Delhi (II).
Finalmente conseguí un autorickshaw que me llevó a la consabida tumba -que por cierto estaba en mitad de la nada-, en la que descubrí, para mi desgracia, que no vendían agua. La tumba de Humayun está en mitad de la nada, y lo más parecido a un vendedor de agua (¡¡¡¡paniiiiah!!!, la ofrecen así aquí, a gritos, por la calle) que habia visto era un puestecito de helados al que acudí esperanzada antes de adentrarme en el monumento. Por supuesto, no había agua. Podría hacer una clasificación nuevamente de los tipos de personas que hay según como afrontan el tenerse que comer un polo de frambuesa y mango como único remedio posible contra la deshidratación, pero voy a ahorrármela y a decir simplemente que el mejor polo de mi vida me lo comí en Delhi.
Con el cuerpo rezumante de azúcar y colorantes me adentré en el recinto monumental. No tenía expectativas de ningún tipo, y tras haber traspasado la primera puerta de piedra roja no tenía expectativas demasiado altas. Caminé todo el camino flanqueado por hierba minuciosamente cuidada hasta traspasar la segunda puerta y oh, sorpresa. Cúpula monumental, simetría perfecta, dimensiones espectaculares, proporciones armoniosas, curvas exóticas, mármol rojo y blanco fundiéndose ante el cielo azul pálido al final de la explanada. Delhi el seductor haciendo de las suyas.
Tras haber disfrutado de la tranquilidad, la sombra, la calma, y no tener ni idea de qué hacer lo próximo, decido caminar camino de India Gate y ver qué me encuentro por el camino. Delhi es monumental pero sigue sin tener carácter. Encuantro a un lado de la autovía un vendedor de agua, por fin, y le pregunto si es factible caminar hasta donde tengo pensado. Me dice que por supuesto, que son sólo dos kilómetros. Estamos en la India, no sé por qué le hago caso. Camino una hora por otra autovía desalmada, pero disfrutando del paseo, y empiezo a preocuparme por si este conformismo, esta facilidad para disfrutar del asfalto y el tráfico inhóspito no será un síntoma de la deshidratación. Dos hombres vestidos de golfistas se bajan de un coche y me invitan a comer al club del Golf, que está a mi izquierda. Declino la oferta. Llegó a India Gate, que está justo al otro lado de una autovía que no me atrevo a cruzar sola. Avisto dos colegialas de unos siete años que se disponen a cruzar como si nada, cogidas de la mano, y cojo de la mano a una de ellas que me mira confundida. Paran el tráfico con la pasmosa ligereza de un leve giro de la muñeca. Finalmente estoy en India Gate y tras mirar el reloj me doy cuenta de que llevo seis horas sin comer. Sólo veo vendedores de helado. El mejor almendrado de chocolate está en Delhi también, con eso creo que lo explico todo.
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