Feliz año de la rata.
El viernes aterrizó en Londres Pablo, y el sábado, tras disfrutar de la luz de un sol radiante paseando por Chelsea, comer pies compradas en el mercado de los sábado de la Duke of York Square y fotografiar algunas de las casas en las que me gustaría vivir cuando me tocara la lotería, nos fuimos caminando hasta el Royal Albert Hall, donde fuimos espectadores durante dos horas del espectáculo Varekai, de Cirque du Soleil. Me encanta el Circo del Sol, creo que no hay ningún espectáculo comparable. En el Royal Albert, además, todo tenía un toque más especial si cabe. Para este espectáculo la escenografía simbulaba el interior de un bosque, con un pequeño claro rodeado de juncos en el que relucían las luciérnagas a la noche y cantaban los pájaros durante el día, habitado por criaturas maravillosas. La música, como siempre, espectacular, esta vez un estilo gitano de europa del este, en consonancia con el título del espectáculo, Varekai, que significa “cualquier parte” en romaní. Los espectáculos, tan sorprendentes y estéticamente bellos que le hacen a una creer en la magia. Mis favoritos, como siempre, todos los números voladores, aunque eché de menos las cintas, en este caso sustituídas por el vuelo en la red de Ícaro, bastante original. No diré más, no quiero estropear la sorpresa a futuros espectadores.
De camino a casa nos pasamos por Harrods, que todavía no lo había visitado nunca… un caos absoluto, vimos solamente la sección de comida, y con tanto turista un sábado por la tarde era una locura.
Para terminar el día, con eso de que era el año nuevo chino, nos fuimos a Chinatown y cenamos en Haozhan, un restaurante Chino que nada tiene que ver con los chinos baratos de comida grasienta que proliferan por la zona. Nos encantó, el servicio bastante bueno, la comida estupendísima, y el precio… bueno, acorde con el precio de cualquier restaurante “normal” en Londres, es decir, carillo, pero merece la pena (de sobra). Lo único malo fue que estábamos en la planta de arriba junto a una mesa enorme llena de chinos, indios y blancos que eran bastante ruidosos, a veces tenía la sensación de estar cenando en una discoteca, y con frecuencia deseé que la china rolliza e hiperactiva que armaba tanto escándalo se atragantara con el pato hoisin o el bacalao negro que se metía en la boca entre risotada y risotada.
Cuando salíamos de Chinatown, un chino tocó a Pablo en el hombro y le devolvió su cámara nueva, que se le había caído al suelo sin darse cuenta… por la cara que puso mientras asimilaba que había estado a punto de perderla llegué a pensar que se iba a desmayar de la impresión. Luego, tras comprar dos dragones de la suerte, otra china, algo mayor y visiblemente enferma, se nos acercó y nos explicó muy amablemente que debíamos ponerlos en la puerta principal de la casa para que la buena suerte nos visitase… ¿tendrá que ver tanta amibilidad con los propósitos de año nuevo?
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