Marylebone
Hoy me he levantado pronto para ir a Whitelillies a comprarme unos shorts que iba a ponerme para mi primera clase de squash. Si no hubiera perdido el autobús y no hubiera tenido que esperar 15 minutos al siguiente y mi oystercard hubiera tenido saldo suficiente para que el chófer me dejara subir y entonces no tener que ir hasta Waterloo, hacer cola, recargarla, finalmente coger el metro, equivocarme de dirección, bajarme y subirme esta vez en el adecuado, probablemente habría llegado a Piccadilly Circus a una hora razonable y habría tenido tiempo de volver e ir a la clase. Como todo me salió al revés, decidí quedarme disfrutando de una mañana de sábado en el centro.
Tras ir caminando hasta Oxford Circus atravesando el Soho, decidí seguir hacia el Norte sin tener mucha idea de dónde estaba. Poco a poco me iba adentrando en una zona residencial bastante tranquila que me gustaba bastante, hasta que llegó un punto en el que aquello se hizo insoportable. Era todo tan ideal que me sentía dentro de un set de rodaje más que en una zona del centro de Londres. Miré en mi mapa y efectivamente, estaba en el famoso barrio de Marylebone, donde viven muchas celebrities del momento. Había cafeterías y restaurantes de comida orgánica de lo más in, abarrotados de gente guapa vistiendo chándals de lo más fashion-casual que comía sola, leyendo, o compartiéndolo con algún amigo/amiga, también en chándal. Tenía la sensación todo el tiempo de que la mitad de esas personas eran (y probablemente no me equivoco) celebrities del momento, pero no soy capaz de reconocer a ninguna. Y sin embargo, el ambiente en la zona no era nada glamouroso, sino más bien relajado y encantador. Todas las casas con la fachada impecable y los maceteros llenos de flores preciosas en cada puerta. La zona estaba limpísima, el silencio reinaba en las calles y sólo lo interrumpía el bullicio de aquellos que comían platos de primera clase en los veladores.
Llegué al jardín que precede a la iglesia de Saint Mary-Le Bone y había un mercadillo que parecía sacado de un cuento. Ponche caliente, frutas y verduras recién traídas del huerto, joyas artesanales, aceite de oliva virgen, y ropa de diseño de segunda mano. Pero nada de aglomeraciones y agobios, todo tranquilo, silencioso, irresistiblemente agradable. Allí he visto por primera vez, en vivo y en directo, zapatos y bolsos de Jimmy Choo y Manolo Blahnik, no daba crédito a lo que tenía entre mis manos. Si vuelvo a ir y hay unos Louboutin, me los pienso probar (lo de comprármelos creo que es ya otra historia…).
He seguido caminando por calles puramente residenciales, y me ha asaltado la necesidad de vivir allí. Creo que nunca había sentido tanta fascinación por un barrio residencial. Igual que me entraban ganas de llorar los primeros días aquí cuando regresaba a casa cruzando el Waterloo Bridge de noche de pura emoción, hoy pensaba que sería capaz de matar por una casita en Marylebone. De hecho, estaría encantada de hacerlo. Y concentrada en elegir la víctima estaba yo cuando me encuentro con una inmobiliaria que le puso precio a su cabeza: 700 libras a la semana de alquiler, más de dos millones de libras si quieres que la residencia en cuestión sea toda tuya, por los siglos de los siglos.
El dinero no da la felicidad, eso dicen, pero hoy he visto muy claro que sí que ayuda. ¿Alguien me explica qué hago estudiando Humanidades?
Como decía Woody Allen, “el dinero no da la felicidad, pero produce una sensación tan parecida que sólo un auténtico especialista podría reconocer la diferencia”.
No he tenido, como tú, el gustazo de caminar por Marylebone, pero sólo con leer tu post me voy enamorando yo también del paraíso que describes. Quién sabe, lo mismo te toca la lotería y acabas viviendo allí… y si es así, ¡no olvides invitarme a visitarte una buena temporada!