Antonio Gómez Ramos nos intenta explicar en otra de sus maravillosas clases qué es el yo. Yo (por nombrarme de alguna manera, aunque después de esa clase ya no sé muy bien qué es exactamente mi “yo”) no le atiendo mucho, me resuena en la cabeza el piar de los pájaros en el patio del rectorado. A las 12 hemos parado para guardar un minuto de silencio en recuerdo del empresario asesinado ayer por ETA. Yo tenía frío, hundía la nariz en mi bufanda, metía las manos en los bolsillos de mi abrigo, y miraba fijamente al suelo. El cielo estaba gris y lloviznaba de forma casi imperceptible, pero los pájaros piaban. Me he acordado del funeral de mi madre, de cómo a mi me pareció que el sol brillaba especialmente y de alguna manera me consoló pensar que la enterrábamos en un día bonito. Los pájaros piaban y era mediodía cuando ante una multitud silenciosa tres o cuatro enterradores metieron su ataud en un agujero en el suelo, y mi tía decidió rezar un padrenuestro en voz alta cuando terminaron. A mi me hubiera gustado aplaudir, pero no me atreví. Aplaudir a mi madre por ser la mujer valiente y llena de coraje y fuerzas que fue, pero no lo hice. Qué más da, pensé esta mañana en el patio.

La multitud silenciosa dejó que se oyera el piar de los pájaros, y no pude evitar pensar que eran los mismos que piaban cuando enterraron a mi madre. Al finalizar el minuto de silencio la gente ha aplaudido espontáneamente y he sentido que ese aplauso tenía más sentido para mí que para ningún otro. Hemos vuelto al aula y Antonio Gómez ha empezado a intentar explicarnos que era el yo, y yo, el yo Paula, se iba hundiendo cada vez más en su asiento del final de la clase. Antonio es un profesor que me provoca cierta ternura, es un tipo grandote y algo introvertido, no se sabe si por timidez o porque tiene un carácter algo seco. Pero es amable y considerado, y parece de los pocos profesores sensatos que además, sorprendentemente, recuerda los nombres de todos y cada uno de sus alumnos y lo que le han comentado en clase hace dos o tres semanas. Normalmente sus clases me entusiasman, intento participar en ellas, pero hoy sólo quería que acabara cuanto antes. Antonio nos ha puesto como ejemplo qué halla él cuando intenta encontrar su yo, lo que hay dentro de su mente, y dentro de su yo, por este orden (si mal no recuerdo) hay lo siguiente: la conciencia de que tiene que ir al supermercado tras las clases, una cierta tristeza, el recuerdo de su amigo, la pregunta de cuánto dinero le quedará en el banco.

La cierta tristeza de mi profesor me viene rondando desde entonces. Probablemente (y seguramente) sea una cierta tristeza ficticia, un simple ejemplo que esperaba que todos olvidáramos, pero a mi esas tres palabras me han despertado en mitad de la clase y me recuerdan todo el tiempo que Antonio, el profesor filósofo al que casi he idolatrado, como a dos o tres más, también es persona. Que en su gesto tan sereno y naturalmente decaído pueda haber algo de tristeza real como la que yo sentía desde el fondo de la clase se me ha hecho demasiado extraño, demasiado sorprendente. Sobre todo porque parecía igual de relevante que la compra por hacer o el dinero que hay en el banco. Tan cotidiana y habitual como esas cosas. No quiero que este blog se convierta en el espacio en el que reflexione sobre lo triste que es la vida y lo difícil que es superar la pérdida a la que no sé muy bien cómo enfrentarme, y este post no va de eso. Va de cómo de manera totalmente involuntaria-creo- mi profesor se ha olvidado de esterilizar sus ejemplos para convertirlos en lo que deben ser, neutrales e intercambiables, y ha dejado que una parte significativa de su “yo”, el yo que no hallábamos, trascienda a sus alumnos. Seguramente toda esta reflexión no es más que fruto de la sensiblería y el romanticismo con los que me aproximo a los buenos profesores habitualmente, y la tristeza mencionada no existe, ni su desconocido amigo tampoco, y el super y el banco eran dos de esos ejemplos neutrales e intercambiables académicamente correcto. Y debería terminar este escrito con algún “pero” final, para decir que tal vez sí, tal vez esté triste y yo sea la única en el mundo en ese aula que lo haya notado, y por eso a estas alturas de la tarde todavía no lo he olvidado, pero de sobra sé que no es así. Lo que sí puedo decir, y de eso estoy segura, es que en cuestión de meses se me habrá olvidado qué decía Heidegger sobre el yo, pero me acordaré de que Antonio dejó caer en clase que sentía cierta tristeza, y eso hizo que se callaran los pájaros en mi cabeza.