Tras un breve paseo por los blogs de unos y otros, perfectos conocidos y desconocidos -todo sea con tal de no escribir la tesina- caigo en la cuenta de algo tan evidente que me dan ganas de palmotearme la frente y decirme a mí misma, aquí en la biblioteca, delante de todos: ¡¿y ahora te das cuenta, espabilá?! “La gente se aburre hasta el tedio en verano”. Una obviedad como una catedral, se empeñen en decir lo contrario los anuncios de cerveza. Que sí, que en verano hay buen rollito, terracitas, amiguitos, ligues de verano, bailoteo, viajecitos, playa, sol y todo lo que vosotros queráis, Estrella Damm, pero la verdad es que para la mayoría el verano es un auténtico rollo la mayoría del tiempo.

Habla una que teniendo suficiente tiempo libre a lo largo del curso ha disfrutado de entre tres y cuatro meses de vacaciones, con cero preocupaciones, durante los últimos cinco veranos. Que no me quejo, que conste, pero aburrirme me he aburrido un rato. Y este año no tengo vacaciones propiamente dichas (que sí, que no tengo clase, pero aunque no haga nada no me quito la tesina de la cabeza), y aunque probablemente sea el que más las necesite casi que me alegro de que se vean reducidas a menos de un mes y en Septiembre. Yo leo los blogs de unos y de otros y todos los que escriben se aburren mucho. Claro que si estás disfrutando del verano, propiamente dicho, abandonas el blog y ya lo contarás cuando te aburras de nuevo. En verano hace calor y las rutinas se paran, y la gente está fuera de lugar. Los que han trabajado duro y tienen pocas vacaciones se pasan la mayor parte del tiempo en un estado semi-comatoso, tratando de reunir fuerzas para volver a gastarlas en los siguientes once meses, y los que han trabajado más bien poco se amoldan a una rutina de no hacer nada todavía más incómoda si cabe, sin saber en qué emplear las energías acumuladas.

Para mí los veranos, que se suelen extender de junio a octubre, suelen consistir en un 30% de aburrimiento insoportable que me consume tumbada en un sofá -el que sea-, un 30% de aventura inolvidable en algún punto de la geografía mundial -el que sea- y un 10% de lo que las marcas de cerveza nos venden como verano arquetípico. El otro 30% (y esto lo he calculado tirando por lo bajo) me lo paso durmiendo tanto de día como de noche, de manera premeditada, con tal de acortar el tiempo que estoy despierta y así mermar el sufrimiento que supone cada día de reclusión forzada (huyendo del calor) y consiguiente aburrimiento inevitable.

Este año mi verano, como quien dice, ha durado dos semanas. Ahora estoy en Londres, donde casi me alegro de que mi rutina de los últimos cinco años se vea modificada y convertida en un 40% de trabajo, un 25% de sueño, un 15% de actividad física y un 10% de actividades recreativas (sociales o no). Me quejaré mucho sobre mi tesina, sobre no tener vacaciones, sobre que en Londres hace mal tiempo y sobre que aquí las sandías no saben a nada y encima tengo que fregarme yo los platos. Pero al menos no voy a aburrirme y a venir aquí a contároslo. No sé cómo no había caído antes, de veras. El verano es un rollo, os lo dice una con experiencia. Y quien no se consuela es porque no quiere.