Hará unas tres o cuatro semanas que escribí un post sobre los durmientes en el metro que no he tenido tiempo de transcribir aquí todavía. Imagino que en cuanto vuelva a Londres lo haré, porque me he dejado allí la libreta. Era un post bonito, diría, en el que hablaba sobre la soledad de la gran ciudad. Ahora estoy aquí, en Sevilla, en el porche, oyendo la lluvia caer y dejando que el gris del que se han teñido los cielos desde que llegué inunde esta habitación y me envenene del todo.

Hace dos semanas mi compañero de piso se reía de mi al pillarme sola en el jardín, de pie, contemplando las hojas nuevas que empezaban a brotar como un milagro en nuestros árboles. Un par de días después bromeaba diciéndome lo mucho que le gustaría poder verme bajo los efectos del LSD, habiéndome cazado de nuevo embobada mirando a través de la ventana de la cocina una pareja de cuervos que saltaban de rama a rama del nogal de nuestro jardín. Si bastaba con un poco de sol y brotes verdes para elevarme a tan extático estado, se preguntaba el bueno de Dave, qué no conseguirían las drogas. Le contesté que tal vez debiera reservármelas para cuando se nublara de nuevo.

Una noche estaba sentada en el Royal Albert Hall con Ludvig en un concierto de jazz y pensaba en esta vulnerabilidad mía frente a las presiones atmosféricas. Se lo había intentando explicar a Dave pero como él daba ya por hecho que la luz del sol me había convertido en una especie de bobalicona irracional que sólo sabe decir tonterías me cortó a mitad del razonamiento agitando la cabeza con el ceño fruncido, preguntándome si de verdad no había tomado drogas. No sé si soy desgraciada o afortunada, la verdad. Que de repente salga el sol y me sienta la persona más feliz del universo tiene que ser una bendición, desde luego. Pero que una mañana nublada signifique por sistema una lucha conmigo misma para intentar sacarme de la cama antes de que se haga de noche es todo lo contrario. Yo diría que esto me hace débil y afortunada, y lo dejaría así.

El caso es que nunca había tenido tantas ganas de venir a Sevilla de vacaciones. De pronto sólo quería tumbarme al sol y pasar dos semanas así, dejando que el astro rey me calentara el alma y me dibujara una sonrisa permanente que me ayudara a enfrentarme con el Londres nublado que sé que tarde o temprano terminará llegando. Pero llego aquí y me encuentro con algo inaudito: dos semanas seguidas de lluvia que comienzan y terminan coincidiendo con mi llegada y mi partida. Me tumbo en el porche a leer Popper escuchando la lluvia de fondo y cuento los días que me quedan para marcharme: sólo siete ya, exactamente. Débil y afortunada, me repito a mí misma. Y la lluvia que no cesa.