El día de Nochevieja minutos antes de sentarme a la mesa tecleaba con la mano que no tenía escayolada un post larguísimo y tan confuso -probablemente debido, ahora que lo pienso, al estado de embriaguez en el que me encontraba casi sin ser consciente de ello- que al final no supe cómo concluir y decidí dejar sin publicar. Lo titulaba “una advertencia” y en él advertía a todo el que lo llegara a leer de que como me dijera que con el nuevo año cambiaría mi suerte le pensaba pegar con la escayola, porque en Octubre me di cuenta de que llevo toda mi vida deseando antes de tomarme la uva número doce algo tan simple como que el año que viene llegado este punto no volviera a echar la vista atrás y el desánimo me abatiera. Como me frustraba bastante la expectativa, había decidido simplemente no tomarme las uvas: me iría a Ámsterdam y haría una cuenta atrás y celebraría con semidesconocidos el año nuevo a poco más de una semana de mi marcha definitiva de Sevilla.Como ya expliqué en capítulos anteriores, Ámsterdam se convirtió hace ya dos meses en territorio vetado, lo cual me hacía prever las uvas con todavía más amargura, siendo extremadamente consciente de lo mucho que se me habían torcido las cosas desde que en Octubre, pensando que ya no podía más, había decidido fugarme de Sevilla durante tan señalada fecha. Me sentía como si un camión o dos me hubieran atropellado, con mi brazo roto, y borracha mucho antes de la hora de cenar sin haberlo pretendido: este último mes lo recuerdo ahora como una sucesión de horas emborronadas por el alcohol y el cansancio, de desconocidos en mi cama o yo en las suyas, de vacío, de vértigo. He hecho todo lo que he podido para perder la conciencia lo justo y necesario para llegar viva hasta aquí. No es el método más productivo para salir hacia adelante, pero lo único bueno que sí tiene es que el tiempo lo tengo a mi favor: es como echarse a dormir en verano para hacer tiempo, cuando los días se le terminan haciendo a una demasiado largos y demasiado tediosos.El caso es que me queda una semana para marcharme a la India, sin fecha de vuelta. Lo de hacer un doctorado en octubre de 2011 parece ahora más una quimera que otra cosa y de momento no tengo ningún plan al que aferrarme. Después de cuatro meses he aprendido -por las malas, desafortunadamente- que ni Sevilla es mi sitio, ni mi familia distinta. Y dejé a Pablo, y me dejó Rob, y no es por menospreciar a nadie - sé que tengo amigos cuando los necesito, todos me lo han demostrado estos días y con creces-, pero de pronto veo con más claridad que nunca lo solas que estamos todas las personas en el fondo. Yo recuerdo justo ahora el haber ido despojándome de ambiciones gradualmente a lo largo del último par de años, por eso de que el que no se ilusiona tampoco se decepciona. Sigo en esa otra orilla en la que me vi desde Charleroi rodeada de nieve. El problema es que me doy la vuelta y más allá del alivio inmediato que supone tener tierra firma por delante de nuevo -llamésmole la India-, no veo más que una tierra yerma, inhóspita y cubierta de senderos que no llevan a ninguna parte.