Año Nuevo
El primer día de enero es para mí siempre, sin excepción, un día de sol pálido y luminoso, como un tubo fluorescente (no recuerdo un año nuevo en el que lloviera), y mis padres en pijama viendo el concierto de año nuevo en el salón desordenado, con los restos de la cena anterior todavía estorbando por todas partes. Si yo me levanto pronto, o tarde, con resaca o no, es solamente una cuestión superflua que ha ido cambiando con los años, pero la esencia y el recuerdo es el mismo desde que era pequeña. Ahora me doy cuenta de que el año nuevo no es para mí la puerta a otro tramo más de una existencia que podría representarse en una línea continua que se prolonga indefinidamente, sino más bien la vuelta al punto de partida trescientos sesentaycinco (o sesentayseis) días después, de nuevo el mismo ciclo que se cierra.
No , no hablo de un eterno retorno. Cada año es completamente diferente, y este día es, me doy cuenta ahora, mi oportunidad para hacer el mismo recorrido, poniendo en práctica todo lo que he aprendido anteriormente: mi veinteava oportunidad para ser feliz.
No cabe duda de que el 2007 ha sido un año de contrastes. De felicidad intensa, de alivio, algún triunfo que otro, pero también de sentirme miserable como nunca. Y de verdad que la miseria auténtica poco o nada tiene que ver con el dramatismo, sino todo lo contrario: una templaza absoluta, resignada, silenciosa y discreta que te consume en la sombra. Eso también lo he aprendido este año. El equilibrio es lo que me falta, me imagino. No le quiero dar una patada al 2007, como me proponía alguien anoche celebrar de madrugada, porque 2007 me ha hecho algo más sabía, y sobre todo más fuerte. Sí, al final he caído, pero este año mi estado de ánimo ha descrito una parábola perfecta, como nunca lo había hecho. No quiero olvidar esos meses centrales del año y la sensación de plenitud como nunca que sé que no ha sido fruto de la casualidad, de reacciones químicas incontroladas, sino de mi propio esfuerzo. Me han ayudado, pero haber sabido aceptar esa ayuda ha sido fundamental: como decía mi profesor de historia económica, uno es más libre cuanto más depende de los demás.
Por qué me preocupo tanto por ser feliz, eso no lo sé. Me acuerdo de que en 2007, caminando por un camino de hojas secas en El Escorial con Luis y Alberto, les confesé bajo un cielo plomizo que había renunciado a ser feliz definitivamente: la felicidad no existía, concluí en 2007, y la fuente de mi infelicidad no había sido más que esa búsqueda absurda todos los años anteriores. La curiosidad será lo que me lleve este 2008, se me ocurre, cuando recibo al año entre escéptica y divertida; ¿qué es lo que me queda esta vez por descubrir en el camino? Me hago mayor, y escéptica de nuevo encaro mis trescientos sesentaycinco días nuevecitos. Me estoy dando una tregua, y ser feliz o infeliz no va a quitarme el sueño, me he propuesto. Que venga lo que sea, que pasen los días cargados de oportunidades, de eventos, de amarguras y errores, de horas en blanco y celebraciones, y ya me encargaré yo de decidir, acertadamente o no, qué me quedo, qué rechazo, qué recuerdo y qué olvido.
[…] 2008 aparentemente resignada, pero esencialmente entusiasmada, o eso se puede leer entre líneas en lo que escribí hace más de un año. No esperaba nada del año, decía, pero luego enumeraba todo lo que esperaba encontrarme en mis […]