme capaz de cerrar el asunto. Pensaba en la borrachera que había seguido a aquel encuentro, en los recuerdos confusos del resto de la noche, en el despertar aun más confuso, en el dolor de cabeza esperando al autobús en el que estaba entonces, y sonreía. El chocolate que se funde muy despacio, las emociones que se templan con el tiempo.

En la lista de mi libreta están mis zapatos de primera comunión y una levita de lentejuelas de color azul. La levita la usé para hacer de presentadora en un circo que preparamos los niños de 6 años en la excursión a la granja escuela organizada por mi colegio. Es un recuerdo que había quedado enterrado hasta que hace unas semanas decidí disfrazarme de domadora de leones para la misma fiesta para la que preparamos las trufas, y me recorrí Londres en busca de una levita. En una tienda de disfraces de alquiler encontré una levita cubiera de lentejuelas azules, y el recuerdo de la granja escuela apareció de pronto. La levita de la granja escuela brillaba mucho más que esta, observé decepcionada.
Recuerdo a mi madre preguntarme que qué haríamos con mis zapatos de primera comunión antes de que se me quedaran pequeños. Si los teñíamos de azul marino para que pudiera usarlos como parte del uniforme del colegio. Recuerdo a mi madre acusarme sorprendida, algo burlesca, de ser una sentimental por responderle que quería conservarlos blancos como estaban como recuerdo.
En el metro pienso en estas dos cosas y me doy cuenta de que a mi madre a esas alturas se le había olvidado que lo normal es precisamente ser sentimental cuando una tiene ocho años o cualquiera que sea la edad que una tiene cuando hace la primera comunión. Ella hacía ya demasiado que era una adulta como para acordarse de cómo eran los sentimientos entonces. Este post es un post sobre cómo viviendo la vida que tengo en Londres ahora me he dado cuenta de que crecer es un proceso triste- pero un proceso que no nos deja entristecernos a la vez. La levita brillaba más que ahora y yo quería preservar esos zapatos porque a esas edades todo es más intenso y más relevante. La vida es nueva y una se va intentando acomodar a sus vaivenes, pero es un proceso plagado de emociones a las que una no se ha enfrentado nunca y abraza como si fuera la última vez.

Cuando vengo a escribir aquí, hoy, me da por releerme. Me releo escribiendo en el día de año nuevo de 2008, declarando que hacía tiempo que había renunciado a ser feliz, y caigo en la cuenta de que la última vez que escribí aquí fue en el año nuevo de 2012. Si en 2008 me hubieran roto el corazón como me lo han roto en 2012, no lo habría superado. En 2008 deshacerme del edredón y poner un pie en el suelo cada mañana era un proceso largo, el resultado de infinitas quejas a mí misma, de una tregua tras otra, de algunas lágrimas a veces, mañana tras mañana. Lo llevaba siendo desde que tenía trece años, al menos, y recuerdo muy claramente el día en el que caminando de vuelta a casa por entre los campos de trigo al atardecer, en marzo de 2011, me di cuenta de que hacía semanas que me levantaba por las mañanas, sin más, y que no tenía que capitular conmigo misma varias veces a lo largo del día para convencerme de que merecía la pena ser paciente y no concluir todavía que la vida no merecía la pena al fin y al cabo.

