Hace un par de años leí “Nieve”, de Orhan Pamuk, y todo el que haya charlado conmigo sobre libros desde entonces sabrá que me encantó. La novela, autobiográfica, explica el regreso del escritor turco a Kars, el pueblo donde vivió su infancia, y, entre otras cosas, los procesos internos que llevan a generar obra literaria. Me llamó mucho la atención cómo durante toda la novela articula su creación en torno a un meticuloso sistema que parece inducir la literatura. A mí ni se me ocurriría ponerme a la altura de alguien como Pamuk, pero como persona que escribe he de confesar que me resultó muy llamativo el proceso. Desde que pasé el ecuador de la adolescencia -porque creo que lo he pasado, aunque eso me imagino que dentro de unos años empezaré a cuestionarlo, también- desheché la idea del genio creador. Recuerdo haber escrito mi primer poema con ocho años, de forma clandestina, en un bloc rojo de hojas a cuadros azules, expresando lo mucho que deseaba viajar por el mundo. Al parecer mi madre tenía por costumbre leer mis cuadernos sin que yo lo supiera, y me enteré de ello cuando la oí hablando por teléfono con mi tío abuelo, comentándole que le había enviado una fotocopia del poema en cuestión, para que lo leyera.Para mí aquello constituyó un brutal ataque hacia mi intimidad y ni siquiera me molesté en pedirle explicaciones a mi madre: cogí el bloc en cuestión, arranqué la hoja del poema, y la tiré a la basura.

Aquel poema- probablemente de pésima calidad- había surgido de forma espontánea, lo había escrito igual que hacía dibujos o figuritas de masa de pan: para entretenerme. No obstante, si bien es cierto que con los dibujos y las figuritas corría siempre a enseñarlas a mis padres, en busca de cumplidos, con aquel poema decidí hacer todo lo contrario, me imagino que por un sentimiento de pudor que todavía no sé de dónde me viene: aquel poema ponía al descubierto de forma explícita una parte de mí que no quería que fuera descubierta por otros. Así, desde los ocho años todo lo que escribí -que no fue poco- lo fui destruyendo  con la misma compulsión que lo escribía, de manera casi inmediata. Si alguno me parecía lo suficientemente bueno como para salvarlo lo guardaba, aunque probablemente a las pocas semanas lo encontraba, lo leía de nuevo y me avergonzaba tanto que lo rompía en pequeños trocitos, como todos los demás.

A los quince años la escritura se había convertido para mí en algo serio. Quería escribir novelas, pero no era capaz, sólo podía con la poesía. Y mi poesía era mala. Cuando empecé la universidad dejé de destruir lo que escribía e incluso me atreví a publicar algo, pero siempre he sabido fehacientemente que la calidad de mi poesía deja mucho que desear. El año pasado en Londres escribí dos poemas, y este año, en noviembre, escribí el que me imagino que será el último para mí. Se acabó. Recuerdo mi infancia como un periodo de angustiosa incomprensión-no entendía nada, y nadie me entendía, con lo que no podía pedir explicaciones. Recuerdo haber sido niña y luego infeliz.  Mi adolescencia, como todas, me imagino, fue muy tormentosa, quizás algo más de lo normal dada la propensión de mi familia a convertirse en un entorno problemático. Y de toda esa insatisfacción nacía esa escritura como una katarsis necesaria. Luego desheché la idea del genio escritor atormentado que sólo bebe del sufrimiento y empecé a volverme más reflexiva en mi escritura, pero sigo sin releer lo que escribo, nunca jamás corrijo nada: no tengo filtros, como termina Orhan Pamuk en Kars. Él lleva varios años sin poder escribir en la novela y no es sino hasta el final cuando tras una serie de acontecimientos, desbordado por las emociones, se sienta en mitad de la nieve y empieza a escribir “como si alguien le dictase las palabras”. El poeta al final da al traste con su método y se rinde ante la inspiración que le desborda. En aquel momento, cuando leí la novela, hace un par de años, sonreí y pensé: “bueno, no todo está perdido”. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la escritura era sólo eso, una fase más de la adolescencia, fruto de la inmadurez y la montaña rusa de emociones del periodo. Ahora ya no escribo. Nada. Hasta venir aquí y dejar estas líneas emborronadas y aburridas me cuesta trabajo. No sufro con la intensidad de antes, ni tampoco me pillan las musas desprevenida de madrugada, no me vuelvo a casa repitiendo mentalmente cuatro versos que me han asaltado en el autobús para retenerlos hasta que consiga un bolígrafo, por si se me escapan. No voy a ser escritora, mucho me temo, y es una pena, porque ese sueño había sido la única constante en mi vida desde el poema en el bloc a cuadros hasta hace un par de entradas de esta bitácora.