Vamos por el segundo cocktail y aunque el local está medio vacio - a pesar de ser uno de los mas famosos de Londres, parece ser que a los ingleses la resaca les sigue durando el dáa 2 de enero todavía- le pido varias veces que me saque a bailar: la música cubana me supera. Se ríe y me besa la mano que tengo agarrada a la suya, sobre la mesa. Estoy de buen humor: me he pasado las vacaciones de Navidad en la cama, enferma, en Sevilla, sintiendome culpable por no poder avanzar en el doctorado y echándole de menos. Por fin nos hemos visto. En Nochevieja me llamó “antes que a su hermana o a su hermano, o a su madre”, con varias copas de más, para felicitarme el año y repetirme lo mucho que le gustaba. En las horas de aeropuerto y de avión  en las que pasé el día de año nuevo no podía parar de pensar en él. El día siguiente fue un deshacer maletas y prepararme para volverle a ver, impaciente, aguardando el mensaje de texto con la hora y el lugar.

Vamos por el segundo cocktail y saco una cajita forrada en papel dorado de mi bolso. La he forrado yo, le digo, se la doy, y espero que le guste. La abre, curioso, y al revelar el contenido se pone colorado, y se lleva las manos a la cabeza. Me clava sus ojos azules -sus ojos de pez-, y expresa: “You can’t be that nice!”. Extiende sus brazos larguísimos a traves de la mesa y me agarra la cara con sus manos de gigante: “Thank you very much, this is incredibly nice”.

Son botones. Hace un mes y medio advertí que a su abrigo se le habian caído casi todos, cuando esperábamos borrachos al metro, en una de nuestras primeras citas. Le dije que si me daba uno encontraría otros iguales y se los cosería. Sin mediar palabra, se arrancó un botón con un gesto teatral, dramático, como si se arrancara el corazón, y me lo entregó con mucha parsimonia. Me reí a carcajadas y me di cuenta de que varios de los que esperaban al metro en el anden nos miraban, sonriendo. No recuerdo muy bien a dónde fuimos después, si a otro bar, si a su casa, si a la mia. Recuerdo encontrar el botón en mi bolso un par de días después cuando buscaba un bolígrafo, en la universidad, acordarme de toda la historia, sonreir como una tonta y sentirme flotar en una nube: “le gusto, esta claro.”

El botón era grande, negro, con cuatro agujeros y el dibujo de un ancla con un cabo enredada en ella. Fui a varias tiendas de botones en Londres sin poder encontrar otros como ese, pero en cada una conseguía nuevas pistas. “Son botones de uniformes navales.” Fui a una tienda de uniformes. “Son botones de moda, no de uniformes, prueba en Jon Lewis.” Fui a Jon Lewis. “Son botones antiguos, de hace unos años, ya no los tenemos. En algunas tiendas siguen teniendo abrigos con ellos.”. El día que me llevo a patinar sobre hielo a Tower Bridge terminamos paseando por St. Katharine Docks y lo agarré de la solapa del abrigo y lo arrastré a una tienda de souvenirs navales para turistas. “Sí, tenemos abrigos con esos botones, pero no vendemos solamente los botones.”. Se le había olvidado la historia de los botones, y escuchó divertido mis andanzas para intentar encontrarlos. Conmovido, me invitó a cenar en uno de los restaurantes del muelle. Llevaba una semana con náuseas y empeoraron tras el vino, pero terminé yendo a su casa. Tocamos la guitarra, me hizo manzanillas y me acarició el pelo hasta que me quede dormida, escuchando la Guia del Autoespista Galactico.

“Thank you, this is incredibly nice”, me dijo ayer. “You’re lovely”. “I know”, le contesté medio en broma. Le cuento la historia de cómo terminé comprándolos por ebay a una senora de Tennessee, que me envió un email agradeciéndome la compra y diciéndome “God Bless America and the UK as well”, y lo tentada que estuve de contestarle preguntándole si Spain tambien podía ser bendecida por Dios o eso ya no entraba en el pacto. Se ríe. Le acaricio la cara, y le digo: “And I still have to sew them to your coat, it was part of the deal.” -”Paula”- me dice, apoyando una mano en mi hombro, dando a entender que va a decir algo importante- “do you remember when you asked me to tell you straight away the minute I started having doubts about us? Well, it’s here.” Bajo la mirada, remuevo el hielo de mi frozen margarita con la pajita. “Well, if it’s only doubts…” -”No”, me interrumpe “It’s not only doubts. I don’t feel it anymore. It’s over.”

No recuerdo muy bien la conversación que siguió, pero le pedí que nos pidiéramos otro cocktail y me lo explicara todo. Luego salimos y nos fumamos dos cigarros en la calle. Habló mucho pero no dijo nada. Le dije que quería irme pero que no iba a coger el metro, que quería caminar. Hizo el amago de abrazarme y me aparté. Me pidió permiso para darme un beso y se lo negué. “I’m leaving now”, le dije con la vista fija en el suelo. Alcé la mirada un segundo y lo vi mirándome desde los 20 centimetros de altura que nos separan, la frente arrugada y la boca caida, en un gesto de disculpa y preocupación. Me giré y eché a andar. “Paula!”- me gritó cuando ya nos separaban unos metros, y me giré un poco “I still think you’re lovely.” Le respondí con la carcajada mas amarga de mi vida, sacudiendo la cabeza, y volví a girarme y seguí caminando. “Goodbye…” Le oí volver a gritarme por encima del ruido de mis tacones chocando contra el acerado desierto de Upper Street.