Ahora en Londres me enfrento a días grises con el corazón roto, a barberías vacías de clientes y llenas de hombres solitarios que no saben dónde más buscar compañía, a abrazos que tal vez debería evitar, a traiciones impensables, a colas interminables, a heridas que no cierran, y aun así soy capaz de sonreir con ironía. Crecer es perder sensibilidad, es anestesiarse un poco. Cuando me he querido dar cuenta me he vuelto una fumadora de esas a las que el cáncer no les asusta tanto, porque la vida, al fin y al cabo, tampoco les parece para tanto. Porque los dolores no se sienten igual, y las alegrías se buscan porque se sabe dónde encontrarlas. Y eso las hace predecibles y las desluce, pero qué más da- y que más da, si la vida se va desgastando poco a poco hasta que uno se acostumbra a ella como a unos zapatos viejos. La vida pierde brillo pero al menos deja de doler. Las emociones se templan y gracias a ello pueden romperme el corazón otra vez y yo seguiré sonriendo en autobuses con la resaca oprimiéndome la frente, mientras veo a los judíos ortodoxos vestidos de negro de camino a la sinagoga y a los evangelistas con sus trajes de colores saliendo de la Iglesia mientras amenaza lluvia. Sonriendo viendo a los hombres leer el periódico entre varios en la peluquería a la espera de verdaderos clientes, sonriendo irónica al preguntarme con qué más va a sorprenderme la vida si a los veinticuatro años ya ha conseguido convertirme en esta clase de escéptica.

I still think you’re lovely.

Vamos por el segundo cocktail y aunque el local está medio vacio - a pesar de ser uno de los mas famosos de Londres, parece ser que a los ingleses la resaca les sigue durando el dáa 2 de enero todavía- le pido varias veces que me saque a bailar: la música cubana me supera. Se ríe y me besa la mano que tengo agarrada a la suya, sobre la mesa. Estoy de buen humor: me he pasado las vacaciones de Navidad en la cama, enferma, en Sevilla, sintiendome culpable por no poder avanzar en el doctorado y echándole de menos. Por fin nos hemos visto. En Nochevieja me llamó “antes que a su hermana o a su hermano, o a su madre”, con varias copas de más, para felicitarme el año y repetirme lo mucho que le gustaba. En las horas de aeropuerto y de avión  en las que pasé el día de año nuevo no podía parar de pensar en él. El día siguiente fue un deshacer maletas y prepararme para volverle a ver, impaciente, aguardando el mensaje de texto con la hora y el lugar.

Vamos por el segundo cocktail y saco una cajita forrada en papel dorado de mi bolso. La he forrado yo, le digo, se la doy, y espero que le guste. La abre, curioso, y al revelar el contenido se pone colorado, y se lleva las manos a la cabeza. Me clava sus ojos azules -sus ojos de pez-, y expresa: “You can’t be that nice!”. Extiende sus brazos larguísimos a traves de la mesa y me agarra la cara con sus manos de gigante: “Thank you very much, this is incredibly nice”.

Son botones. Hace un mes y medio advertí que a su abrigo se le habian caído casi todos, cuando esperábamos borrachos al metro, en una de nuestras primeras citas. Le dije que si me daba uno encontraría otros iguales y se los cosería. Sin mediar palabra, se arrancó un botón con un gesto teatral, dramático, como si se arrancara el corazón, y me lo entregó con mucha parsimonia. Me reí a carcajadas y me di cuenta de que varios de los que esperaban al metro en el anden nos miraban, sonriendo. No recuerdo muy bien a dónde fuimos después, si a otro bar, si a su casa, si a la mia. Recuerdo encontrar el botón en mi bolso un par de días después cuando buscaba un bolígrafo, en la universidad, acordarme de toda la historia, sonreir como una tonta y sentirme flotar en una nube: “le gusto, esta claro.”

El botón era grande, negro, con cuatro agujeros y el dibujo de un ancla con un cabo enredada en ella. Fui a varias tiendas de botones en Londres sin poder encontrar otros como ese, pero en cada una conseguía nuevas pistas. “Son botones de uniformes navales.” Fui a una tienda de uniformes. “Son botones de moda, no de uniformes, prueba en Jon Lewis.” Fui a Jon Lewis. “Son botones antiguos, de hace unos años, ya no los tenemos. En algunas tiendas siguen teniendo abrigos con ellos.”. El día que me llevo a patinar sobre hielo a Tower Bridge terminamos paseando por St. Katharine Docks y lo agarré de la solapa del abrigo y lo arrastré a una tienda de souvenirs navales para turistas. “Sí, tenemos abrigos con esos botones, pero no vendemos solamente los botones.”. Se le había olvidado la historia de los botones, y escuchó divertido mis andanzas para intentar encontrarlos. Conmovido, me invitó a cenar en uno de los restaurantes del muelle. Llevaba una semana con náuseas y empeoraron tras el vino, pero terminé yendo a su casa. Tocamos la guitarra, me hizo manzanillas y me acarició el pelo hasta que me quede dormida, escuchando la Guia del Autoespista Galactico.

