Hoy, al salir de la ducha, los reductos del ataque de creatividad que me dio ayer, cuando decidí que quería aprender a hacer punto y no fui capaz de encontrar los materiales necesarios y me dediqué, en su lugar, a intentar hacer mi propio pan casero (con bastante poco éxito, por cierto), han resurgido y me han impulsado a coger mis tijeras de punta redonda y darle un giro a mi melena. Cuando empecé, entusiasmada, con la parte delantera, no caí en lo que venía después: todo lo que queda fuera del campo de visión, y del de maniobra en posturas normales. No se puede decir que haya sido un desastre absoluto, pero tampoco un éxito rotundo. Eso sí, me lo he pasado como una enana.