Chocolate con avellanas.
El médico que me diagnosticó una condromalacia patelar me dijo que aquello no tenía cura, y que tenía que dejar de jugar al squash, subir y bajar escaleras y cuestas, y ponerme en cuclillas. No contento con estas restricciones, me recomendó llevar siempre puestas unas rodilleras incomodísimas (una de las cuales, según mi autoreconocimiento, está contribuyendo a que se me forme un trombo en esa pierna-bendita hipocondria-), y lo mejor de todo, adelgazar. Quince kilos, para ser exactos, y a mi me dio la risa. Yo estoy contenta con mi peso, con mi cuerpo, me conozco y sé que ni quiero, ni debo adelgazar. Bueno, a lo mejor debo hacerlo por mis rodillas, así que me he planteado reforzar ligeramente mi fuerza de voluntad cada vez que hago cola para pagar en el super entre dos estanterías repletas de chocolatinas que no he probado nunca, con una pinta increíble, y unos precios irrisorios. Antes de saber que el dolor tan insoportable que a veces me atacaba incluso después de conducir por un tiempo prolongado (flexión de rodilla), mi primer impulso era vaciar la cesta de la compra, repleta de verduras y frutas a precio de post-guerra, llenarla en su lugar de dos o tres unidades de cada variedad de chocolatina, y alimentarme de eso durante el resto de la semana. Mi primer impulso no duraba mucho, pero el segundo, más persistente, era el de probar alguna de aquellas delicias como recompensa por haber resistido al primer impulso.
Bueno, una chocolatina de vez en cuando… tampoco es para tanto. No, no lo es, pero el problema de ser una estudiante erasmus en Londres es que tus actividades básicas son vaguear, reirte mucho, beber y comer guarrerías. Christin, mi mejor amiga alemana de aquí, coincide conmigo en que el mejor acompañamiento para la cerveza es el chocolate en cualquier variante. Christin mide como un metro noventa y es básicamente gigantesca. Se puede beber dos litros de cerveza en el tiempo en el que yo intento terminarme la primera lata. Pero con lo que respecta a las galletas que acompañan a la bebida, siempre intento igualarla, y lo consigo.
Y así incontables ejemplos, que hicieron que estas navidades aterrizase en España con una curva abdominal más prominente de la cuenta, por decirlo de manera fina. Desde que he llegado otra vez a aquí, hace dos semanas, mi consumo de dulces se puede resumir en la pave au chocolat con oro del restaurante, y un muffin de plátano y toffee como consolación aquella misma noche de camino a casa, tras haber sido despedida. Ahora me muero por comer chocolate negro con avellanas, pero intuyo que únicamente porque sé que no debería. En el momento en el que me apetezca realmente, y sepa que no lo deseo únicamente por estar prohibido, correré a mi pasillo preferido del supermercado. Ya me reía yo cuando el médico me dijo que tenía que adelgazar. Iluso.
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