Delhi.
Delhi ha terminado por cautivarme. Yo que pensaba que jamás llegaría a disfrutar el asfalto, el calor, la polución las muchedumbres hambrientas de turistas me he visto de pronto atrapada irremediablemente por los encantos de la ciudad.
Delhi es un seductor nato, profesional, de esos que te engatusan encubiertamente y cuando quieres darte cuenta resulta que ya es demasiado tarde para escapar. Si bien en un principio las largas avenidas asfaltadas y plagas de rickshaws, coches, taxis, autobuses y camiones humeantes, flanqueadas de arboledas insípidas y cubiertas por un cielo descolorido por la contaminación me resultaban insulsas hasta decir basta, ahora he de admitir que tras darle una oportunidad de menos de cuarentayocho horas Delhi ha conseguido metérseme bajo la piel.
Comenzó suavemente, con las vistas de Qtub Minar muy temprano, habiendo aterrizado en la ciudad a las 5.45 de esa misma mañana tras once horas de tren. Tras haber sido dirigida hacia la estación de metro equivocada, tras haber caminado por una autovía cargando con todas mis pertenencias actuales mientras todavía amanecía, tras haber cogido un metro glorioso y haberme perdido por un Malviya Nagar que todavía despertaba, tras haber llegado por fin a casa de Clément, haberme duchado y desayunado, cogí un auto hasta Qtub Minar por recomendación suya, sin saber muy bien lo que esperarme.
Qtub Minar me esperaba imponente con su piedra roja hecha curvas y filigranas que apuntan hacia el cielo, rodeada de ruinas que atestiguan un pasado esplendoroso, dándome la pista de que podría ser que Delhi no es la ciudad bulliciosa, sucia y sin ningún encanto que yo había percibido hasta entonces. Yo no esperaba nada espectacular en Delhi, sólo una personalidad arrolladora. Y hasta ahora no había tenido ni lo uno ni lo otro, sólo asfalto, suciedad, un caos destartalado sin corazón que a veces se ordena alardeando de un carácter occidental que no termina de encajarle. Qtub Minar era la sorpresa de lo inesperado que Delhi, como buena seductora, me tenía preparado, y así empezó el día que me llevó a rendirme a sus pies.
Tratando de encontrar el metro cerca de Qtub Minar y tras haber cruzado un bullicioso mercado local de flores me vi perdida en mitad de una autovía, esperando a un autobús que no llegaba. Un hombre joven que decía ser arquitecto paró su coche impecable y se ofreció a llevarme a la tumba de Humayun, y tras preguntarle directamente si tenía pensado violarme y/o matarme y que me lo negara con una sonora carcajada decidí que no podía resistirme al aire acondicionado y el viaje privado. Tras un rodeo absurdo en el que pude al menos contemplar el Templo del Loto, me comunicó que iríamos primero a su estudio, donde yo esperaría a que terminara una corta reunión, y luego me llevaría hasta la tumba, que visitaríamos juntos, así como unos otros monumentos que había decidido que eran imprescindibles en mi visita. Le expliqué que no entraba en mis planes esperar en ninguna oficina a que nadie terminara reunión alguna y mucho menos pasar el día acompañada, y le pedí todo lo educadamente que pude que me dejara en el punto más cercano bien comunicado e identificable en mi mapa. Accedió y procedió a conducir el coche hasta su estudio y pedirme que me bajara y le esperara durante cinco minutos en el lobby, a lo que yo respondí montando un numerito digno de una niña de cinco años enrabietada, sabiendo que era la única manera de terminar el juego de evasivas que acababa de empezar. Tras unos quince minutos de discusión conseguí que finalmente condujera el coche hasta la autovía más cercana y me abandonara en mitad de la nada tras llamarme cínica (?) y señalarme en mi mapa el camino hacia Hauz Khas, que no era la tumba de Humayun, aunque él juró una y otra vez que sí que lo era.
Creo que hay dos tipos de personas: las que terminan en mitad de una autovía a mediodía en Delhi y no son capaces de parar un sólo autorickshaw durante cuarenta minutos y terminan frustradas, odiando la experiencia y preguntándose qué diablo hago yo aquí, y las que caminando bajo el sol y muertas de la sed y sin ser capaces de parar un auto se maravillan de lo extraordinario de la situación, responden diciendo adiós con la mano a los niños curiosos que le saludan desde los autobuses escolares y se exclaman a sí mismas, divertidas, fíjate a dónde has ido a parar. Yo, claramente, pertenezco al segundo tipo de persona.
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