Hola a todos. Vivo en un pueblecito muy pequeño. Veo vacas y campos de cultivo y tractores y viejecitos sin nada que hacer todos los días. De hecho, no veo nada que me recuerde ni un poquito a Europa. De vez en cuando en alguna tienda aparecen tres o cuatro latas de coca cola light a precio de oro que compro sin pensármelo. Me he tomado dos cafés desde que llegué, uno en Chandigarh el primer fin de semana, y otro en Amritsar el segundo, los dos en el equivalente a un Starbucks indio. De vez en cuando tenemos que hacer transbordo en Hoshiarpur y aprovechamos para ir al supermercado y comprar porridge, ketchup o chocolate negro, artículos de super lujo para nosotros, los catetos de pueblo que nos duchamos con un cubo de agua hervida en la azotea y comemos dahl los días pares y aloo gobi los impares porque no hay más dónde elegir.Todas las mañanas camino cuarenta minutos desde Sotla, donde está la casa, hasta Dosarka, donde está el centro en el que imparto clases de inglés. Camino a través de campos de trigo y de caña de azúcar, entre dos filas de eucaliptos a veces, y veo a los pavos reales salvajes picoteando entre la neblina. Todo el mundo me mira invariablemente, y la mayoría de los coches, motos y bicicletas que me sobrepasan aminoran la marcha cuando lo hacen. El autobusero siempre me hace luces largas y hace sonar la bocina cuando me cruzo con él e insiste hasta que le saludo con la mano. Cruzo un pueblecito antes de llegar a mi destino y allí siempre los chicos de la tienda de altavoces me miran de arriba a abajo con ojos impúdicos y las señoras que sostienen a sus niños en brazos me sonríen cuando les saludo con la mano. Por las tardes hago ese mismo camino y todo se repite, excepto porque el autobusero y las miradas vienen en dirección contraria y hay una niña que ya ha vuelto del colegio y siempre sale a saludarme con sus trenzas perfectas y su mirada limpia, y que el sol se pone tiñendo el cielo de rosa y los campos de gris.Vivo en una casa que comparto con otras ocho personas y todos nos llevamos bien. Antes de que volviera la conexión a internet pasamos dos semanas en las que cada cena se convertía en una reunión divertidísima y siempre terminábamos todos llorando de la risa por cualquier tontería. Ahora que hay internet seguimos compartiendo la hora de la cena y alguna que otra anécdota pero en momentos como en el que yo escribo esto reina el silencio porque cada uno está a lo suyo. No obstante, creo que de todas las cosas que no me esperaba de este país probablemente la que más me ha sorprendido ha sido el encontrar el perfecto houseshare aquí, en nuestra casa incómoda, sin sofá, sin ducha, en la que nadie ha elegido vivir aquí específicamente, y sin embargo todos encajamos de maravilla.Cuando camino sola por la mañana y por la tarde siempre me da vértigo al darme cuenta de que a pesar de todas las cosas extraordinarias que estoy conociendo aquí, del cariño que estoy recibiendo, de las cosas que estoy consiguiendo olvidar, no consigo sentir todavía que estoy pisando sobre seguro. Tarde o temprano el viaje acabará y tendré que encontrar mi sitio, y sinceramente creo que eso es prácticamente misión imposible. Cada día me río sinceramente y disfruto de tantas cosas que no sabría ni por dónde empezar a contarlas. Cada día me siento querida y valorada de una forma u otra. Pienso en ello cuando camino de vuelta a casa y anochece, y el ipod me escupe al oído alguna canción inesperada que me trae recuerdos indeseados. Intento desear cosas y se me hace imposible a pesar de todo. Pero al menos lo intento. Eso es todo por hoy, desde la India.