“Thank you, this is incredibly nice”, me dijo ayer. “You’re lovely”. “I know”, le contesté medio en broma. Le cuento la historia de cómo terminé comprándolos por ebay a una senora de Tennessee, que me envió un email agradeciéndome la compra y diciéndome “God Bless America and the UK as well”, y lo tentada que estuve de contestarle preguntándole si Spain tambien podía ser bendecida por Dios o eso ya no entraba en el pacto. Se ríe. Le acaricio la cara, y le digo: “And I still have to sew them to your coat, it was part of the deal.” -”Paula”- me dice, apoyando una mano en mi hombro, dando a entender que va a decir algo importante- “do you remember when you asked me to tell you straight away the minute I started having doubts about us? Well, it’s here.” Bajo la mirada, remuevo el hielo de mi frozen margarita con la pajita. “Well, if it’s only doubts…” -”No”, me interrumpe “It’s not only doubts. I don’t feel it anymore. It’s over.”

No recuerdo muy bien la conversación que siguió, pero le pedí que nos pidiéramos otro cocktail y me lo explicara todo. Luego salimos y nos fumamos dos cigarros en la calle. Habló mucho pero no dijo nada. Le dije que quería irme pero que no iba a coger el metro, que quería caminar. Hizo el amago de abrazarme y me aparté. Me pidió permiso para darme un beso y se lo negué. “I’m leaving now”, le dije con la vista fija en el suelo. Alcé la mirada un segundo y lo vi mirándome desde los 20 centimetros de altura que nos separan, la frente arrugada y la boca caida, en un gesto de disculpa y preocupación. Me giré y eché a andar. “Paula!”- me gritó cuando ya nos separaban unos metros, y me giré un poco “I still think you’re lovely.” Le respondí con la carcajada mas amarga de mi vida, sacudiendo la cabeza, y volví a girarme y seguí caminando. “Goodbye…” Le oí volver a gritarme por encima del ruido de mis tacones chocando contra el acerado desierto de Upper Street.

Fish hands

Me inclino sobre su pecho cubierto en un vello fino y oscuro. Es como una caja de resonancia: una obra de ingenieria perfecta de la que emergen las precisas modulaciones de su voz de orador profesional. Le digo que cuando me mira con el ojo guinado, como hace ahora, he looks like a creepy fish.

-Do I have fish eyes?- me pregunta. You have a fish face… a fish mouth - le respondo, sujetando sus labios apretados entre mis indices y mis pulgares, como cuando uno agarra una lamina de papel cubierta en pintura fresca que no quiere estropear.

Mi pecho sobre su pecho, su mano de gigante en mi cintura desnuda. You have fish hair- me dice, colocando su otra mano en mi nuca, abriendo por fin el ojo que habia estado cerrado.

What?

-You have fish hair, repite, y me lanza una mirada azul cristalina, alzando las cejas en gesto de disculpa, como haria un medico al comuncar una mala noticia. Le respondo con una carcajada a la que se une la suya.

You’ve laughed!

-What?

I had never heard you laugh, I told you earlier.

What? - me dice riendo con mas fuerzas, la caja de resonancia de su pecho reverberando bajo el mio- Don’t be silly.

Me separo de el y me recuesto a su lado. Dejo descansar mi cara sobre la palma de la mano que antes cubria mi nuca.

You have fish hands, le digo con los ojos cerrados, sintiendo la inmensidad de sus dedos extendidos bajo mi frente, que comienzan a enredarse en mi pelo. You have fish hands, repito.

