Dentro de poco se cumplirán dos años desde que le fue diagnosticado a mi madre un cáncer del que todavía no se ha recuperado. Incluso desde antes del diagnóstico, desde los primeros síntomas, el comportamiento de los tres miembros de mi familia fue el esperado. Hasta hoy no me había dado cuenta de cómo eso me había ayudado a sobrellevar la situación. Cuando mi madre sintió los primeros dolores abdominales, a mitad de agosto en nuestra casa de la playa, de alguna manera supe que ya había llegado el cáncer de pulmón que llevaba años sospechando que atacaría a mi madre, tarde o temprano. Tanto tabaco y tan mal humor no podían llevar hacia otra parte, me había dicho, y temerme lo peor para estar preparada había sido mi técnica. Había imaginado una y otra vez la reacción de mi madre ante el tumor, su escepticismo ante los médicos que poco a poco se iría tornando en desconfianza ante un complot organizado que ella era capaz de percibir donde los demás simplemente veríamos un proceso médico complejo, su fortaleza indestructible interrumpida ocasionalmente por quejas exageradas, y sobre todo su mal humor implacable. Mi madre no se deprimiría nunca, sino que continuaría montando sus eternos numeritos de mal genio, peleándose por menudencias que la mantendrían entretenida y aparentemente poco centrada en su objetivo principal, que sería curarse, aunque a la vez su capacidad de generar dramas por lo más irrelevante le serviría como un escudo que la protegería de la realidad de su enfermedad, alejándola del pesimismo. Mi padre, como siempre, se mantendría en un discreto segundo plano. Cumpliendo con lo que había que cumplir, llevándola a médicos, a revisiones, sin enfrentarse con ella cada vez que se quejase de las patologías psicológicas del médico que sólo ella percibía, a veces abandonándola cuando no quedara más remedio, por asuntos de trabajo, o refugiándose en el barco para evadirse de la actitud disconforme y molesta por todo que adoptaría mi madre a veces. Mi padre nunca ha sabido muy bien qué hacía con mi madre, pensaba yo, y que no la amase con locura ayudaría, al menos, a que él no sufriera intensamente con su enfermedad.

El cáncer llegó, y todo, todo, se cumplió. Mi madre no pudo ser menos clara al darme el diagnóstico por teléfono, tal y como yo había imaginado (”Pues el médico ha dicho que es algo que no es muy bueno…”), y poco a poco la simpatía por sus médicos se fue tornando en desconfianza y odio. Así y todo, las cosas fueron bien. A los ocho o nueve meses desde el diagnóstico, tras una operación y un ciclo de quimio en el que salvo la pérdida de cabello pocos fueron los efectos secundarios que sufrió, el médico le dijo que su situación se había “normalizado”, y que si en dos años no recaía, se la consideraría curada.

Siempre que imaginé la enfermedad de mi madre, mis ensoñaciones (por llamar de alguna manera convencional algo que quedaría mejor descrito como “pesadilla terapéutica”) no iban mucho más allá del momento del diagnóstico, como mucho el imaginarme la calvicie producida por la quimioterapia, pero poco más. No le ponía fin a la historia, probablemente porque quería evitar imaginarme su muerte. Y eso que no es algo que me resulte especialmente traumático: al fin y al cabo, todos estamos condenados a ver morir a nuestros padres, y yo de alguna manera confío en que la naturaleza sabe cómo prepararnos para ello. Lo que sí que daba por hecho, de alguna manera, es que la mayoría de los cánceres se curan hoy por hoy, y que mi madre no sería una excepción. Y si moría, no tenía ni idea de cómo sería aquello, se me quedaba grande para imaginármelo.

Sin embargo, pasaron pocos meses y mi madre volvió a recaer. La primera vez no había dudado ni un instante de que llegaría la curación definitiva, la segunda no he sabido muy bien qué pensar. Cuando descolgaba el teléfono en Londres o llamaba yo tras un par de semanas sin noticias, las explicaciones de mi madre respecto a los tratamientos y su evolución eran lo suficientemente difusas como para evitar provocarme angustia. Un par de veces su voz era más débil de la cuenta y el corazón se me encogía, pero siempre que regresaba a casa la encontraba tan vivaz como siempre, capaz de poner de mal humor a cualquiera en tiempo récord, y volvía a dar por hecho que saldría de esta.

Y de pronto llega el verano, regreso a casa, y a las pocas semanas estamos todos en el hospital y ella con un pulmón encharcado porque los tumores crecen a un ritmo trepidante. Desde que le diagnosticaron por segunda vez el cáncer he querido saber exactamente de qué muere un enfermo de cáncer pero no he sabido a quién preguntarle. Hacerme a la idea me ayudará, supongo, por eso de estar preparada, como lo estuve la primera vez, y por eso quiero saberlo. O no. Ahora que empiezan a suceder cosas con las que no contaba se me saltan las lágrimas con facilidad sólo de imaginarme el futuro de la cuestión, y aquí no hay planificación que valga. Que mi madre fume a escondidas aun cuando no puede pronunciar dos palabras seguidas estaba en mi plan, que nos deje cocinar la comida a mi padre y a mi, no. Eso significa que se encuentra verdaderamente mal. Que mi padre se muestre callado y distante, como siempre, no me preocupa. Su aparente indiferencia me resultaba tranquilizadora. Que aproveche los ratos de mi madre en quirófano y me pida ayuda con cara de preocupación para llevarla a una unidad en otra ciudad donde será el único sitio donde alguien esté dispuesta a tratarla en su estado, y que me advierta de que no es mejor explicarle cuál es ese estado, sí que me preocupa. Que mi padre me lleve del brazo al jardín para poder hablarme sin que nadie nos oiga, y me explique que mi madre se niega a seguir ningún tratamiento nuevo porque está cansada de luchar tampoco estaba en mis planes, y que me declare que no va a dejar de luchar por ella, que no la va a dejar rendirse, no me preocupa, me aterroriza. Porque que mi madre se rindiera y que mi padre decidiera enfrentarse a un problema por primera vez en su vida, demostrándome que su mujer importa más de lo que yo creía estaba fuera de mis planes.