La violencia nunca jamás estará justificada (excepto que se considere violento un acto en defensa propia, siempre a posteriori). Nunca, y no hay pero que valga. Pero por primera vez en mi vida creo que voy a tener que contradecirme, y rendirme ante el tramposo: esta vez sí que ha valido. Aunque sólo sea para poner de manifiesto la cobardía de los terroristas: ponemos bombas de noche y disparamos en la nuca, pero no somos capaces de detener al que nos ataca a cara descubierta y a plena luz del día, desafiando nuestras amenazas y rompiendo estrepitosamente esa suerte de ley del silencio que habíamos impuesto. Lo observamos desde lejos arrasar con todo, grabándolo incluso como quien aterrado y a la vez fascinado quiere atrapar la memoria de un fenómeno natural catastrófico, imparable, sintiéndose uno vulnerable e impotente ante su fuerza el tiempo que dura esta. Y cuando ya se ha ido, jugamos a hacernos los héroes denunciando la injusticia de la que se nos ha hecho víctimas, nos indignamos, y pedimos que se nos restituya el daño no sólo físico, sino sobre todo moral, que ha supuesto su actuación.

El hombre que gritaba “¡Cago en la hostia, que ellos me han destrozao la casa!” y con toda su furia reventaba a mazazos la guarida de los asesinos  ha tenido que abandonar el pueblo, amenazado de muerte. A mi siempre me ha parecido ridícula la determinación de los kamikazes que gritaban ¡Banzai! y se estrellaban contra otros pobres como ellos, arrojando más escombros sobre la ya encarnada situación destructiva en la que surgieron. Me lo sigue pareciendo, pues, como decía, no veo justificación a la violencia, nunca, por mucho que sienta uno la flama del honor en el pecho y en su abstrusa mente no aparezca una idea mejor que destruir e inflingir daño para apagarla. No obstante, ver al vasco con su maza rompiendo cristales de forma metódica, casi cansada, diríase rutinaria, tras la inicial descarga de rabia, me he acordado de los kamikazes, y he pensado que si en vez del sonoro “¡Cago en la hostia!” hubiera estado gritando “¡Banzai!”, por una vez no me habría sonado risible la histórica expresión nipona.