Mi padre me habla de su infancia en el pueblo, y parece fascinarse de sus propios recuerdos. Cuando lo hace recrea los recuerdos de un niño de cinco o seis años que se crió alejado de su padre y sus cuatro hermanos, con cinco mujeres que sustituían a su madre fallecida antes de que él tuviera conciencia de su existencia. O eso quiero creer yo, al menos, que no me atrevo a preguntarle si conserva algún recuerdo de su madre.

Mi padre me cuenta cómo los baños que se daba en aquella casa sin agua corriente fueron los mejores de su vida. Me relata cómo sacaban una tina al patio que llenaban de agua del pozo y la dejaban calentar en la parte soleada del mismo, hasta que él se bañaba en el agua tibia en pleno verano usando el jabón que las cinco mujeres habían hecho en casa y un champú en polvo que venía en unos sobrecitos de los que todavía recuerda la marca. Cómo se bañaban las cinco mujeres, eso mi padre lo ignora,  sólo sabe que ellas nunca usaron su tina de la parte soleada del patio, la misma tina que él siguió usando incluso una vez que el agua corriente había llegado ya a la casa en la que nunca se llegó a construir un baño, pero sí una fuente en el patio que mi padre evoca como hermosísima, en la que él pasaba las horas muertas jugando como el hijo único en que se convirtió durante aquellos primeros ocho años de su vida, de ahí que sea capaz de describirla con total claridad. No hubo un cuarto de baño, pero sí un pequeño grifo en la cocina que las cinco mujeres usaban para cocinar y fregar. Él recuerda a las cinco mujeres que nunca lo mimaron demasiado, sino más bien lo criaron con el cariño justo, sin preocuparse demasiado por él y confiando en que saliera adelante por sí mismo, como se cría a una mascota, riéndole las gracias o ignorándolo según el día casi como una sola entidad. Cosiendo todas durante el día en el cuarto de costura con su enorme ventanal, escuchando la novela radiofónica, o durante la noche, sin soltar las labores, congregadas en torno a la única lámpara que iluminaba el patio, una única lámpara de latón que antaño fue de gas y que ahora gastaba una bombilla demasiado débil para iluminar cinco labores simultáneamente, con sus veinticinco dedos efectuando el mecánico trabajo de bordar.

Mi padre habla de esas cinco mujeres y de otras, familia lejana, que lo llevaban a bañar en una alberca con el fondo cubierto de limo, a la que se le permitía el acceso simplemente por ser lo suficientemente joven, aunque él no recuerda su edad exacta, pero me cuenta que siempre lo llevaban cogido de la mano todavía a todas partes, para que me haga a la idea. En la alberca las mujeres se bañaban en ropa interior, cree recordar, y se le pagaba una perra gorda al dueño de la misma, que tenía terminantemente prohibido pasearse por los alrededores de la zona de baño mientras las mujeres estaban allí, refrescándose y comiendo las frutas maduras de los perales y melocotoneros que rodeaban el estanque.