Todo el mundo huele como tu, le he escrito al llegar a la oficina.

Llego al metro tarde como siempre, sintiendome culpable por el retraso que llevo en todo, preguntandome de nuevo si de veras sere capaz de terminar este doctorado que no tengo demasiado claro que me esté llevando a ninguna parte. A pesar de que la hora punta se quedó atrás hace mucho, el vagón al que subo no tiene asientos para todos. Espero un par de estaciones hasta poder sentarme, observando las caras de los pasajeros, en su mayoría mujeres, en su mayoría con el cansancio plantado en la cara,  asomando bajo el maquillaje en este jueves por la mañana. Me gusta, como a todos, imaginar algo las vidas de mis compañeros de viaje: mi juego preferido es mirar las manos, leer los anillos. Hoy la chica más joven –que se sienta en el asiento prioritario, destinado a las más mayores-, con pelo rojo, deportivas a juego y vestido negro ajustado, luce un anillo de compromiso con una piedra oscura. Espío su expresión sonadora, me pregunto que escuchara por esos auriculares gigantes que lleva puestos que le hacen mirar al cielo opaco y amarillento de este vagón de metro, si pensara en su boda futura, si se despidió de su prometido al salir de casa esta mañana, o si todavía no viven juntos como antiguamente. A su lado, la pasajera más mayor de todas. Asiática o sudamericana –no lo tengo claro-, arrugadísima y coqueta, con los labios rojos y una diadema de carey, esta luce su anillo de casada en el dedo índice, casi oculto entre los pliegues de la piel descolgada, de la carne hinchada: hace tantos años ya, parece decir ese anillo, tantos años que que más da, dice el anillo; tantos años que que importa si me han tenido que desplazar, si la carne y los tejidos han perdido la tersura, si la vida está ya descolorida: yo sigo brillando como las ruinas de un esplendor pasado, como un recuerdo de una ambición que se extingue, la constatación de la finitud de los sueños.

Llegamos a Finsbury Park y nos abandona la señora más longeva junto con otros cuantos pasajeros, por fin puedo sentarme. Saco del bolso la labor de punto –estoy tejiendo una manta infinita, y todos los esfuerzos son pocos-, y al acomodarme en mi asiento se me acalambra el corazón: de nuevo me ha asaltado inesperadamente su perfume. Es el pasajero de mi izquierda, un hombre negro trajeado, con zapatos marrones. No me atrevo a mirarle, pero es corpulento y tengo que encoger los brazos para tejer sin clavarle ninguna aguja. Me marea su olor. Conozco el nombre de su perfume, lo conozco demasiado bien. Hace ya casi dos años que le puse nombre a ese olor, y me ha venido persiguiendo desde entonces. Subo el volumen de mi ipod, me concentro en mi labor. Se sube un grupo de adolescentes japonesas, turistas, que me miran entre risitas, pero no levanto la vista. Pienso en el olor: parece que medio Londres usa su mismo perfume, y ya se lo he dicho más de una vez. Hay veces que he bromeado diciéndole que debe de ser barato cuando tanta gente lo utiliza. Y otras en que le he recomendado que lo cambie por poco original. Se lo digo de forma anecdótica, quitándole importancia, casi como una burla, pero sé que en el fondo se siente halagado. Que le gusta saber que pienso en él. Y a mi, supongo, me gusta hacérselo saber, aunque todavía no se explicarme el por que. La mayor parte de las veces la percibo de forma casi inconsciente: es solo cuando me sorprendo pensando en él un lunes por la mañana, de camino a la universidad, que me doy cuenta de que es porque de nuevo alguien viste su mismo perfume. A veces agradezco la compañía, otras veces la detesto. Hay mañanas frías y solitarias en las que el olor dulzón que flota por el vagón de metro me recuerda a las sabanas cálidas y las miradas largas que se han quedado tan atrás en la memoria, y la calidez de las notas especiadas de su olor se convierten inesperadamente en el abrazo tan necesario del que se me desterró entonces. Hay tardes alegres en las que el olor es un estorbo: pegajoso, demasiado intenso, una mosca pesada que no quiere largarse por más que uno la espanta con la mano, y finalmente la alegría de haberse deshecho por fin de ella. En esas tardes me observo hace dos años con ternura, orgullosa de haber crecido desde entonces, y miro de frente al portador del perfume, al que desprecio injustamente: como me alegro de no haberme quedado estancada en alguien como tú, les digo mentalmente. Me siento victoriosa entonces. Y hay noches de borrachera en las que vuelvo sola a casa y las luces del metro son las enemigas, y el olor es un castigo: se vuelve oscuro y profundo, un recordatorio de todo aquello que se me negó, de todo cuanto creí que no merecía, un catálogo de las inseguridades que no se agotan por más que intente desterrarlas. Los sueños rotos, el dolor que no se acaba, y el perfume que sigue ahí para recordármelo. Pienso en todo esto mientras tejo, hipnotizada por los puntos verdes que voy engarzando uno a uno en la aguja, a la velocidad del rayo, abrumada por el perfume que, como el anillo de la anciana de hace unas paradas parece haberse quedado en mi vida para recordarme lo infinito de algunos sueños. Como un hueso roto y recompuesto sensible a los cambios de temperatura, mi corazón sigue resintiéndose ante las partículas microscópicas del perfume suspendidas en el aire de los vagones del metro de Londres.