Impresiones
Son las dos de la madrugada y vuelvo a casa conduciendo en una noche calurosa que por fin empieza a refrescar. Las calles están desiertas, las ruedas de mi coche parecen deslizarse más suavemente de lo normal por el asfalto liso, casi líquido. Muy ocasionalmente me cruzo con algún otro vehículo que no es más que dos puntos luminosos en la distancia que me sobrepasan en silencio, como extraños fantasmas. Sólo los puedo ver yo, pienso. Uno de ellos levanta polvo a su paso y cuando ya nos hemos cruzado reparo en que se trataba de un camión gigantesco. Apenas hay ruido. Una señora mayor explica en voz muy baja en la radio que viene de escuchar a Serrat en un concierto, y las voces que salen de la radio se cuelan en el coche también como espíritus que existen sólo para mí en ese momento. Llego a mi urbanización de calles completamente vacías. Bajo el volumen de la radio hasta que se vuelve casi imperceptible. Levanto el pie del acelerador hasta dejar que el coche prácticamente se detenga. Ante mí hay una rotonda y si no giro el volante me estrellaré contra ella. Probablemente no sea más que un golpecito, ya que el coche está casi quieto ya. Giro el volante en el último momento, aunque sin brusquedad, justo cuando oigo a mi padre preguntarme por el parachoques destrozado: mejor ahorrarse explicaciones. Hay gatos que se cruzan en mi camino, y cuando ya me acerco a casa miro hacia la izquierda en la perpendicular a mi calle: está extraordinariamente oscura. Tan oscura que me impresiona. Me acuerdo de cuando escribía poesía: le escribiría un poema a esa calle oscura que es sólo un agujero entre los árboles preñados de hojas plateadas en la noche. No parece que exista nada más allá de esa calle: de pronto el fin del mundo está justo al lado de la casa en la que me crié.
Precioso texto. Al leerlo me he dado cuenta de que el fin del mundo cae casi siempre cerca del lugar en que uno se cría… te pongo el poema de Leopardi que no escribiste
Besos.
” Siempre amé esta colina,
y este cerco que la vista me impide ver
más allá de su horizonte.
Mirando los interminables espacios de allá a lo lejos,
los silencios sobrehumanos y su profunda quietud,
yo estoy con mis pensamientos,
aunque mi corazón no se asusta.
Escucho los susurros del viento detrás de las plantas,
y en el infinito silencio mido mi voz:
y me subyuga lo eterno, y las estaciones muertas,
y el presente real y el sonido de todos ellos.
Así a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y el naufragar me es dulce en este mar. “
Impresionante, Alberto. Gracias.