Había escrito un post muy largo con mis impresiones a la vuelta a esta ciudad- Londres- que tanto me gusta. Hablaba sobre lo emocionada que estoy con mi nueva universidad, con mis profesores, con mis compañeros. Pero se ha borrado, aunque prometo que contaré todo esto más adelante.

Me he topado con un texto que escribí hace casi tres años, y me resulta increíble lo mucho que han cambiado mis formas de sentir y de pensar en tan poco tiempo. El tiempo es verdaderamente asimétrico: según el aspecto en el que me detenga los cambios han sido verdaderamente insignificantes o absolutamente relevantes. Hasta aquellos que ya se me habían olvidado han cambiado, menos mal que escribo para poder recordarlo con el tiempo. La búsqueda de la felicidad incondicional ha terminado y tengo la impresión de que se ha transformado en una constante huída hacia delante. Me felicito a mí misma por haber sobrevivido y creo que ya va siendo hora de que haga lo mismo con él, por ser un incansable compañero en las buenas y en las malas. Aquí va el texto, dedicado a nosotros:

Y llegó -por fin- y me llevó a París a dormir en el barrio latino, a cenar en Montmartre, a pasear por el Sena, a ver estelas babilónicas en el Louvre, y a calentarle las orejas con mis guantes de lana esperando al autobús de madrugada, entre otros.

Ahora se ha ido a Sevilla y yo me he quedado con los ojos legañosos preguntándome si todo eso no lo he soñado. Entre las ocho y las doce de la noche mi vida se remite a una melancolía insalvable, excepto cuando viene él a que nos la saltemos. Ya sé que he sido muy buena esta semana, y probablemente dentro de doce horas esto no me parecera más que una injusticia contra mí y contra él, pero soy consciente de que necesito a veces algún tipo de katarsis como esta para expurgar las sombras y ponerme a deshacer y hacer maletas, y marcharme a Sevilla a enfrentarme con una Navidad que me hace temblar.

Ruego no me lo tengáis en cuenta, y sobre todo tú, no me lo tengas en cuenta: ya sabes lo que me cuesta asimilar que existe una felicidad incondicional, tanto que a veces dudo que exista.

Las buenas noticias son que la única condición, pienso,o más bien, me haces pensar, eres tú: somos nosotros.