Me acuerdo de cuando era una niña que devoraba los libros, de haberle preguntado a mi padre el por qué o el cómo o el cuándo o el dónde de algo que ya no recuerdo, y de él interrumpiéndose a mitad de explicación, musitar algo, señalarme con el índice, elevar las cejas y asentir con la cabeza, como queriéndome decir: “sí, justo eso, llevas razón”, y con el dedo todavía elevado y la cabeza todavía asintiendo girarse de pie como estaba y abrir la puerta corredera del despacho que tenemos en casa, encender la lucecita del escritorio (lo cual era algo inusual, antes de que hubiese ordenadores e internet ese despacho siempre estaba oscuro por las noches), y ponerse a rebuscar por las estanterías hasta dar con uno que me entregó abierto por la página del cuento del ajolote.
Casi siempre suelo olvidar las novelas que leo y las películas que veo, tengo esa suerte: puedo volverlas a disfrutar una y otra vez y sorprenderme como la primera vez. Sin embargo siempre recuerdo la sensación que me dejaron, y es así como sé si una novela me gustó o no, si debo recomendarla y a quién y por qué, si me viene bien releerla ahora o dejarla para otro momento, si me apetece volver a ver una película o si es mejor dejarla para otro momento. Cuando mi padre se fue a rebuscar por la estantería el libro que me entregó era un libro de cuentos de Cortázar, con aquella historia del ajolote que, en mi recuerdo al menos, estaba escrita en primera persona. Recuerdo una voz hablando de un ajolote que era una criatura viscosa, fría, de ojos pequeños y cuello palpitante; me acuerdo de un lenguaje artificioso describiendo una relación inquietante con una criatura estática, silenciosa y acechante a la que a la vez no pude evitar cogerle cariño mientras leía. Recuerdo cómo aquella situación me resultó todavía más enigmática dada la manera casi impulsiva en la que mi padre había recordado al ajolote y me había entregado aquella historia, casi como si encerrase algún significado oculto que el sentía que era su responsabilidad darme a conocer cuanto antes.
Recuerdo también poco después -probablemente el mismo día- a mi padre ayudándome a traducir la entrada de la Enciclopedia Británica dedicada al ajolote, y enterarme del pasado mítico del ajolote e imaginármelo casi como a una estatua de granito, oscuro, pétreo, impertérrito. Recuerdo aquellas páginas de la Enciclopedia Británica de letras minúsculas y papel finísimo y quiero recordar una pequeña ilustración en blanco y negro de la salamandra mitica en ellas, pero esto seguramente me lo esté inventando. En cualquier caso, recuerdo tras aquello sentirme en cierto modo poseedora de un pequeño privilegio: yo conocía al ajolote, aquella extraña criatura, conocía incluso su pasado grandioso como parte de una civilización ya extinta, y la mayoría de los demás niños -e incluso adultos-, yo estaba segura, lo desconocían. Ajolote se convirtió en mi infancia en una especie de contraseña, una palabra mágica, un conjuro: se podía escribir incluso axolotl, y nadie sabría a lo que me refería. Durante muchos años, y a pesar de haberlo visto en la enciclopedia, dudé incluso que el ajolote existiera en realidad: de alguna manera era como si aquel episodio en general -mi padre interrumpiéndose en mitad de la frase, el cuento tan extraño, la leyenda escrita en inglés en la enciclopedia- nunca hubiese sucedido, como si aquello lo hubiese soñado. Recuerdo haber escrito, siendo un poco más mayor, algo acerca del ajolote, quizás para algún trabajo del colegio. Y recuerdo en clase de literatura, ya una adolescente, tener que leer de nuevo los cuentos de Cortázar, y de nuevo sentir los ojos fríos y la piel viscosa, el cuello palpitante, la criatura granítica e inmóvil, esta vez más siniestros que nunca. Recuerdo aquellas clases en las que el profesor me decía preocupado que tenía ojos tristes y se ofrecía a ayudarme si tenía algún problema. Recuerdo haberle escrito emails desesperada y aunque recuerdo poco o nada de lo que escribí en ellos, me lo puedo imaginar. Recuerdo la soledad y la confusión y recuerdo sobre todo la tristeza infinita.

Hoy leo en el periódico la noticia de que el ajolote se extingue irremediablemente, y todos estos recuerdos me asaltan repentinamente. No puedo evitar emocionarme un poco al rememorar una vez más el gesto de mi padre sacando otro libro de la biblioteca, leyendo otra entrada de la enciclopedia conmigo. Me impacta la oscuridad que halle dentro de aquel cuento de Cortázar siendo yo tan niña, el haberla comprendido y haberla dejado que se quedase conmigo tantos años. Me entristece darme cuenta ahora de lo mucho que la había dejado crecer cuando volví a reencontrarme con el ajolote de adolescente, de lo injustamente inusuales que fueron aquellos años. Pero a pesar de todo no puedo evitar alegrarme un poco de verme desbordada ante recuerdos como este. Supongo que es porque al fin y al cabo son como un ajolote: oscuros e inquietantes, inciertos y descorazonadores en parte, pero precisamente por ello especiales. Y, como con el ajolote, no puedo evitar sentir un poco de nostalgia al toparme con ellos. Por eso he venido aquí a escribirlos antes de que desaparezcan para siempre, como le terminará pasando al ajolote.