Confusión
El Reino Unido de la Gran Bretaña y España son muy parecidos. Y cada vez lo serán más. Por eso escribo tan poco acerca de las “diferencias culturales” que experimento aquí: porque son muy pocas.
No obstante, creo que me encuentro en un punto de inmersión cultural en el que nunca antes me había hallado en mi vida (probablemente porque nunca había pasado una temporada tan larga en un país extranjero). Cuando voy a España los primeros días me tengo que esforzar para saber por qué lado de la calle aparecen los coches, y me sorprende oir a la gente hablando en español, entender hasta el último detalle de conversaciones ajenas. Me cuesta mucho trabajo no decir “thank you” a los camareros, o “sorry” a la gente con la que me tropiezo. Porque claro, está el lenguaje. Me cuesta más que nunca hablar en inglés. Hay quien dice que esto se debe a que ahora tiendo a esforzarme menos, y puede ser, aunque realmente nunca he tenido la sensación de esforzarme. A mi me da la impresión de que tengo más acento español que nunca y probablemente mis construcciones gramaticales cada vez sean más surrealistas. Y creo que se debe a que intento expresar ideas más complejas con todo detalle, cosa que antes haría simplificando. Cuanto menos sepa, mejor, como leí en un artículo de la que a partir de ahora será mi revista preferida “Intelligent life”, en el que se hablaba de cómo somos capaces de hacer las mejores elecciones cuando nos guiamos por pura intuición, a falta de información. Si algo era demasiado complejo, o lo expresaba de modo rudimentario usando mi limitada lista de vocabulario, o me lo callaba. Ahora tengo que decirlo, aunque me meta en un jardín que me aburre hasta a mi, incluyendo palabras que hasta que intento pronunciarlas no me doy cuenta de que nunca las había oído en voz alta, sino leído lo mismo en algún tratado de filosofía política que en la prensa amarilla.
Si tuviera más tiempo seguiría mejorando hasta haber incluido en mi archivo mental la apariencia sonora de todas esas palabras, pero mucho me temo que no llegaré a ese punto. De momento me sigo riendo con las pocas confusiones culturales que me siguen recordando, todavía, que soy una extranjera aquí. Como hoy cuando Ro ha ido a recogernos a Fred y a mi a la guardería en coche y yo, ni corta ni perezosa, me he ido a la puerta del conductor. “Deberías sentarte al otro lado, a no ser que quieras conducir tú”. A cruzar calles estoy muy acostumbrada, pero lo de ir en coche ya es otra cosa.
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