Pues sí, después de once meses de vacaciones (exceptuando seis u ocho horas de clase a la semana durante seis meses, siete ensayos que he tenido que ir entregando, y cinco examencitos de nada por ahí dispersos), me toca ponerme a estudiar. A estudiar en un idioma distinto, para un sistema educativo nuevo, sobre unas materias conocidas acerca de las que tengo que escribir de una manera totalmente desconocida para mí. Si ya se me había olvidado cómo se estudiaba para la uni en España, tener que entender cómo va eso de escribir tres ensayos académicos en tres horas, y estudiarme el (supuesto) contenido de los mismos, con referencias y citas memorizadas y en tiempo récord, me parece una misión imposible. Y sin embargo tengo la impresión de que todo es más fácil aquí. Impresión que conozco y de la que sé que hay que desconfiar, pero es que es o el autoengaño del “¡si esto está tirado!” o la angustia vital durante un mes entero del “no tienes ni idea Paula, estás más perdida que Adán el día del padre” sin dejarme dormir por las noches. Y evidentemente, elijo la primera, que la vida son dos días. Total, aquí para suspender lo único que se puede hacer es dejar el examen en blanco, pero un sobresaliente tampoco lo saca nadie, así que presión mínima,  que haga lo que haga, y dado el sistema de convalidaciones tan mal pensado de mi universidad de Madrid, voy a sacar un notable. ¿No veis? ¡Si esto está tirado!

De todas formas, algo hay que hacer, por muy “poco” que sea. Y poco significa seis horas al día en la biblioteca, mínimo, dado que no he abierto un libro en todo el curso y que mis semanas tienen dos días menos debido a mis funciones de supernanny.  El problema es que en Londres hace un calorcito casi veraniego ya, en las orillas del río hay gente en bikini tomando el sol, anochece a las nueve y media de la noche, y, para colmo, mi ventana da a un pub en el que los ingleses se reunen después de trabajar a tomarse un par de pintas en los veladores de la puerta, aprovechando el buen tiempo.  Cuando decido que no aguanto más en la biblioteca y vuelvo a mi habitación (que está en un estado de desorden lamentable, por cierto) para seguir repasando aquí y abro la ventana y me viene el fresquito del río y el bullicio de los ingleses pasándoselo pipa justo en la acera de enfrente, me asaltan dos pensamientos: el primero es bajar y unirme a ellos, evidentemente, y el segundo, dada la imposibilidad de realizar el primero, es tirarles agua, lejía o aceite hirviendo desde mi ventana para que dejen de darme envidia de una vez.En fin, dejo ya de despotricar sobre mis obligaciones estudiantiles (aunque a estas alturas tengo bastante claro que no me lee nadie ya desde hace tiempo) y vuelvo a hincar los codos, que por mucho que se rían los de enfrente con sus cervecitas y que yo haya ido hoy en chancletas a la biblioteca, el deber me llama.