Escribo varias versiones de este post en mi cabeza, en el metro, en clase, en un autobús en domingo mientras contemplo enternecida y melancólica las barberías turcas donde los hombres van a leer un periódico entre varios para pasar el tiempo. Escribo una versión aquí y se me hace larga y confusa, y la borro.

Escucho esto y me entran ganas de fumar pero me dije a mí misma que ya lo había dejado. La misma música que escuchaba el miércoles cuando me pintaba los labios en el metro y sentía los ojos de todos los que estaban sentados frente a mi seguir el trazo de mi barra de labios, conteniendo la respiración como yo lo hacía. Escribí ese momento en una libreta, el último en una lista de momentos que quería incluir en este post. Nunca hago nada así: normalmente vengo aquí y escribo algo en diez minutos, sin premeditación, sin revisiones. Pero esta vez siento que es algo importante. Es un post sobre mi vida en Londres. Sobre los cielos plomizos que se han convertido en algo ocasional, las ramas desnudas y crujientes apuntando al universo de los árboles en invierno, sobre los días feos que ya no me lo parecen tanto. Sobre cómo volviendo el domingo aquel a casa, veinticinco horas después de haberme marchado, sonreía irónica al acordarme de las trufas que Dave me había enseñado a hacer  tres semanas antes.
Para hacer ganache de chocolate se raya muy fino el chocolate y luego se cubre con nata caliente hasta que lo derrite. Hay que tener paciencia. Este proceso se llama templar el chocolate, y es muy importante no sobrecalentarlo, no moverlo más de la cuenta, no dejarlo demasiado frío, porque si no se corre el riesgo de arruinar la textura, o arruinar el sabor, y hay que tirarlo todo y empezar de nuevo. El domingo sonreía irónica, divertida pensando en cómo el día antes había decidido que necesitaba volver a ver al hombre de los ojos de pez y que me volviera a romper el corazón un poco más para finalmente poder cerrar el asunto, y cómo efectivamente eso era lo que había pasado. Solo que seguía sin verme capaz de cerrar el asunto. Pensaba en la borrachera que había seguido a aquel encuentro, en los recuerdos confusos del resto de la noche, en el despertar aun más confuso, en el dolor de cabeza esperando al autobús en el que estaba entonces, y sonreía. El chocolate que se funde muy despacio, las emociones que se templan con el tiempo.

En la lista de mi libreta están mis zapatos de primera comunión y una levita de lentejuelas de color azul. La levita la usé para hacer de presentadora en un circo que preparamos los niños de 6 años en la excursión a la granja escuela organizada por mi colegio. Es un recuerdo que había quedado enterrado hasta que hace unas semanas decidí disfrazarme de domadora de leones para la misma fiesta para la que preparamos las trufas, y me recorrí Londres en busca de una levita. En una tienda de disfraces de alquiler encontré una levita cubiera de lentejuelas azules, y el recuerdo de la granja escuela apareció de pronto. La levita de la granja escuela brillaba mucho más que esta, observé decepcionada.
Recuerdo a mi madre preguntarme que qué haríamos con mis zapatos de primera comunión antes de que se me quedaran pequeños. Si los teñíamos de azul marino para que pudiera usarlos como parte del uniforme del colegio. Recuerdo a mi madre acusarme sorprendida, algo burlesca, de ser una sentimental por responderle que quería conservarlos blancos como estaban como recuerdo.
En el metro pienso en estas dos cosas y me doy cuenta de que a mi madre a esas alturas se le había olvidado que lo normal es precisamente ser sentimental cuando una tiene ocho años o cualquiera que sea la edad que una tiene cuando hace la primera comunión. Ella hacía ya demasiado que era una adulta como para acordarse de cómo eran los sentimientos entonces. Este post es un post sobre cómo viviendo la vida que tengo en Londres ahora me he dado cuenta de que crecer es un proceso triste- pero un proceso que no nos deja entristecernos a la vez. La levita brillaba más que ahora y yo quería preservar esos zapatos porque a esas edades todo es más intenso y más relevante. La vida es nueva y una se va intentando acomodar a sus vaivenes, pero es un proceso plagado de emociones a las que una no se ha enfrentado nunca y abraza como si fuera la última vez.

Cuando vengo a escribir aquí, hoy, me da por releerme. Me releo escribiendo en el día de año nuevo de 2008, declarando que hacía tiempo que había renunciado a ser feliz, y caigo en la cuenta de que la última vez que escribí aquí fue en el año nuevo de 2012. Si en 2008 me hubieran roto el corazón como me lo han roto en 2012, no lo habría superado. En 2008 deshacerme del edredón y poner un pie en el suelo cada mañana era un proceso largo, el resultado de infinitas quejas a mí misma, de una tregua tras otra, de algunas lágrimas a veces, mañana tras mañana. Lo llevaba siendo desde que tenía trece años, al menos, y recuerdo muy claramente el día en el que caminando de vuelta a casa por entre los campos de trigo al atardecer, en marzo de 2011, me di cuenta de que hacía semanas que me levantaba por las mañanas, sin más, y que no tenía que capitular conmigo misma varias veces a lo largo del día para convencerme de que merecía la pena ser paciente y no concluir todavía que la vida no merecía la pena al fin y al cabo.

Ahora en Londres me enfrento a días grises con el corazón roto, a barberías vacías de clientes y llenas de hombres solitarios que no saben dónde más buscar compañía, a abrazos que tal vez debería evitar, a traiciones impensables, a colas interminables, a heridas que no cierran, y aun así soy capaz de sonreir con ironía. Crecer es perder sensibilidad, es anestesiarse un poco. Cuando me he querido dar cuenta me he vuelto una fumadora de esas a las que el cáncer no les asusta tanto, porque la vida, al fin y al cabo, tampoco les parece para tanto. Porque los dolores no se sienten igual, y las alegrías se buscan porque se sabe dónde encontrarlas. Y eso las hace predecibles y las desluce, pero qué más da- y que más da, si la vida se va desgastando poco a poco hasta que uno se acostumbra a ella como a unos zapatos viejos. La vida pierde brillo pero al menos deja de doler. Las emociones se templan y gracias a ello pueden romperme el corazón otra vez y yo seguiré sonriendo en autobuses con la resaca oprimiéndome la frente, mientras veo a los judíos ortodoxos vestidos de negro de camino a la sinagoga y a los evangelistas con sus trajes de colores saliendo de la Iglesia mientras amenaza lluvia. Sonriendo viendo a los hombres leer el periódico entre varios en la peluquería a la espera de verdaderos clientes, sonriendo irónica al preguntarme con qué más va a sorprenderme la vida si a los veinticuatro años ya ha conseguido convertirme en esta clase de escéptica.