Gracias por leerme.
Ayer fui a mi antiguo colegio, y supe que mis profesores me leen. Intimida un poco, la verdad. Si lo hacen es seguramente porque yo les invité a hacerlo hace dos años, cuando abrí este blog con la intención de que se convirtiera en un amable catálogo de anécdotas sobre mi vida como erasmus en Londres. No sé muy bien cómo pero aquello ha degenerado hasta que este blog se ha convertido en el refugio al que vengo a contar las cosas que no puedo callarme pero que tampoco me atrevo a decir en ningún otro contexto. Ayer me preguntaron varias veces si seguía escribiendo, y aunque me sentía tentada de responder con otra pregunta (”¿escribía antes?”), contesté que no, que no tengo tiempo, las varias veces. Luego conduciendo de vuelta a casa me pregunté lo mismo:¿escribías antes? ¿sigues escribiendo? , y me tuve que decir que sí a la primera, y que no lo sé a la segunda. Ya no escribo como antes. Antes escribía por pura necesidad, con una pasión tan bochornosa que ocultaba y terminaba destruyendo prácticamente todo lo que producía. Era un proceso casi fisiológico, y como tal me proporcionaba el hondo placer de estar completando una demanda forzosa, inevitable. No lo elegía, simplemente tenía que hacerlo. Y por eso mismo no necesitaba compartirlo, ni siquiera conservarlo: con haberlo escrito era suficiente.
Me acordé de cuando aquellos profesores me daban clase, de lo mucho que los necesité, y no precisamente como meros transmisores de conocimiento académico. Me di cuenta de lo mucho que me he endurecido desde entonces, y sentí un poco de compasión hacia la yo que tanto sufría y escribía para calmar el dolor. La tragedia adolescente en estado puro con todos los agravantes posibles. Una vez pasado aquello-es decir, ahora- la escritura se convierte en otra cosa. Vengo aquí y escribo. Es pura indulgencia, no es necesidad. Si no encuentro la palabra que necesito no me detengo y respiro hondo mientras siento que se abre camino dentro de mi pecho, angustiada, sino que como mucho congelo mis dedos encima del teclado durante unos pocos segundos revisando el tesauro gigante que es mi cabeza. Y si no aparece, sigo tecleando. No releo lo que escribo, no me hace falta. Sólo cuento cosas, no intento curar nada con estas letras. Y sin embargo, sigue habiendo algo oscuro y desbordantemente íntimo en todo lo que aquí se publica. No me gusta que se me pidan explicaciones acerca de lo que aquí escribo, me siento muy avergonzada. Soy más tímida y cobarde de lo que creía, supongo, y necesito esta careta. Pero también es que no puedo explicar nada de lo que escribo. No sé por qué escribo. Lo necesito pero ya no es imprescindible.
Ayer en el coche pensaba que a pesar de todo me gusta saber que mi antiguo profesor me lee. La escritura ha pasado de ser secreta a abiertamente pública. Yo no me releo, pero tampoco tengo que destruir lo que he escrito. Esto es un diario pero no es solamente mío. Si no se leyera, serían solamente letras amontonadas. Una de mis profesoras del colegio preguntaba un día si creíamos que una obra literaria puede considerarse como tal si nunca se publica, y muy enardecidamente traté de argumentar que claro que se puede, era tan evidente que ni entendía la pregunta. Ahora la entiendo mucho mejor, y no sabría que responder. Si no se leyera, lo que escribo sería sólo la realización de un instinto. No escribo con el lector siempre en mente, pero al terminar presiono un botón en el que está impreso “publish”, que le da sentido a esta entrada. En vuestras voces mis letras se despiertan. Escribo para mí, pero os necesito a vosotros, lectores. Muchas gracias por leerme.
Comparte este artículo
Licencia de los contenidos
Esta obra está protegida por una Licencia Atribución-NoComercial-SinDerivadas de Creative Commons.