En gran medida mucho de lo que he hecho desde entonces era para demostrarle que se equivocaba. Que era todo un error. Que se arrepentiría. Que los actos tienen consecuencias. Que no podía tratarme así. Que a nadie se le puede tratar así.

Me curé del llanto con la certeza de un reencuentro en Londres -intencional pero inevitable- al cabo de los años.  El olvido tenía que ser simétrico. El reencuentro llegó, y entonces ya no me parecía tan alto, tan guapo, tan divertido. No sé si yo le parecí igual de guapa, de delgada, o de divertida; pero es imposible que no me encontrase fortalecida, llena de vida, más sabia: mejor. Nos hemos vuelto a decir hola, cómo estás, cuánto tiempo, hay qué ver los dos Londres de nuevo, y la ilusión ha tardado poco en convertirse en desprecio: impostor, farsante, mentiroso, cobarde, egoísta.  La vergüenza hace insostenible mantenerle la mirada: cómo pudiste, cómo pude yo. Al final he decido romper las formas, los convencionalismos: prefiero no tener que volver a mirarle a los ojos, que quede claro que ahora sé con certeza firme que la alimaña es él.

Hoy juega Holanda contra España. Hace cuatro años discutimos acerca de la final, tanto que terminé insultándole sin apenas conocerle, tanto que decidimos ir a tomar algo para hacer las paces. Hoy juega Holanda contra España y en principio me importaba tan poco que he decidido reservar una mesa para las ocho de la noche y con ver el segundo tiempo ha de bastarme. El día avanza y con él noticias duras: se me cierran puertas. Se me va enredando el nudo en el estómago: si hay justicia universal Holanda no puede ganar. A mitad de partido me llega un mensaje que me advierte del empate. Terminada la cena,  abro la puerta del pub con la esperanza de que todo fuera una broma, y como un sol cegador me saluda una pantalla de plasma gigantesca con un 4-1 en el marcador. Se me clavan los pies en el suelo y veo a Casillas desertar en el 5-1 casi inmediatamente. Holanda gana y España pierde. A pocos kilómetros de mí alguien lo celebra divertido, alto, guapo, triunfante, acordándose de mí, sintiéndose por fin aliviado de la culpa de estos años, tentado incluso de mandarme algún mensaje, burlón, acerca de cómo la venganza se sirve fría. No lo hace. No sé si los actos tienen consecuencias, los hechos significados, o las supersticiones valor.