Abro los ojos y me esta mirando, curioso. You have fish hands, digo una tercera vez. And I love them, continuo. Vuelve a alzar las cejas, disculpandose, sus ojos azul transparente brillando a treinta centimetros de mi.

Mi carcajada de nuevo. Y detras de ella la suya, otra vez.

Holborn Square

La vida son los posos
de la historia nuestra:
en esta misma avenida
han quedado las marcas
de nuestro aliento
allí donde tú me besaste
y ahora se desvela
gris el asfalto
bajo la luz del cielo cansado,
y los transeúntes, las prisas,
los semáforos que aquella noche
no eran sino una sombra,
aquel verano de calles vacías,
oscuras, calladas, y nosotros
borrachos, trasnochando,
nos detuvimos aquí, en este suelo,
donde ahora hay una marca,
el poso, el sedimento,
igual que en mi memoria;
la vida es el asfalto
pisoteado, que aun encierra
el secreto de hace cien
millones de noches ,
cuando tú me besaste.

November is looming.

Le escribo tarde y sin nada que decir. Sólo tres o cuatro líneas, sin saludo, sin pretender si quiera que tengo un verdadero motivo para contactarle. Le escribo y duermo mal, interrumpida otra vez por pesadillas. Londres ha estado lleno de Sol hasta ahora y el domingo le escribía a Milica que me he dado cuenta de lo importante que es el amor, y antes habíamos hablado a lo largo de todo el fin de semana, con la excusa de su visita, de lo fácil que resulta de pronto la vida, la misma vida que no hace tanto se me hacía incomprensible y ardua y tormentosa.

Le escribo y no es porque piense demasiado en él ni le necesite: de hecho, le decia a Milica, lo que hace tan fácil esta vida es que ya no necesito nada, no vivo ya en esa búsqueda angustiosa, en el estado de constante vacío, de carencia de un algo que todavia no he conseguido averiguar lo que era. La vida es fácil así, le decía, cuando una recibe el amor como un regalo y no como una limosna.

Le escribo para contarle que me he quedado sin entradas par aver a Anna Ternheim y no espero respuesta-hasta se me olvida- y a la mañana siguiente de pronto el dáa me pesa y soy incapaz de pedalear hasta la universidad. Dejo la bicicleta por el camino y me entrego a la oscuridad del metro, y asisto a una clase que no me he preparado y empiezo a ser consciente, a esa hora de la manana, de que la vida hoy ha decidido hacérseme un poco ajena como hacia tiempo que ni siquiera esperaba.  Vamos a comer todos juntos, a tomar café como todos los miércoles, y llueve y el cielo gris me amenaza con lo que confirm al sentarme en el Starbucks: tu primer mal día en mucho tiempo. Reviso todo lo que he hecho y todo lo que me ha pasado, lo que controlo y lo que no, y decido que pueden ir saltando todas las alarmas: no hay causas ni explicaciones, no hay enemigo, no puedes combatir nada, eres tú, algo en tu vientre, en tu pecho, algo oculto en los entresijos de tu alma va mal una vez mas. Ceteris paribus y tienes un mal día, me digo, y alicaída y sintiéndome derrotada antes de mediodía enciendo el ordenador y me sorprenden sus palabras.

Él también me escribe sin excusas, sin entusiasmo, pero tiene una noticia: ‘November is looming’- me informa- ‘fucking November’. De Nuevo es él quien ha encontrada la palabra exacta, y abrumada, aturdida le contesto en voz muy baja que, efectivamente, November is looming, and let’s see if I can survive this winter- for as of today it would surprise me if I did.

Stealing apples in Stockholm.

Take me to a garden,
I said, and we
ended up in an island
of melting yellow
and ochre leaves:
it was Autumn.

Take me to a garden,
there the Sun
was golden, and soft
as ever, and bright
it shone through
the stripping branches.

Take me to a garden,
and you said: let’s
steal some apples,
for it’s Autumn, and
make some pie, later,
in the warmth of my
                 apartment.

