Mi viaje a Escocia
Como las crónicas de viaje suelen ser aburridas de escribir y de leer (salvo para aquellos que vayan a visitar el destino y quieran recopilar información), voy a ser muy breve y poco detallada, o lo voy a intentar.
Salimos el martes por la mañana, a las 11, y tras tropecientasmil horas de viaje llegamos a Edinburgh a las 18:30. Fuimos directamente al albergue, que se merece una mención especial. Estaba en la Royal Mile, en la Gran Vía de Edimburgo, por así decirlo, y era pequeño y acogedor. Había muchos huéspedes que llevan allí viviendo una temporada larga, así que el ambiente era muy hogareño. Las habitaciones eran temáticas, y nos tocó una llamada “Addictions” en la que cada cama se correspondía con su correspondiente adicción: drogas, sexo, chocolate, juego… a mi me tocó la menos glamourosa de todas, creo, el alcohol. Aquella noche nos fuimos a dormir medio congeladas tras haber dado un paseo por la zona más oscura de todo Edinbrá y comprobar que la temperatura media era de unos 3 grados con vientos helados del norte.
El miércoles hicimos un free walking tour que nos encantó a todas. Duró como cuatro horas y nuestro guía era un chico que acababa de sacarse el máster en historia de la arquitectura en edimburgo, así que nos contó más de una y de dos anécdotas curiosas e interesantes. Al final, aunque el tour era gratis, le dimos una propinilla entre todas porque nos lo habíamos pasado genial. Ya pondré fotos y os contaré alguna anécdota, porque las hay que no tienen desperdicio. El resto del día consistió en hacer de guiri, básicamente.
El jueves cogimos un autobús tempranito para ir a visitar un parque natural que se llama The Trossachs, a ver laguitos y vacas peludas en medio de los bosques de hayas. El caso es que nos tocó un chófer indescriptible, con sus pantalones de cuadros escoceses, su acento cerrado y su verborrea. Le tenía pánico al silencio y se tiró todo el viaje, TODO el puñetero viaje sin callarse. Cuando se le acababan las anécdotas nos contaba algún chiste de escoceses y de whisky o nos ponía alguna canción “lovely” que tuviese algo que ver con Escocia, recuperaba fuerzas, y seguía hablando. El hombrecillo era majo pero era una auténtica pesadilla, nunca había experimentado nada igual.
La visita fue agradable aunque un poco turística. Los paisajes del parque natural en otoño eran realmente bonitos, con los árboles de todos los colores, lagos negros como el carbón, el cielo de color gris plomo y el sol bañándolo todo en una luz dorada. Estuvimos también en Stirling, donde vimos el castillo, y pasamos por Glasgow con el autobús, desde donde pude comprobar que no es una ciudad ni tan industrial ni tan fea como creía.
Llegamos a las seis y pico de la tarde, cenamos, y nos fuimos corriendo al pub crawl que organizaba nuestro albergue, una especie de ruta por los pubs de Edimburgo. Me lo pasé genial, teníamos descuentos especiales en casi todos los sitios, incluyendo cocktails de jaffa cakes y vodka a 3 pounds, que estaban buenííísimos. Terminamos la noche cantando una traducción super cutre de la bamba en un karaoke muy concurrido, lleno de australianos y neozelandeses (en general puede decirse que Edimburgo parece una colonia neozelandesa-australiana).
El viernes nos dimos el madrugón del siglo para coger un autobús que nos llevase a Saint Andrews, que simplemente me encantó, lleno de ruinas góticas encima del mar, de verde reluciente (allí se inventó el golf), de acantilados preciosos, de facultades del siglo XII y de estudiantes pijísimos que tomaban los famosos donuts de fudge. Por la noche no estábamos para muchos trotes, así que cenita en el albergue y cháchara con otros viajeros hasta las doce, camita y hasta mañana.
El sábado, último día, se fueron todas de compras menos yo, que visité la Royal Gallery of Scotland, donde me quedé con la boca abierta al ver la colección tan extensa que tienen dedicada a Oriente Medio, China, Japón, Korea y la India. Después intenté llegar al famoso parque de Holyroodhouse pero me perdí, aunque por suerte terminé en una zona muy bonita llena de edificios de la universidad de Edimburgo del siglo XIV. Volví a encontrarme con el resto del grupo y nos fuimos a subir la colina de Arthur’s Seat. Tras media hora subiendo muertas de frío nos dimos cuenta de que habíamos hecho el ridículo más absoluto, porque el camino que seguíamos tenía a continuación otra bajada de media hora para volver a subir, de nuevo, hasta la verdadera cima, pero qué remedio. Yo, traicionando a mis principios y a mi orgullo, no subí hasta arriba del todo, porque el viento helado me estaba matando de dolor de oídos. Después de todo aquello, comimos en un pub muy barato y agradable con música genial llamado “The Tron”, paseamos un par de horas por Edinbrá, le hicimos fotos a un gaitero con falda muy jovencito que recibía a los huéspedes del Hilton, volvimos al albergue a jugar al pictionary un rato (¿alguien me regala uno en inglés? se aprende un montón), y finalmente nos fuimos a la estación, cogimos el autobús, y nueve horas después estaba en Londres. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
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