Me encuentro un papel grueso -un papel de boceto- doblado por la mitad, en el que he escrito algo con muy mala letra, y de pronto me vienen los recuerdos: la borrachera, la llorera posterior, el pedir muerta de vergüenza papel y bolígrafo para ponerme a escribir, el tenerme que contentar con utensilios de artista, no de escritor, y escribir escondida, en cuclillas, a los pies de la cama mientras él se burla de lo pretenciosa de la situación, el arañar de la plumilla sobre el papel de grano grueso…
En fin, que con tanto escribir sobre filósofos muertos no tengo tiempo de escribir sobre nada más. A no ser que alguna borrachera haga de las suyas. Esto debe tener ya unos cuantos meses. En fin, aquí va:

“La piel morena, la sonrisa,
tímida, callada, los años
que han pasado ya
y yo que los contemplo
dejar su huella cada vez que vuelvo.
Él, ajeno, nuevo, nos visita por primera vez:
es oficialmente el que me quiere.
Y me confiesa en esta noche,
meses después, que en sus ojos vio
el cariño, la ternura, conmovido,
el amor del que tanta
hambre he pasado.
Suena la música,
premio de consolación
por los bebés que me ha asegurado
que no quiere darme nunca.
“She makes you feel so small”
me dice, hablando de su amiga
cuando lloro; y me acuerdo
de que me llamo Paula,
de que estoy condenada
a sentirme pequeña.
Suena la canción sobre la cama
en la que planeé matarme hace ya tiempo,
y pido papel y tinta para escribir
que he sobrevivido.”