Take me to a garden,
and the green grass creaked,
under our feet,
crisp and moist, just
like the air:
it had started getting cold.

Take me to a garden,
and for you I stole apples,
fresh, fragrant, sweetly blushed,
for you I stole apples,
in a garden in Stockholm
and then we strolled down,
                        by the water.

Estocolmo

Aterrizo en Vasteras y atravieso durante exactamente ochenta minutos -puntualidad sueca- los 110 kilómetros que separan el aeropuerto del centro de la ciudad, cruzando los bosques naranjas, verdes y amarillos que brillan cubiertos por la luz dorada del atardecer. Arriba el cielo limpio, azul intenso, impecable, las nubes esponjosas, blancas y grises, dramáticas, y abajo de cuando en cuando una laguna antracita, un espejo ondulado que duplica el paisaje espectacular con el que me recibe Suecia.

Llego a la estación y desorientada comienzo a caminar sin saber muy bien hacia dónde voy: he visto a lo lejos unos pináculos ribeteados de dorado que brillan frente al cielo azul sólido, como un decorado de cartón tridimensional, y decido alcanzarlos. Un viento frío, agudo como un cristal me despierta la piel del rostro y me obliga a usar bufanda por primera vez desde hace mucho, tanto que ni lo recuerdo. Me lloriquean los ojos y noto cómo la oquedad de mis senos se resiente ante el frío: me duele la cabeza, y a la vez agradezco de alguna manera esta claridad repentina.

Camino por las calles ordenadas, impolutas, arrastrando mi maletita tamaño cabina de avión medio vacía, admirando los cafés tan modernos, las gentes tan estilosas, las tiendas tan ideales. Estocolmo es compacto y ordenado, rico e interesante, claro y fácil de entender, como una frase bien escrita.

Finalmente llega la hora que habíamos fijado y me dirijo al lugar acordado para encontrarme con él. Ha comenzado a anochecer, y él trae las mejillas sonrosadas por el viento frío al que se habrá tenido que enfrentar subido a la bicicleta negra y elegante que ahora sujeta con una sola mano. Es alto y muy guapo, con el pelo oscuro y los ojos claros. Viste chaqueta de cuero negro y unos zapatos bonitos y tiene la nariz, la frente y los labios anchos como esa categoría de personas honestas que siempre miran de frente y prefieren callar y escuchar por educación la mayoría de las veces. Le dedico una amplia sonrisa y le saludo agitando la mano mientras me acerco y él apenas esgrime un pequeño gesto con la comisura de los labios. De puntillas para poder alcanzarlo le doy dos besos que recibe con rigidez escandinava y nos encaminamos hacia su casa charlando de las cosas triviales que son obligatorias entre dos desconocidos que acaban de conocerse. A la tercera o cuarta frase me encuentra la palabra que llevo buscando para describir la sensación con la que Estocolmo me abruma desde que lo he pisado por primera vez hace ahora unas cinco o seis horas: “Stockholm is a very neat city.”, me dice, y no sé por qué me maravilla y me impacta que utilice justo esa palabra que es la que yo había extraviado por los mecanismos internos de mi cerebro.
Vive en un apartamento pequeño pero céntrico en una calle llena de vida. Hacemos té y me pide que le ayude a limpiar algunas de las setas que cogió en el bosque el fin de semana pasado, cocina un plato de pasta espectacular con ellas y cenamos casi sin hablar, sentados en el sofá escuchando música en su equipo de alta definición. Habla poco y no me incomoda en absoluto su silencio. Fuera hace frío y disfruto la calidez clara de su apartamento, el estar descalza con las piernas cruzadas como una india en el sofá de este desconocido que se me hace extrañamente familiar. Se le nota muy cansado -trabaja mucho, me cuenta, aunque no parece demasiado entusiasmado con su trabajo- y tiene la mirada perdida en algún punto de la pared de enfrente. Cuando le hablo y me mira lo hace con ojos curiosos y una media sonrisa, no sé si intentando parecer interesado por educación o porque verdaderamente le interesa algo de lo que le cuento. Tras unas cuantas conversaciones que se van muriendo por el camino me propone salir a dar un paseo.

