Al menos un par de veces por semana siento la necesidad de escribir para este blog, pero siempre me asalta en la biblioteca-lo cual no es sorprendente en absoluto, teniendo en cuenta que paso aquí la mayor parte de mi tiempo- y dado que no se la contraseña que me da acceso a el, termino descartando la idea. Hoy estoy sentada en la biblioteca, en un ordenador sin eñes ni tildes, escribiéndome en un email para publicarlo más tarde. Es domingo por la mañana y la luz del sol entra a raudales por la ventana. A pesar de estar en pleno centro de Londres, la biblioteca está en el corazón del campus de LSE, por lo que el ruido del tráfico queda muy lejano. No somos pocos los que tecleamos desde esta sala, pero el silencio solo lo interrumpen el incesante crujir de las teclas, el pasar de páginas de quien busca una cita sin encontrarla, y alguna tos ocasional. Por la noche todo esto habrá cambiado, estoy segura, y habrá cuchicheos, risas disimuladas y un frenético ir y venir de pasos y ascensores habitados por aquellos que se han cansado ya y visitan el baño, la fuente, la planta de arriba o la de abajo con tal de abandonar por unos minutos que siempre terminan alargándose más de la cuenta la tarea que tienen que terminar para mañana.
La semana que viene se terminara mi primer trimestre en LSE. Frenético creo que es el adjetivo que mejor lo describe. No tengo ganas de re narrar los hechos de mi venida y mi instalación aquí, se me hace largo y pesado y poco ajustado con mi percepción de lo que ha pasado realmente: tengo la sensación de haberme montado en un carrusel que empezó a girar cada vez más deprisa hasta que en algún momento perdí los puntos de referencia y mi existencia se convirtió en un pasar rápido y borroso de acontecimientos poco señalados. He pasado angustias y ansiedades, pero me parecen ya muy lejanas como para detenerme en ellas. He hecho amigos y tengo la sensación de que son ya amistades viejas de esas que hay que esforzarse un poco por mantener. Veo a compañeros de clase de vez en cuando y ambos exclamamos: -”Vaya, cuando tiempo sin verte!”, pero luego intentamos hacer memoria y no está nada claro cuándo fue la última vez que nos vimos: puede que haya sido solo una semana, pero el tiempo pasa tan rápido cuando todos los días son exactamente iguales. Desde por la mañana hasta por la noche en esta biblioteca, pensando sin parar. Los datos concretos se me escurren entre los dedos si no los apunto todos: a los que me conozcáis os impactara saber que tengo una agenda de la que no me separo, y sin ella no soy nadie. Lo que no esta allí escrito no existe para mí.
No hace falta que aclare lo muy diferente que está siendo este ano aquí del que pase hace tiempo. No cruzo el rio por las mañanas y se me
hace muy extraño. No he visto la niebla de Londres que tanto necesita desde que he llegado. Ayer cruce el puente de Waterloo de noche por primera vez desde que me fui hace dos anos. Me hago mayor, pensé. Cruzar ese puente equivale para mí a pensar. Trate de recordar que pensaba cuando lo cruzaba hace dos anos, esos cinco minutos de trayecto que a veces se alargaban con un pausa en la mitad para no
interrumpir la reflexión, que a veces se hacían demasiado largos cuando sudaba dentro del abrigo corriendo para no llegar tarde a clase. No es tan diferente lo que pienso ahora de lo que pensaba entonces. No se me hace tan raro encontrarme cara a cara con la que era hace dos anos. Me hago mayor, pensé, y le comente después a David cuando cruzábamos Southwark Bridge de camino a mi casa tras haber escuchado a Mozart en el BFI como haciamos hace dos anos. Antes sabía que mirar atrás, aunque fuera solamente unos pocos meses, supondría siempre encontrarme con una versión de mi bien diferente, pero ahora empiezo a verme cada vez más estable y homogénea, las variaciones son mucho más sutiles. Estoy terminando de crecer, cada vez lo hago más despacio, le dije a David. Pues ten cuidado, me contesto burlesco, porque cuando uno termina de crecer solo le queda empezar a envejecer. Nos reímos antes de despedirnos, y yo no pude evitar mirar una vez más desde donde estábamos el puente de Waterloo con el National Theatre iluminado en un extremo y la Somerset House en el otro, sintiendo que aquel tramo de Londres se ha quedado para siempre impregnado de una parte de mi vida.
Da auténtico vértigo pensar en todo lo que va quedando atrás. Aunque lo prefiero mil veces a la angustia del estancamiento. Como siempre, una reflexión muy atinada. No dejar de crecer parece el mejor remedio anti-envejecimiento.
Besos!