Hace menos de un año mi padre me regaló un reloj. El anterior me lo había comprado hacía seis años y no me había desprendido de él más de 24 horas seguidas en todo aquel periodo. Seguía funcionando perfectamente, ni se le había gastado la pila, pero el cristal, de cuarzo, estaba tan arañado que empezaba a parecer opaco. El reloj que me compró mi padre esta vez era de cristal de zafiro, toda una garantía, en principio, de que dentro de seis años no necesitaría uno nuevo. Como mucho, habría que cambiarle la correa, de cuero, un material orgánico, vulnerable, al fin y al cabo perecedero, del que es necesario cuidar si se quiere alargar su vida noble.
Poco antes de marcharme a China fui decepcionada tres veces por tres personas diferentes. Tres amigas cuyas actitudes me cayeron como un jarro de agua fría. Por desgracia, no era la primera vez que me pasaba, así que mi reacción esta vez no fue mucho más allá de un pequeño sentimiento de indignación y otro más grande de resignación. Ellas probablemente no sepan nunca si quiera que me han decepcionado -incluso, quién sabe, alguna leerá estas líneas sin darse por aludida- fueron hechos relativamente discretos (que no ingenuos) pero para mi muy significativos. No le dí más vueltas a sus actitudes y acciones mas que el día posterior, o incluso el siguiente, al que tuvieron lugar. No eran para mí más que una rutina, algo esperable en cierta medida.
Nada más aterrizar en China, en el taxi que nos llevó del aeropuerto al hutong en el que nos albergábamos en Beijing, reparé al cambiar la hora de mi reloj en que había un minúsculo arañazo en el cristal muy cerca del número doce. No daba crédito, pero ahí estaba. Más tarde en el viaje, comprando imitaciones de otros relojes más caros, una china atrevida intentaba demostrarme que su falsificación tenía verdadero cristal de zafiro, dejando caer unas gotas sobre la superficie que conservaban su forma de gota, en vez de expandirse como sucede en el cristal mineral o el plástico. Le pedí que dejara caer unas gotas sobre el mío, y oh, se expandieron. Mi cristal de zafiro era de pronto cristal barato. La duda estaba sembrada. Repetí la operación varias veces y la gota se expandía invariablemente. Hasta que lo hice con el reloj tumbado sobre una superficie plana, justo en el centro, y por fin la gota conservó su forma.
En el largo viaje de vuelta desde China reparé en que el cronógrafo de mi reloj se había estropeado-la aguja para tres minutos antes del doce, no importa cuántas veces la resetee. No he tardado en llevarlo al establecimiento donde lo adquirí, donde me han informado de que el cronógrafo puede tener solución, pero el cristal, no. Si golpeo la superficie en el punto exacto donde hay un microscópico poro, puedo arañarlo, como ha sucedido. Y ese arañazo que parte desde un poro puede ser el inicio del fin. Puedo volver a golpearlo por accidente, y bastará un golpe limpio, seco, no muy fuerte, para que el cristal se vea partido en dos trozos perfectamente simétricos de aristas afiladas.
Desde que he vuelto de China, hace cinco días, he salido de casa tres veces, siempre sola. No me apetece ver a nadie. Lo atribuía a la desidia, al cansancio de después del viaje, al estrés por el que se aproxima. Hoy he encontrado la garantía del reloj y lo he sostenido un momento en mi mano izquierda, mirándolo detenidamente. El cuero que empieza a ajarse, el cristal inmaculado con su finísima esquirla, casi inapreciable, la aguja del cronógrafo detenida antes de tiempo. Ignoro el funcionamiento de la maquinaria de un reloj suizo así como las características físicas internas del zafiro, pero me ha quedado claro que no son, ni por asomo, tan incorruptibles como mi padre y yo pensamos al adquirirlos. Me he acordado de cuando estrené el reloj anterior a este, en el verano de antes de primero de bachillerato, el verano que decidí pasar aislada, curándome de la enorme decepción que había supuesto para mi descubrir que mis amigas no eran ni tan honestas ni tan leales como siempre había dado por hecho.
Desde aquel verano mis relaciones de amistad en general no fueron lo mismo. Pasé todo el segundo de bachillerato alejada de mis compañeras de clase fuera de estas, y cuando llegué a primero de carrera me resultaba especialmente difícil entablar relaciones nuevas. Sólo a medida que pasó el tiempo conseguí relajarme, supongo que cicatrizaron las heridas, y ahora incluso volvía a reencontrarme con aquellas amigas del colegio que una vez aparté de mi vida. No soy una amiga exigente. No tengo el teléfono de la mitad de mis amigos. No les felicito por sus cumpleaños. No se si están solteros, casados, si han tenido hijos a no ser que el contacto diario se encargue de hacerme llegar esos detalles. No espero lo mismo de ellos, no me importa lo más mínimo. Soy una persona descuidada en los detalles, pero, me temo, rotunda en los valores.
Creía que esta triple decepción había sido un golpe más en el incorruptible zafiro, pero me temo mucho que ha dado justo en uno de sus múltiples y microscópicos poros. Yo que nunca habría elegido identificarme con el blando cuero sujeto a los mimos y las atenciones periódicas me descubro como un cristal de zafiro que caprichoso se resquebraja con un solo golpe certero tras haber recibido miles más desafortunados anteriormente. Pienso en quedar con algún conocido, el que sea, y pronto soy consciente de que no soy todavía capaz de mirarle a la cara sin que algo se me revuelva dentro recordando el día que esa persona, también, me falló hace mucho o muy poco. Muchos se salvan, pero el hastío es tan grande que me nubla la vista. No sé a cuántos habré decepcionado yo, seguramente a más de los que pueda imaginarme, como siempre sucede. Lo peor del cristal zafiro no es que en el fondo resulte ser frágil como la porcelana más fina, sino que aparenta tener una dureza equivalente al diamante, y la gran mayoría desconoce la existencia de sus microscópicos poros.
Supongo que has escrito este texto a sabiendas de que nos vas a dejar dándole vueltas, sobre todo a los que llevamos más tiempo sin verte o hablar contigo, jeje. Hartarse de la humanidad es perfectamente legítimo, sí, pero muy poco práctico. En fin, como esto suele ir por rachas te deseo una pronta recuperación de la confianza en el prójimo.
Besos!