Hace un año recibía al 2008 aparentemente resignada, pero esencialmente entusiasmada, o eso se puede leer entre líneas en lo que escribí hace más de un año. No esperaba nada del año, decía, pero luego enumeraba todo lo que esperaba encontrarme en mis trescientos sesentaycinco (un día más, en realidad, pues era año bisiesto…) días nuevecitos, y aunque no lo hiciera a propósito, había instaladas en aquellas líneas un optimismo y una emoción que ahora me sorprenden. Tenía la sensación de estar estrenando un regalo, creo, aunque fuera un regalo que no había pedido y que no me hacía especial ilusión, pero al menos eran mis días, eran nuevos y eran míos, y podía hacer con ellos lo que quisiera, que no es poco.

Este primero de enero ha sido diferente a todos los demás, por lo que leo en la entrada de hace un año. Yo diría que llovía el primer día de este 2009, y en cualquier caso no recuerdo haber visto esa pálida luz fluorescente de la que ni me acordé. Salí casi por obligación dos horas de casa y volví para acostarme todo lo temprano que pude, y a la mañana siguiente no me levanté de la cama hasta que hacía horas que el concierto de año nuevo se había terminado. No he imaginado ningún propósito para este año-nunca los hago, aunque siempre trato de imaginar alguno que me convenza-, ni tampoco he sentido el cosquilleo involuntario en la boca del estómago cuando oigo sonar los cuartos del reloj de la Puerta del Sol desde la televisión. No he tenido conciencia de estar triste, ni alegre, tal vez un poco melancólica, no me he acordado de mi madre con amargura, no he hecho un esfuerzo por no rememorar otras nocheviejas, ni todo lo contrario. El año se ha ido y ha empezado otro y yo nunca podré haber dicho de manera más acertada que me ha sido totalmente indiferente.

Un ejército invade una región y la asola alegando fines defensivos. Resulta que en el mundo hay organismos internacionales que reciben mucho dinero y atención que no saben qué opinar al respecto. Tienen sus ejércitos que solamente utilizan en “misiones humanitarias”, y solamente intervienen militarmente cuando consideran que es necesario, porque hay guerras buenas, y guerras malas. En el fondo es su forma de decir que les es del todo indiferente quiénes bombardeen a quién, a no ser que los bombardeados sean ellos. O no vale ninguna guerra, o valen todas. Y si vale una, desde luego que valen todas, y lo que no tiene ningún tipo de validez son las organizaciones que tratan de promover la paz a nivel internacional distinguiendo guerras y guerras, quedándose paradas ante la mayoría de ellas.

Yo tengo exámenes dentro de poco y por primera vez en mi vida no he estudiado nada a quince días del comienzo, ni me veo con fuerzas de empezar a hacerlo próximamente. Todo me es indiferente y no sé si quiero hacer algo con estos trescientos sesentaycinco días nuevos que de pronto se me aparecen, pero que este año no son míos.  Vivo en un presente continuo, llano y templado en el que los sobresaltos, buenos o malos, son anécdotas que se van quedando enterradas muy atrás, muy lejos.  No sé si aprenderé nada de esto, y tampoco me interesa: me es indiferente. Sé que afuera hay una guerra y que los que están alrededor no escuchan, porque también les es indiferente, como la indiferencia  de los otros que se me acercan y alejan a diario me hace también ajena a ellos. Pero más indiferente es para los que están en la guerra aquello que sucede a los que están fuera de ella, y si nadie rompe ese absurdo juego de espejos termina siempre por suceder lo mismo: que la indiferencia, callada y corrosiva, se extiende inexorablemente, devastando todo aquello que encuentra a su paso.