No sé muy bien de qué va este blog. Si es acerca de las cosas que me pasan, de las que no me pasan, de las que siento o de las que escondo. Lo pienso un poco y me recuerda a la ventana que daba al patio interior del piso en el que vivía el último año de la carrera. Los vecinos a veces se asomaban a cara descubierta y charlaban a gritos unos con otros, otras bajaban la persiana hasta abajo para que nadie supiera qué era lo que pasaba en las habitaciones, y la mayoría se dejaban oír sin quererlo, proporcionando al resto de los habitantes del bloque informaciones sesgadas acerca de sus vidas. Yo a veces me escondía al vestirme, y otras pensaba que qué más daba, que aquel era mi cuarto, que qué menos que poder estar desnuda dentro si quería, que me daba igual lo que pensara el vecino del quinto y que si se sentía ofendido que no mirara. Este blog es algo parecido. Cuando empezó era totalmente público, superficial, casi puramente funcional, diría: en vez de escribir emails periódicos informando acerca de mi erasmus, iba a publicarlo en el web. Un recuento de actividades y anécdotas poco profundas, entretenimiento ligero que no me importaba compartir con los más conocidos.

Yo siempre he sido más bien pudorosa con lo que escribo. Nunca me ha gustado publicarlo. Cuando tenía siete años escribí mi primer poema expresando lo mucho que quería viajar en la libreta de clase de lengua del cole. Mi madre lo encontró , lo fotocopió y se lo mandó por correo a mi tío abuelo. Yo me enteré porque la oí hablando por teléfono con él y me sentí muy dolida por aquella invasión flagrante de mi intimidad. Arranqué el poema de aquel bloc rojo de hojas cuadriculadas, lo hice una pelota, y lo tiré a la basura. Para mí escribir hasta hace poco era algo casi fisiológico: me sentía mal, abría un documento de texto en el ordenador, escribía algo, cerraba el documento de texto sin guardarlo. O agarraba la primera hoja de papel que tuviera a mano, escribía, y la dejaba por ahí hasta que se terminaba perdiéndose.

La última vez que abrí el editor de texto de este blog estaba en Ámsterdam, sentada en un salón inmenso y vacío, con una taza de té que se enfriaba a tiempo récord. Se acababa de morir Jose Luis Brea y yo intentaba ponerle palabras a cómo me sentía, hablando sobre la luz blanca que entraba en la habitación y que me recordaba a los cuadros de Vermeer y sobre la lluvia fría que con fuerza golpeaba los ventanales anunciando que el otoño estaba llegando. Pero sobre Jose Luis no escribía nada, y no porque no encontrara las palabras, sino porque no encontraba los sentimientos. Poco menos de un par de meses antes había muerto también Al, y me había pasado lo mismo. He llorado una vez en ocho meses y hace unas pocas semanas decidí darle un giro de ciento ochenta grados a mi vida y aunque he sentido la necesidad de venir aquí a contarlo no lo he hecho porque de nuevo, no tengo ni idea acerca de cómo me siento al respecto.

Para escribir no hacen falta ni herramientas ni condiciones especiales: sólo se necesita un alma empapada de sentimientos. Ahora mismo soy un cirujano de mano temblorosa que tiene que operar con un bisturí poco afilado. A veces pienso que sería probablemente más efectivo cortar de un tijeretazo limpio aunque tosco que tratar de dibujar una línea finísima cosida a demasiadas dentelladas imprecisas. No sé si porque tengo el alma seca del todo o porque está demasiado llena de cosas tan grandes que sólo pueden contarse a gritos por el patio de luces, mirando a la cara del vecino, porque oídas de casualidad a través de las cortinas corridas -que es como suelo escribiros yo aquí- no habría manera de explicarlas.