Cruzamos uno de los puentes de la ciudad y la vista del agua y las luces en el horizonte me dejan sin aliento. Él camina deprisa con sus piernas largas de superhombre nórdico y yo me afano en seguir su ritmo, maldiciendo estas diferencias genéticas que me hacen sentir como una indígena demasiado oscura, demasiado rechoncha, demasiado ruidosa y demasiado vulgar para este país. Se para a comprar snus, un tabaco que viene hecho pequeños paquetitos dentro de una elegante lata negra. Curiosa, le pido que me deje probarlo y atrapo el saquito entre mi labio superior y mi encía, tal y como me indica. Es verdaderamente asqueroso, le digo, y se ríe con una carcajada alta y grave que me impresiona. Me cuenta que el snus no se vende en el resto de Europa porque está considerado algo parecido a un veneno. Paramos en un supermercado a comprar arenques, queso dulce y knäckebröd, productos suecos de los que hemos estado charlando durante la cena. Regresamos a casa y por el camino se vuelve gradualmente más y más comunicativo, se disculpa por haber estado algo más callado de lo normal -estaba muy cansado del trabajo- y cuando observo lo informal del saludo sueco (hej!), me provee con una larguísima e interesantísima lección acerca de la historia de Suecia y los esfuerzos gubernamentales por abolir las diferencias de clases que desembocaron, entre otras cosas, en forzar el saludo tan altamente informal.

De vuelta a casa probamos el queso dulce y charlamos sobre música. Nunca he conocido a una persona con un gusto musical que me haya impresionado tanto como él. Poco a poco hablamos sobre mi familia y la suya, tan distintas- él tiene nada menos que diez hermanos- y con historias acerca de bosques escandinavos en verano, de travesuras infantiles en la nieve, de desayunos multitudinarios se nos hace tarde y nos vamos a dormir: yo en el sofá en el salón, él en su cama en su habitación sin puerta, con una cortina como única separación entre los dos espacios. Se me hace extraña y artificial esta división, sobre todo cuando una vez apago la luz me pregunta desde el otro lado si estoy cómoda en el sofá y me desea las buenas noches.

Mi bici.

Me he comprado una bici y creo que nunca he estado tan emocionada por una adquisición material en mi vida. Miquel me ha pedido que escriba un post sobre ello, así que aquí lo tenéis. Ahora me voy a dar una vuelta con la bici antes de que se haga de noche. ¡Hasta luego!

Desde Sevilla.

Son las 2.25 y no me puedo dormir. Hace dos días tuve dos tentativas de publicar algo aquí, la primera sentada en la cama de Miquel en Barcelona cuando debería estar haciendo la mochila, la segunda escribiendo desde el aeropuerto esperando al avión que terminaría trayéndome a casa.

En el primer post explicaba que el viaje se me acababa pero que me sentía fuerte y feliz, optimista ante el futuro que me espera,  alegre habiendo descubierto que al fin y al cabo soy capaz de disfrutar la vida, orgullosa de saber que había tomado la decisión correcta al dejarlo todo y marcharme de viaje,emocionada de poder volver diciendo esto, convencida de que al fin y al cabo la vida es un viaje y que viajar por Asia o pasarme ocho horas al día escribiendo una tesis doctoral no son más que etapas distintas de lo mismo, como pasar una noche sentada en un autobús estrecho y maloliente y la siguiente sin embargo disfrutar de una luna llena e inmensa tatuada en el agua negra de una playa perfecta. En el segundo, ya en el aeropuerto, hablaba del miedo que sentía sentada allí en el hall sabiéndome una extraña que no pertenecía ya a ese ámbito de escaparates y prisas y ambiciones imposibles de satisfacer, de poses que ya no entiendo, al darme cuenta de que volvía a Sevilla primero y luego en general a una vida en Londres que no he sido nunca capaz de disfrutar del todo y plantearme que tal vez el problema sí tenga que ver con el escenario al contrario de lo que creía haber visto claro cuando llegué a India. Y de pronto, paseando por las tiendas para calmar los nervios, me encontré con una antología de poemas de Luís García Montero a la que abracé como a un viejo amigo y apreté contra mi pecho hasta que se me disolvió el nudo en la garganta, y que leí en el avión hasta que me hizo sonreír -se me había olvidado que existía la poesía- y de nuevo me acordé de que la vida es un viaje y que si algo he aprendido desde el último invierno es que todo lo malopasa al fin y al cabo, y cuando quise darme cuenta ya estaba recogiendo la mochila de la cinta de equipajes todavía un poco nerviosa pero todo lo optimista que una puede ser cuando vuelve a casa.

