Se ha llevado el Goya a mejor película, y yo me alegro muchísimo: aun sin haber visto más que una de las otras favoritas (El orfanato), estoy segura de que es la mejor película que se ha hecho en España este año.

La soledad es una película sencilla con un título que no podía estar mejor elegido: la podrían haber llamado “La cotidianeidad”, pero eso, al fin y al cabo, demuestra la cinta, no termina siendo otra cosa que la misma soledad. En mi butaca del cine Renoir recuerdo haberme sentido sola al contemplar a los personajes fregar platos o fumarse un cigarro mirando simultáneamente al mundo en un plano de perfil, y a sí mismos, en un primer plano frontal que era la honestidad pura. Poder contemplar la película sin dejar de prestarle atención, y, al mismo tiempo, tener la oportunidad de reflexionar acerca de asuntos propios-sugeridos por las imágenes, claro está-es algo que no suele pasar frente a fotogramas proyectados, sino más bien contemplando obras plásticas estáticas, como un cuadro. En “La soledad” no había música, ni demasiados diálogos, sino más silencios que otra cosa, como en la vida real. Las desgracias no se convertían en drama, lo que las hacían, probablemente, todavía más difíciles de asimilar: sin un medio expiatorio del dolor éste se enquista dentro de los individuos. Quedan la ironía, el sentido del humor y la cotidianeidad, de nuevo, como medios de supervivencia. La soledad, siempre como telón de fondo: es solos como pasamos la mayor parte de nuestras vidas, solos en el autobús o haciendo la compra, pero también solos al morir, o al enfrentarnos al nosotros mismos, de una u otra manera. Somos individuos aislados en nosotros mismos, pretendiendo sostenernos en los demás, que nunca llegan a comprendernos completamente, ahí se hace el vacío, la soledad. Todo pasa, sin embargo, parece decir cada imagen de esta película. Y es que no hay prisa en esta cinta, ni sensación de esfuerzo desmesurado por conseguir algo impactante; hay simplicidad, honestidad, una aparente transparencia que oculta, sin embargo, la brillantez de un director que ha conseguido con holgura atar todos los cabos para terminar una película capaz de ilustrar con un realismo enfático lo extraordinario de todos y cada uno de los momentos más cotidianos y vulgares de la más común existencia.