Fin del primer acto.
Fin del primer trimestre. Corto e intenso. Estoy en mi cuarto escuchando Belle and Sebastian y tengo que contenerme para no llorar. Me releo y me sueno adolescente y sentimentaloide, pero no puedo evitarme. Nadie puede evitarse. Estoy cansada y confundida. Emocionada, eufórica y llena de energías, agotada, vacía de esperanzas, a punto de rendirme porque no puedo esperar a hacerlo mejor. Anoche organicé una cena de navidad y vinieron pocos, y quizá mejor así. Nos sentamos y nos reímos, corrió el vino, proliferaron las bromas, hubo abrazos, fotografías, confidencias. Disfruto plenamente estos momentos, pero se queda un regusto amargo y creo que las horas de sueño que me faltan lo están amplificando. Los buenos momentos se van para no volver, y tarde o temprano la mayoría de los que llamo amigo termina decepcionándome. No puedo evitar anticiparlo. Nunca piso sobre seguro, y cada vez me resulta menos excitante la idea. Siento añoranza de las cosas que no tengo, que nunca consigo: las que sólo rozo un poco con los dedos sin poder llegar a abrazar del todo. Soy afortunada y desgraciada. Estoy viva pero me voy muriendo un poco cada día.
Así es. Ni más ni menos. Suéltate y disfruta. No te aferres. Cualquier solidez será ilusoria en cualquier caso. Pero no pierdas ni la curiosidad ni las ganas. Yo lo intento.