Y tu corazón late y late, y eso es todo. Un músculo. Vulnerable y débil, y heroico a la vez. Eso eres tú: un músculo. A lo máximo un sistema, un mecanismo: a veces has funcionado, a veces no. Cerebro y vértebras, y médula y músculos, y mucha grasa que tanto te ha hecho llorar y ahora te hace orugllosa, y huesos que cada vez se hacen más débiles, y cientos de miles de impulsos eléctricos, bioquímica en estado puro: eso eres tú, nada más y nada menos. Y te sientes tan sabia y tan pequeña, tan humilde y tan grande, tan confusa: quién sabe lo que eres, no te atrevas a juzgar a nadie, esto eres tú. Y se acabaron las preguntas. Ya se lo has contado todo a todo el mundo, tú todo lo ves claro, excepto lo único que importa. Para qué. El por quién ya lo sabes, que nadie se equivoque. Pero tal vez ellos deberían de preguntárselo también. Para qué. Para qué demonios. Tanta lucha, y para qué. Que nadie se dé por aludido, y que nadie se sienta herido. Pero para qué.