La buena vida.
Hace algo de tiempo anuncié que me iba a gastar un tercio de mi salario, cuando tuviera uno decente, en zapatos. Un sueldo decente, se me olvidó puntualizar, que me permitiera mantenerme con los dos tercios restantes. El que tengo ahora, cuidando a los niños, no daría ni para pagar el alquiler completo, así que este no cuenta. Es un “sobresueldo” que se le suma a mi “sueldo” de estudiante, pagado en un 98% por mi papá, y un 2% por la Comunidad de Madrid, la UC3M, el MEC y la Unión Europea, a la vez (qué fuerte lo forrado que está mi papá, que es capaz de pagarme todos los estudios y los otros sólo son capaces de reunir una mísera propinilla sumando lo que han conseguido juntar entre todos, ahora que lo pienso). Mi sueldo de estudiante iba destinado, en principio, a ahorrar mucho dinero para poder viajar todo el tiempo como cualquier erasmus que se precie. Tras dos meses intentando convencer a todo el que se me ponía a tiro de que se viniera conmigo de viaje a cualquier destino que se me ocurriera, con más bien poco éxito, para terminar haciendo dos o tres planes de viaje a largo plazo, y por lo tanto quitándome de encima la presión del ahorro inmediato, me dediqué “a la buena vida”. Ahora que mi gasto en “buena vida” (esto es, poder ir al super y comprar artículos que cuesten más de 2 libras por unidad, dejar de calcular el coste de oportunidad de cualquier cosa en número de envases de crema suavizante del pelo, salir a cenar a sitios “guays” y oh, hasta ir al cine por el módico precio de 10 libras la entrada) se ve reducido al mínimo por la exclusión social a la que los exámenes me han condenado, mis dos únicos gastos están siendo, en una proporción casi igual a la que conforman mi papá y todos los organismos oficiales involucrados en la concesión de una beca erasmus, calzado y caprichos comestibles. En cuatro días me he comprado tres pares de zapatos, y durante la visita de igual duración de Ceci (maravillosa, por cierto) he comido más hidratos de carbono simples de los que mi cuerpo ha recibido en los últimos dos o tres meses, juntos. Que voy a tener problemas con el peso, en definitiva: con el que marque la báscula electrónica de alguno de los médicos que me riñen cada vez que engordo, y con el del paquete que voy a tener que enviar por correo a España por exceso de equipaje. La buena vida es lo que tiene.
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