Los vecinos.
Si existieran manuales de protocolo acerca de cómo relacionarse con los vecinos mi vida sería mucho más fácil. No he tenido vecinos con los que encontrarme en el ascensor desde los diecinueve años, porque directamente no tenía ascensor: vivía en un chalet. Desde que me fui a mi primer piso compartido empecé a tener que establecer conversaciones sobre el tiempo o la Navidad/Semana Santa/Vacaciones de Verano/Puentes con desconocidos a los que apenas he visto dos o tres veces en mi vida para evitar silencios incómodos. Pronto me di cuenta de que el silencio me resulta más cómodo que el small talk, así que aunque me quite los cascos del iPod por cortesía, trato de no extenderme más allá de un simple “hola” y “adiós”.
Hoy me he encontrado con el vecino del piso de enfrente cuando íbamos a bajar la basura. Hemos dado un portazo, cada uno en su casa, en perfecta sincronía. Yo en pijama, él en chándal, tenemos la misma edad, sospecho que el suyo es también un piso compartido. Nos hemos dicho “hola” mutuamente, cada uno con sendas bolsas de basura, y cada uno ha llamado a uno de los dos ascensores que tenemos en mi escalera. Ha llegado uno, él se ha adelantado, me ha abierto la puerta, le he dicho “gracias”, ha entrado, ha pulsado el 0 y hemos bajado juntos tres pisos, yo mirando al suelo, y él no sé a qué, pero igual de silencioso que yo. Cuando íbamos por el piso 2 ya me había dado tiempo a darme cuenta de que si alguno de los dos no decía algo aquello iba a convertirse en una situación muy embarazosa, pero no se me ocurría qué decir, y comentar el buen/mal tiempo me parecía caer demasiado bajo. El ascensor se ha detenido en el 0, ha abierto la puerta, ha salido y me la ha sostenido para que yo pudiera salir, le he dicho: “gracias”, hemos caminado juntos 30 metros hasta la puerta de fuera, he salido, le he sostenido la puerta para que saliera, hemos bajado 10 escalones sin mirarnos, cada uno se ha ido a un extremo de la fila de contenedores que dispone el portero frente al portal cada noche, y ha tirado sus bolsas. He subido los diez escalones, he abierto la puerta del portal con llave, he esperado a que él subiera la escalinata sosteniéndole la puerta, hemos caminado de nuevo 30 metros el uno al lado del otro, sin mirarnos, hasta el ascensor, y llegado a este punto he pensado muy seriamente en decirle: “hola, soy la vecina de enfrente, por si no te has dado cuenta, me mudé aquí hace diez meses y por fin nos conocemos, me llamo Paula, encantada.”, pero luego he pensado: “bueno si él no dice nada será esto lo normal, este silencio.”. Me ha vuelto a abrir la puerta del ascensor y a cederme el paso, le he dicho “gracias” otra vez, he pulsado el tres y hemos subido tres plantas, en silencio: esta vez le iba mirando a la cara, tiene gafas, y él miraba fijamente la pared del ascensor, buscando figuritas en la veta de la madera, supongo. El ascensor se ha detenido tres pisos de silencio después, él ha abierto la puerta y ha salido, la ha sujetado para que saliera yo, nos hemos dicho “hasta luego” sin mirarnos y cada uno ha vuelto a abrir la puerta que cerró con un portazo hacía seis minutos de silencio interminable.
He llegado a casa y no sé si es lo normal o es que él pensaba lo mismo, que debería ser yo quien hablara. Sea como fuere creo que mi trauma con el small talk en los ascensores acaba de perpeturarse por los siglos de los siglos (amén).
Yo te hubiera hablado, ya te lo digo. Si no le ha salido (si no te ha salido) es porque no tiene por qué salir. No le des más importancia. A mi sí me hubiera salido, me encanta asaltar a vecinas con bolsas de basura.
Puestos a contar traumas, te confesaré que reduzco todas mis conversaciones a la mínima expresión -o directamente las evito- por temor a aburrir a mi interlocutor. Al estilo Monterroso, escribiría más sobre qué acarrea ser o considerarse un coñazo, blablá, pero mi trauma me obliga a pararme justo aquí.
¡Ostras!, no me había dado cuenta de que habías transcrito todo el discurso del político al inglés, ¡qué curro! Fíjate, que aun escuchándole con tu texto delante, dice cosas que yo no habría entendido en la vida, ¡qué acentaco! y Luis se mete con el mío…
Y sí, me gustó cómo habló y lo que dijo (aunque tampoco he podido enterarme de todas las palabras). Lástima que para el gobierno su llamada de atención sea algo similar a como si hubiera pasado una mosca.
Y en cuanto a los vecinos, intenta ser natural. Yo les sonrío y si es el final del día me alegro con él de volver a casita y si es por la mañana me quejo del sueño y si llevan perro intento hacerle carantoñas y conocer su nombre. Todo es cuestión de naturalidad, amabilidad e imaginación