Makwan Mouloudzadeh
Makwan Mouloudzadeh tenía 20 años, y poco o nada más he podido saber de él. A qué se dedicaba, qué le gustaba y qué no, con qué soñaba y por qué sufría, de eso no me he enterado. De lo que sí, es de que el miércoles fue ahorcado en una prisión iraní. Su delito: haber mantenido relaciones sexuales con otros chicos hace siete años. Aunque en un principio se le acusó de violación, pronto todos los que habían mantenido relaciones con él cambiaron sus declaraciones y mantuvieron que habían sido consentidas.
Poco importó, hace tres días en una sórdida cárcel de algún punto indeterminado de Irán, ese país que ha decidido cerrar sus puertas al resto del mundo y refugiarse en regulaciones autoimpuestas y la mayoría de las veces injustas, este chico vio por última vez el mundo mientras sentía como despedida el tacto de la áspera soga en su cuello, el dolor en el momento en que este se rompió, tal vez. Y adiós vida, adiós ilusiones, adiós proyectos de futuro. Ejecutado por haber hecho el amor.
¿Alguien me explica de qué va todo esto? ¿Por qué podemos lanzar cohetes al espacio y no evitar muertes injustas y anunciadas como esta? ¿Cómo es posible que esta noticia aparezca al final de las páginas del periódico, ocupando una ridícula quinta parte del espacio que ocupan otras noticias como que pronto podremos usar wifi en los aviones, o que Pamela Anderson ha sido nombrada la mujer más sexy de la historia de la TV?
De verdad que no entiendo nada.
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