Aunque no creo en las almas, a veces se me hace inevitable pensar que tengo una: cuando camino en domingo por un Londres inundado de sonrisas provocadas por el mismo sol que resplandece en mis hombros bronceados, con la dulzura de un amor incipiente todavía en la boca y los ojos refugiados bajo el ala de mi sombrero de paja.

Como si un nudo se me desatara en el pecho, comprendo al caminar en sandalias entre los que disfrutan del verano sentados en las terrazas que las inexplicables angustias tan recientes se curarán solas si continuo aplicando meticulosamente la escasa sabiduría adquirida a lo largo de mi vida. Miro atrás y es un recorrido corto pero intenso, y no soy capaz de entender de forma racional todo ese bagaje: el pasado está hecho de muchas emociones y no tantos pensamientos, y la claridad que de pronto me asalta tiene su raíz enteramente en ellas.

Me resulta difícil imaginarme sin un alma cuando llego a casa y dedico dos horas al jardín bajo una luz que no muestra indicios de agotarse, y no opongo resistencia a los recuerdos felices de la última semana. Son recuerdos hechos de sentimientos y de piel, de miradas largas y profundas, de una emoción contenida en la quietud de las horas que se han ido escurriendo entre carcajadas y silencios, de los días que han ido pasando sigilosamente, como si no quisieran restar protagonismo a las largas caminatas por los parques, el vino en los atardeceres de cielo acaramelado y las noches de confidencias interminables tras los discos de vinilo.

Me siento sola en mi jardín y dejo que se detengan las yemas de mis dedos sobre alguna palabra concreta al pasar la página de un libro de poesía. Pían los pájaros y florecen los árboles y estoy segura de que volveré a encerrarme en algún baño a llorar sin saber por qué, dentro de poco, pero al menos ahora sé que sólo tengo que creer que tengo un alma que está hecha de emociones y que se cura con un bálsamo hecho de lo mismo. Elevo los dedos y es la palabra alma la que se descubre impresa bajo ellos. Aunque no creo en las almas, a veces me resulta inevitable creer que tengo una.