Hoy había puesto el despertador a las 8.30 con la idea de ir a comprar manuales para ir leyendo en el hospital. Como me daba pereza, decidí cuando sonó posponerlo a las 9.30, pero no le dio tiempo a sonar. A las 9.27 mi padre me llamaba y me decía que habían tenido que sedar del todo a mi madre, pero que todavía estaba despierta, que llamara a mi hermano y fuera al hospital cuanto antes para poder verla antes de que se durmiera definitivamente. Llamé a Pavlo y lloré un poco,me vestí con lo primero que pillé, sin ducharme, y me puse a rebuscar en mis cajones como loca en busca de una cajita de sumial que me ayudara a comunicarle a mi hermano lo que él no sabía: que una vez que se durmiera ya no iba a despertarse nunca, y que esa sería su última oportunidad de verla despierta, y que por eso tenía que darse prisa. No la encontré, pero en el armarito de las medicinas estaba la caja de yurelax caducada que hace cinco años compré para tratar una tendinitis y que terminé usando como somnífero de aficcionado. No lo dudo: me tomo dos cápsulas sin leer el prospecto, en ayunas, y salgo disparada hacia el hospital. Mi perro se escapa y tras 10 minutos dando vueltas por la urbanización decido irme y dejarlo en la calle: que lo meta mi hermano.

Por el camino siento que si mi hermano no llega a ver a mi madre consciente por mi culpa no me lo perdonaría nunca, y debato interiormente  sobre si debería volver o no, aunque luego decido que es mejor que mi madre vea al menos a uno de sus hijos antes de dormirse que no ver a ninguno de los dos. Llego al hospital, todo silencioso tan pronto, y nada más abrir la puerta de su habitación se me tira a la cara el ruido del aerosol que le han conectado para que respire, y mucho peor, los gemidos que emite cada vez que exhala, que se elevan por encima de todo ese barullo. “No te ve, pero te oye”, me informa Teresa, y me siento a su lado, le cojo la mano, y le digo que estoy allí. Mece ligeramente la cabeza con los ojos entreabiertos en lo que yo considero una respuesta, y sigue gimiendo un buen rato. El yurelax me empieza a hacer efecto y empiezo a notar cómo se me baja la tensión, y aun sentada me flaquean las piernas. Mi padre está detrás de mi y a mi me tiembla la barbilla, pero no quiero llorar. Se levanta un momento, justo cuando Teresa se sitúa fuera de mi vista, y empiezan a caerme las lágrimas. No puedo más, bajo a por un zumo porque creo que me voy a desmayar. Me tomo el zumo en el sofá, mirando a mi madre desde allí, y creo que me quedo dormida unos minutos. Mi padre se sienta a mi lado y ojeo el periódico durante ese ratito. Voy al baño y en ese momento entra mi hermano, que cuando me ve salir con ojos llorosos me mira muy alarmado y sorprendido con la boca abierta: se acaba de dar cuenta de que aquí pasa algo grave, y está desconcertado. Le digo que se siente a su lado y le diga que está aquí, y lo hace, tímido. Creo que me voy a desmayar, así que bajo a comer algo.

No me entra media palmera de chocolate pero me la como entera. Mi hermano está abajo con un familiar que ha venido hoy de casualidad (el primero que viene en dos semanas). Subo a la habitación y me siento con Teresa en el sofá. Mi madre respira cada vez más suavemente y mi padre está fuera hablando por teléfono. Teresa se levanta,y le quita la sortija de esmeraldas y diamantes que se compró en su luna de miel en Singapur y el solitario de brillante que mi padre le regaló por su cincuentaydos cumpleaños, sin que yo la vea. Cuando me los da me enfado con ella por ser tan funesta: me ha molestado que adelante acontecimientos de esa manera, a mi madre le quedan tres o cuatro días más mínimo, ha dicho el médico, pero ella me dice: “No madre, no, no ves que yo he estado con muchos muertos….” y empieza a contarme historietas cuchicheando. Yo no muevo la vista de mi madre, cuyas exhalaciones son cada vez más espaciadas. De pronto, con Teresa sin parar de cuchichear de fondo, veo cómo mi madre gira la cabeza 180 grados hacia mi(hace diez minutos no podía ni mover un dedo por voluntad propia) y abre los ojos de par en par, fijándose en mi. Yo no acierto a decir nada, sólo golpeo a Teresa en el brazo para que se calle pero no me hace caso, a mi me da igual, yo no la oigo. Mi madre me mira con unos ojos negros, saltones, de mirada opaca y estática durante unos pocos segundos que yo ya sé que serán de los más largos de mi vida. Me levanto del sofá sin oir nada a mi alrededor, abro la puerta de habitación para encontrarme con mi padre pegado al teléfono frente a mí y sólo le digo: “Mamá”, y mecánicamente llego hasta el mostrador de las enfermeras para decirle a una que mi madre ha dejado de respirar. Vuelvo a la habitación donde la misa enfermera le toma el pulso y nos dice que todavía respira y tiene pulso, pero yo le cojo el pie con la sábana por medio y lo noto helado. Teresa le tiene los ojos cerrados con la mano extendida sobre los párpados, y entonces llegan tres enfermeras cargadas de maquinitas y nos piden que nos vayamos. Me siento en un sofá del lobby y llamo a mi tía Inma tal y como me pide Teresa, para decirle que mi madre ha dejado de respirar, pero que luego respiraba, que ahora había unas enfermeras, y que no sé, que no sé si ya o si no, que no sé, y se me quiebra la voz y lloro sin que ella me oiga ella me dice que ya viene, y yo cuelgo sin tener fuerzas para levantarme y entrar en la habitación una vez he visto a las tres enfermeras salir con la cabeza baja. Me seco las lágrimas, respiro hondo y entro en la habitación. Ya no hay ruido de ventiladores ni aerosoles ni mi madre tiene cables metidos por todo el cuerpo ni gime ni se ahoga al entrar respirar.Yo diría que estaba dormida, y descansando por fin, y aunque sabía que no lo estaba, que ella ya no lo sentiría, me he inclinado sobre ella y le he dado un beso en el brazo y otro en la mejilla, suaves y calientes como si aun estuviera viva.