Los recuerdos alterados.
Hoy voy a hablar del tiempo, muy original, y mira que me gusta criticar a los telediarios cuando nos dan la noticia en verano de que hace calor, en invierno de que hace frío, en rebajas de que todo es más barato y en Navidad de que todo es más caro. Yo hoy doy la noticia de que la primavera parece haber llegado a Madrid (aunque no sé si se habrá instalado definitivamente o no), y de que además la disfruto.
Oh, Dios mío, creo que me estoy convirtiendo en una persona de esas que llaman “buen tiempo” al sol, y que no van a clase cuando llueve, y además les parece una justificación aceptable. Sí, yo, la que antes refunfuñaba en cuanto la temperatura subía de 20 grados y empezaba a probarse los abrigos, los guantes, las boinas y los leotardos en agosto (esto, creedme o no, pero es cierto), me sorprendo a mí misma saltándome una clase para tomar el sol en el cesped de la universidad, y saliendo a pasear por el retiro un martes cuando vuelvo a casa para aprovechar los últimos rayos de luz del día, y saliendo a mi terraza de noche a escuchar la quietud de la noche y de la tibieza del aire estático.
No sé muy bien por qué, pero todo esto me recuerda muchísimo a mi primer año en Getafe. Me recuerda a Luis, a David y a Alberto, a cuando empecé a salir con ellos a menudo, a sentarnos en los bancos de delante de la resi por la tarde, a Alberto muriéndose de la alergia en el campo de Castilla-La Mancha, a las tardes que se convertían en noches en la azotea del piso al que me mudaría poco después, y sobre todo a los paseos de vuelta a mi habitación compartida por temporadas, de noche, con Getafe durmiendo y ese rumor tan sordo de la ciudad que crece a lo lejos.
Me imagino que entonces ya se atisba en mi ese yo que disfruta ahora de la primavera como nunca. Es extraño, han cambiado tantas cosas… ya no volverán nunca esos días, fueron sólo una de las muchas estaciones en las que me he detenido fugazmente y sin pausa en los últimos cuatro años. Se me escurren los recuerdos como agua entre los dedos de la mano. La que era yo entonces ya no volverá, lo que eran los otros para mí, tampoco. Y sin embargo salgo tarde de la universidad, cuando ya atardece, y creo que en esa luz dorada está contenido el germen de la que soy ahora, como si en el fondo la estuviera disfrutando de la misma manera. Me siento como si me hubiera ido de viaje una larga, larga temporada, muchos años, y ahora regresara de vacaciones al hogar. Sólo que en el hogar no me espera ninguno de los que yo me esperaba, empezando por el yo pasado que ahora me mira con ojos de niña sorprendida, incapaz de reconocerse en ese adulto de mirada áspera que ha vuelto a visitarla.
Son bonitos los recuerdos de esos días, los guardo con mucho cariño. Ahora me gusta pensar que todos los implicados estamos contentos con los pasos que hemos dado desde entonces y con el rumbo tomado, más o menos elegido. Espero que sea así. El año que viene, más cambios; suma y sigue.
Un beso!