A veces pienso que soy un poco como una niña pequeña y mimada y que tengo un problema enorme aceptando el hecho de que todo lo bueno se acaba, que por eso la vida de hacer cosas que una preferiría no hacer siempre me ha parecido que no es la mía porque sé que hay otra vida de hacer cosas que una disfruta haciendo.Por eso me cuesta tanto desenamorarme, y aceptar que hasta el amor eterno se acaba y que no hay nada que hacer entonces, por muy bonito que fuera back in the day.  Que las vacaciones son solamente eso, y no se puede hacer un modo de vida de ellas, porque así no es como viven las personas normales. Tal vez soy una ingenua o una irresponsable y por eso mismo he vuelto, para intentar aprender a vivir como una persona normal, disfrutando de las pequeñas cosas y las sorpresas del diario, y sin hacer un drama de las rutinas y las obligaciones y los cielos grises.

Recogí la maleta de la cinta y me alegré de ver a mi padre y a su novia esperándome en hall, e ignoré todo lo que pude el vértigo que crecía a medida que nos acercábamos a casa y narré sin esforzarme todas las historias atrasadas que les debía y me reí de veras al recordar algunas cosas, e incluso me alegré al quitarme la mochila en mi cuarto y encontrarme con los suelos limpios de mármol fríos por efecto del aire acondicionado, y sin saber por qué me fui directa al baño, cerré la puerta, y rompí a llorar sentada en el suelo.

Ahora son las 2:58 y he escrito todo eso sin tener muy claro lo que quiero decir y no tengo la más remota idea de cómo terminarlo. Hoy he pasado un par horas registrando mi cuarto como si fuera el de una extraña, sorprendiéndome al leer los lomos de los libros de mi estantería, al abrir cajas y cajones y contemplar la ropa colgada e el armario: ha sido como volver a conocerme, como recordarme quién era antes de marcharme, pero yo hubiera jurado sin embargo en Bangkok hace una semana que no he cambiado ni un ápice. He salido de casa y Sevilla me ha gustado, me he sentido optimista y me he reído a carcajadas, y he vuelto a casa y me he ido una vez más directa al baño a sentarme en el suelo a llorar. No sé lo que significa. No estoy triste ni cansada, ni siquiera nerviosa y no sé cómo interpretarlo. Sea como fuere creo que ya es un poco tarde para seguir escribiendo, y como a la tercera va la vencida voy a darle al botón de “Publish” porque ya van tres posts sobre lo mismo, aunque ni siquiera este me convence lo más mínimo: no creo que existan las palabras que necesito para explicar mi vuelta.

