Adiós
Sí, sigo viva, queridos lectores -si es que queda alguno- y me disculpo por mi prolongada ausencia. He estado muy ocupada perdiendo el tiempo durante el último mes. Ahora que tengo que recoger para marcharme, y que no hay tiempo que perder, vuelvo a escribir aquí.
He dicho adiós muchas veces en los últimos años, ahora me doy cuenta, tal vez demasiadas. Estoy rodeada de polvo y de bolsas de basura, vaciando a contrarreloj la casa que concebí como un segundo hogar y que se ha convertido en un albergue provisional, en el que sin embargo, y para variar un poco, he ido acumulando más objetos de los necesarios- muchos, muchos más, de hecho. Se me hacen lejanos y extraños los días de invierno en los que venía a aquí a resguardarme del frío, de noche ya, a la luz amarillenta y tenue del salón, a la cocina limpia y vacía, al silencio de una casa que se me ha hecho deshabitada durante todo el curso. Lo asocio inevitablemente a mi residencia en Londres, el año pasado, con su moqueta sucia y vieja y el pequeño radiador que encendía nada más entrar cada tarde, a la funda de edredón tan horrible y la mesa superpoblada, de nuevo, de objetos innecesarios. Getafe y el sofá, cenando con David, Luís asomándose desde la planta de arriba cada poco y Alberto entrando por la puerta casi de madrugada me parecen ciertamente hechos de otra vida que ya no regresará nunca.
He dicho adiós demasiadas veces, me temo, y también que con veintidós años afirmar esto tal vez suene pretencioso. Recojo para volver a Sevilla a una casa que desde que la dejara mi madre para no volver ha entrado en una fase de transformación radical. La semana pasada pisé por primera vez la cocina nueva y al día siguiente fui a llevarle flores a mi madre: me disculpé tácitamente en mi nombre y en el de mi padre por haber borrado a golpe de pico y martillo su impronta en nuestras vidas. La cocina era su reino, y había quedado hecha un desastre, como casi todo lo que tocaba. Cuando heredé sus bolsos decidí no limpiarlos por dentro y a medida que los uso voy descubriendo fotografías de carnet de mi hermano hecho casi un bebé, puñados de tickets arrugados con los precios en pesetas, un recibo de la óptica para recoger unas gafas en el año 92, su pasaporte del año 79, con una fotografía de carnet en blanco y negro, grapada a la cartulina amarillenta. En la cocina no había restos de ese tipo, pero porque la huella que había dejado en ella era imposible de deshechar como podría hacerse con todo el contenido de los bolsos. La vieja campana ruidosa que siempre se dejaba encendida; las sillas de madera vieja en las que se sentaba a fumar, sola, pensativa, a veces hablando sola, mientras mi padre veía la tele en el saló; el mármol en el que taconeaba practicando lo aprendido en clases de sevillanas hace más de una década; la despensa caótica, llena de botes de judías a medio terminar; los muebles bajos de puertas amarillentas que siempre usaba para contarme que, cuando llegamos a esa casa, los rizos apenas me llegaban a los pomos dorados colocados a la altura de mi actual rodilla. A veces pienso que mi padre lo está cambiando todo no porque sea necesario y no valore en absoluto los recuerdos materiales, sino por todo lo contrario: porque, como me sucede a mí, se le hace insoportablemente doloroso tener que tumbarse en el mismo sofá en el que ella empezó a dormitar cuando la enfermedad la consumía o cocinar en los mismos fuegos en los que ella se encendía a escondidas los últimos cigarrillos.
En cualquier caso, Sevilla es sólo otra estación en este viaje que no se detiene y no sé a dónde me está llevando. El año que viene diré otra vez hola a Londres, y me reencontraré con muchas de las cosas de las que ya me había despedido, y no sé si estoy alegre o cansada de tanto hacer y deshacer maletas, y ya estoy intentando dilucidar dónde me gustaría estar al año próximo. A veces siento que mis ambiciones y mis deseos no se corresponden en absoluto y que si hiciera caso a los segundos probablemente me quedaría pegada a Papá, a mi perrito y a las comodidades de un hogar que es extrañamente ahora cuando más disfruto, pero que es gracias a las primeras que nunca tomo una decisión como esa y no termino desencantada y deprimida, sumergida en la parálisis inmanente a todo lo que voy dejando detrás, de una forma u otra.
Es la edad, me decía Luís hace tiempo, lo que ahora hace que nos sorprendamos a nosotros mismos buscando la acera soleada cuando antes celebrábamos la lluvia, y espero que sea esa misma edad la que termine de explicarme quién soy y por qué hago lo que hago, independientemente de qué me gustaría ser o hacer en el futuro, que ha sido, ahora me doy cuenta, mi único motor existencial hasta ahora. Empezar a vivir el presente de una vez por todas, tirar por la borda las pretensiones y los sueños, es, me temo,una declaración en toda regla de la conscienca adquirida de la finitud del tiempo y las propias limitaciones. Deshecharía el teleologismo y me asientaría, sin más, pero hay algo que no me deja. Estoy haciendo y deshaciendo maletas continuamente, y paso por habitaciones y ciudades sin dejar huella. Tal vez si, como me proponía Pavlo esta mañana, me permitiera a mi misma disfrutar de personas y lugares sin fecha de caducidad, podría empezar a dejar un rastro y -nunca se sabe- descubriría que en el fondo todos los placeres imaginados en mis planes futuros son insignificantes comparados con la satisfacción de poder permitirme vivir en una casa en la que la cinta de embalar no sea indispensable.
Paula, si desechas el teleologismo conscientemente sólo encontrarás vacío. Enterrar los falsos dioses es un error de magnitud inmensa.
Imagino que si te has llegado a plantear esa posibilidad es casi inevitable que tarde o temprano suceda y que todo tu mundo interior se termine desmoronando con la fragilidad de un castillo de naipes. Si tiene que pasar, sólo deseo que lo haga muy tarde…