Mi vecina-pesadilla
Cuando se marchó Lisette, mi vecina-mejor amiga con la que me entretenía en los ratos muertos mientras me hacía peinados maravillosos, supe que la iba a echar mucho de menos. No obstante, siempre tuve la esperanza de que Lisette sería sustituída, al menos, por alguna erasmus perdida que agradecería casi tanto como que en la habitación contigua haya alguien a quien poder acudir en casos de aburrimiento. Tan acostumbrada estaba a que todo el mundo se portase bien en este apartamento, que ni se me ocurrió desear que el nuevo vecino fuera limpio, respetuoso y considerado, cuando eso era lo máximo a lo que podía aspirar en la residencia en Madrid.
Ingenua de mí. La nueva es una chica que viene de Washington, también, a la que solamente he visto durante 30 segundos en un encuentro fortuito en el pasillo. El primer día que dormí aquí tras las vacaciones, pude enterarme de bastantes cosas de ella, pues gritaba tanto al hablar por teléfono con su familia que me daba la impresión de que había decidido prescindir del invento de Graham-Bell para intentar que su voz llegara al otro lado del atlántico usando solamente sus pulmones.
Desde entonces, nuestra amiga la americana se ha dedicado a hablar muy alto cada vez que está en su habitación, y a dar golpes en la pared y portazos. Las paredes aquí son de cartón en el sentido literal, creo, porque si ella da un portazo, la pared vibra, y mi cama, contigua a la misma, también. Últimamente uso tapones para dormir, pero los golpes hacen que la cama se sacuda continuamente, despertándome cada dos por tres. No entiendo cómo puedes estar hasta las dos de la mañana haciendo algo que implique dar golpes/portazos en un cuarto tan pequeño. Aunque se estuviera dedicando a cambiar todos los muebles de sitio, la habitación es tan reducida que tendría que hacerlo unas quince veces para gastar tanto tiempo en ello.
Anoche, después de trabajar once horas de pie tras la barra del wine cellar y llegar a casa a eso de las 23:30, lo único que quería era tumbarme con los pies en alto y dormir. Cuando ya estaba conciliando el sueño, el primer portazo de nuestra amiga, al volver de por ahí, me puso los nervios de punta. Lo mejor era que traía compañía, así que ella y su amiguito hablaban y se reían a todo volumen. Estaba tan cansada que aproveché para intentar ignorarlos y dormir sin tapones, como una especie de prueba de autocontrol: estas cosas hacen que me altere más de lo normal y luego no hay quien me duerma, con ruidos o sin ellos. Al final el cansancio me venció y dormí plácidamente hasta esta mañana a las ocho.
Cuando me estaba vistiendo, descubrí un cardenal enorme en mi rodilla. Y entonces me acordé de haber oído los gemidos de la parejita en la habitación de al lado, los golpes rítmicos en la pared, y haberlos odiado profundamente entre sueños. Si no fuera por el cardenal no me creería que en un momento dado decidí que aquello no podía seguir así, y que, demasiado cansada para levantarme, salir, y llamar a su puerta, decidí golpear la pared con el puño a modo de queja. Como no parecieron ni advertir si quiera mi enfado, me decanté por otra parte más contundente de mi cuerpo, como mi rodilla, para golpear la pared. Realmente no recuerdo haberla golpeado con tanta fuerza como para hacerme un cardenal, pero sea como fuere, mereció la pena, porque después de aquello los golpes y ruidos pararon en seco y yo pude descansar finalmente.
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