Desde Camboya

Es la estación lluviosa: estoy en Camboya, en mi bungalow, y llueve suave pero incesantemente. Me gusta escuchar la lluvia, es como un anticipo de la vida que me espera en Londres dentro de poco y de la que ya me había olvidado. Me he tomado unas cuantas copas y me acuerdo de hace  tres o cuatro días en Vietnam: en Hoi An, en una moto entre el conductor y otro pasajero, volviendo de la fiesta de mi veinticuatro cumpleaños. Recuerdo haber pensado que tenía que escribir acerca de aquello, pero de costumbre la vida se metió entremedio y como supongo que eso es lo que diferencia a los escritores de los que no lo son no tuve la oportunidad de apuntarlo, pero recuerdo haber pensado que aquello que se me venía a la mente era, desde luego, digno de compartir. Me acuerdo a grandes rasgos: haber pensado en que hacía poco estaba sentada en la arena de la playa en Vietnam, completamente desnuda, pidiéndole a un policía que con una linterna me alumbraba que se acercara al bar más cercano y le pidiera ayuda a mi amiga Neta: me habían robado la ropa. Recuerdo haber pensado que si a una no le roban la ropa y aun así es capaz de disfrutar del momento, de sentarse en la arena y pensar que aquello es maravilloso, que si a una no se le cruza en la espera incierta por la mente que tal vez lo mejor sea tirarse otra vez al mar y disfrutar una vez más del agua en mitad de la noche mientras se resuelve si es preciso volver al bar como una fue traída al mundo o no, una no ha vivido completamente.Recuerdo volver sentada en la moto, con arena en todas partes, con el viento secándome el sudor de las mejillas y la carretera pacífica a nuestros pies, acordándome de la silueta del hombre con el que me había bañado en el mar desapareciendo en la distancia cuando le ordené que fuera él quien se hiciera cargo de traerme la ropa y pensando que no lo volvería a ver aparecer: al fin y al cabo él ya había tenido lo que buscaba y qué más le daba si yo estaba vestida o desnuda. Estoy en Camboya y llueve y acabo de llegar tras más de cuarenta horas de autobús a lo largo de tres días, sintiendo constantemente que mi viaje llega a su fin y se me cierra una etapa para la que a veces pienso que estoy lista para abandonar y a veces veo clarísimo que es casi abortivo terminarla, y una cucaracha trepa por las sábanas de la cama desde la que escribo esto y ni me inmuto, y pienso que poco a poco al menos me he ido convirtiendo en otra persona más sabia, más fuerte y sobre todo más relajada que es capaz de disfrutar de la vida finalmente. Pienso en el chico que me trajo finalmente no mi ropa, sino la de otra que había robado de un tendedero al no poder encontrar nada mejor porque de hecho el policía habia encontrado ya la mía, y la gratitud inmensa que sentí hacia él no sólo por salvarme de un ridículo jocoso e inolvidable, sino sobre todo por devolverme un poco la fé en los hombres que gradualmente había ido perdiendo durante mi viaje a medida que había ido conociendo más y más. Pienso en todas las noches que he dormido con extraños simplemente para no despertarme extrañada de no estar con nadie y pienso inevitablemente en Rob y ya no me duele casi nada y sobre todo pienso en Pablo y se me hace tan difícil de comprender que prefiero no darle más vueltas. Recuerdo haber disfrutado del viento en las mejillas en aquella moto en Vietnam y haberme  sentido querida al recordar la guirnalda de flores frescas con la que me habían coronado mis amigos aquella misma mañana, y el pánico que había sentido la noche anterior al darme cuenta de que por primera vez en muchos años no estaba nerviosa como una niña la noche de Reyes intentando adivinar qué habría ideado Pablo este año para hacerme sentir la persona más especial del mundo. Y por primera vez mi cumpleaños no me pareció tan especial en absoluto: últimamente casi todos mis días venían siendo suficientemente especiales, para ser honestos.La lluvia sigue cayendo sin descanso en Camboya y yo estoy desnuda y enrollada en unatoalla de color rojo mientras tecleo todo esto, tras haberme tomado más copas de las que había previsto al reencontrarme con viejos amigos y ducharme con agua fría nada más volver, y me preocupa un poco el hecho de que haya una cucaracha campando a sus anchas por mis sábanas, pero no lo suficiente  como para impedirme decidir que es hora de parar de teclear e irse a dormir de una vez por todas.