Vale, ya sé que estoy en tercero de carrera y que mi titulación son cuatro años, pero no puedo parar de pensar en mi futuro como licenciada. Cuando decidí hacer humanidades, lo hice porque es lo que me gusta, está claro, pero también porque constituía para mí una prórroga de cuatro años en cuanto a la elección de un área de especialización determinante (o no) para mi futuro profesional. Yo ahora me siento como si estuviera en primero de bachillerato, la verdad. Dentro de un año y medio voy a terminar esta especie de bachillerato intensivo que es la titulación en humanidades, y entonces voy a tener que elegir carrera. Y esta vez de verdad.

He decidido hacer un doctorado, lo cual ya es bastante. No sé ni dónde, ni en qué área. Lo que más me interesa ahora mismo es el cine, pero me planteo si realmente el cine tiene tanto para ofrecerme como para estudiarlo el resto de mi vida. La filosofía política, o la historia del pensamiento económico, por ejemplo, son dos áreas de estudio en las que un doctorado tiene bastante más sentido, me imagino, y puede ser interesante, pero también infinitamente más aburrido. En cine no me voy a aburrir nunca, lo sé, pero me da la sensación de que no voy a encontrar en un doctorado en film studies la profundidad intelectual que en uno en filosofía política. Todo esto es la opción “a” por así llamarlo: la opción que me va a llevar a la enseñanza/investigación/publicaciones especializadas. Lo cual está muy bien, la universidad parece para mí un destino idóneo: horarios flexibles, nivel de exigencia más o menos autoimpuesto, estudio e investigación continuos, posibilidad de viajar, de enriquecerse y de conocer a mucha gente. Si me quedo en España, puedo disfrutar del sol, de la comida y de la buena gente, pero el salario y la universidad en sí no va a ser probablemente ni la mitad de fascinante como en USA o Reino Unido.

La opción “b”, de momento, tiene un camino más definido: la museología. Comisariar exposiciones tiene que ser, en principio, uno de los trabajos más interesantes del mundo (para mí). Estudiar museología en Nueva York, por ejemplo, y hacer prácticas en el MOMA o en el Guggenheim es toda una experiencia, seguro. Es un trabajo bastante creativo, y con lo esnob que me gustaría llegar a ser, meterse en ese mundillo puede ser divertido, lo que no sé es si a la larga me resultaría aburrido o no. Es un trabajo que permite avances profesionales y económicos, lo que no está mal. ¿En qué momento de la historia del arte me especializo? A saber.

Mientras escribo esto, se me van viniendo a la cabeza todas las opciones “a” que tenía en mente antes de empezar mi titulación: ser escritora (¿para cuándo unas oposiciones para escritores?); ser diplomática una temporadita y terminar escribiendo artículos y reportajes ligeritos y mucho menos frustrantes que la literatura seria para “EL PAÍS” desde mi ático de Nueva York (si he sido diplomática antes ha sido para ganar conocimientos, fama y mucho dinero); ser Gemma Nierga; o ser Juan José Millás, que colabora con Gemma Nierga y escribe novelas relativamente serias y artículos y reportajes ligeritos para “EL PAÍS”. Mientras escribo esta lista de futuras profesiones a las que he renunciado por desconocer el procedimiento a seguir para poder alcanzarlas (probablemente una mezcla de talento y suerte, básicamente) siento como si hubiera abandonado de alguna manera mis sueños. En el fondo quiero ser escritora, pero no creo que sea lo suficientemente buena. Postergarlo doctorándome en algo y trabajando en otra cosa puede ser una buena manera de darme tiempo y oportunidades, de acumular algo de suerte y cultivar algo de talento hasta poder dedicarme a ello. O no.

Vosotros, lectores (si es que me lee alguien, cosa que dudo mucho últimamente), ¿qué opináis de todo esto?. Necesito opiniones, que alguien me diga que sería una Gemma Nierga horrible y una perfecta directora del MOMA, que la vida de diplomática me haría infeliz y sin embargo ir al cine gratis y criticar películas delante de mis alumnos hipermotivados en Getafe es lo mío… ¡comentarios!