En Sevilla hace Sol. Y los árboles crujen levemente mecidos por una brisa suave, derramando hojas secas sobre la grama firme y de un verde rabioso. La lluvia que ha caído horas antes ha dejado el aire limpio y los suelos brillantes, y cuando me acerco a la verja mi perro -ya casi ciego, despeinado y envejecido- corre hacia mí y ladra alegremente. Meto la llave en la cerradura y la giro, entro en el jardín pasando por debajo del jazmín de la entrada. Cierro la cancela a mi espalda y me tomo unos segundos antes de subir la escalera de barro que me llevará hacia la casa. Advierto el naranjo con tres frutos asomando entre sus hojas húmedas, la buganvilla preñada de flores púrpuras, el olivo centenario que se arquea cansado sobre el porche de la entrada. La luz del sol lo baña todo confiriéndole valor añadido en un día de invierno como hoy. La pareja de tórtolas que ya se ha vuelto cotidiana planea limpiamente hasta posarse en el tejado, y mi perro no ha parado de ladrar. Le acaricio la cabeza. Hola, Coqui -le saludo- ya, ya estoy en casa, ya entro, no tardo más. Cualquiera diría que es invierno en un día como hoy.