Las cosas claras
Hoy, cuando me dirigía a Oxford Street en autobús y miraba las calles de Londres desde la ventanilla, sentía de nuevo esa emoción -enamoramiento, diría- al contemplar esta ciudad. Me encanta Londres, por mucho que haya lloriqueado estas vacaciones en España quejándome de la comida, los precios, y la falta de luz solar.
Sí, ya sé que mi segunda opción de erasmus era Noruega y la tercera Suecia, con lo que allí lo de la luz solar (y los precios y la comida) hubiera sido probablemente mucho peor, y que yo siempre contestaba a esas advertencias que me encantaría vivir en un país gélido y oscuro. Mentira. Lo de las bajas temperaturas sigue gustándome, y en España maldigo el verano con sus días de 14 horas de sol y celebro el invierno y sus noches que empiezan a las seis de la tarde. En Madrid, más frío que Sevilla, me sentía como pez en el agua. En Londres, el frío no me molesta, de hecho me gusta, pero lo de la luz solar, tengo que admitirlo, me ha afectado bastante. Si en vez de a las diez de la mañana, con un sol suave (pero sol, al fin y al cabo) iluminando las aceras, hubiera contemplado Londres a las dos del mediodía con el cielo gris plomo y un incipiente atardecer, sabiendo que en hora y media sería noche cerrada, hubiera añorado España y su luz y maldecido una vez más la comida y lo caro que es todo aquí.
No obstante, no estaría dispuesta a renunciar a Londres por tres o cuatro horas más de luz al día, pienso. Si en vez de en un minúsculo cuartito con una moqueta vieja viviera en una casa maravillosa con todas sus habitaciones correspondientes en las que resguardarme cuando estuviera oscuro afuera y el sueldo que me permitiera comprar comida decente a diario, sería la persona más feliz del mundo en esta ciudad. Si Londres me parece la ciudad más increíble del mundo desde mi modesto modo de vida, no quiero ni imaginarme lo que podría parecerme si lo hiciera desde una posición mucho más acomodada.
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