Por primera vez en mi vida, la noche antes de salir de viaje no sentía el cosquilleo en el estómago que normalmente me ayuda a dormir de un tirón en el vuelo de ida al día siguiente. Será que el no tener rutinas que romper con el viaje o los innumerables vuelos de los que he sido pasajera hasta ahora han terminado por deslucir el brillo que cerrar una maleta antes de irme a dormir y repasar mentalmente si llevo todo lo que necesito antes tenía para mí. Será que estoy cansada, que llevo dos semanas sin parar, de madrugón en madrugón, de recado en recado, de deadline en deadline. Será que ya conozco los destinos y sólo voy a reencontrarme con viejos y nuevos amigos. Todo eso me dije. Sin embargo, en el primer momento de reflexión del viaje, ya en el tren, me asaltaron de nuevo la obviedad que había intentado maquillar con excusas: no hay nada que te haga sentir ese cosquilleo ya, Paula, ni siquiera el billete de ida -sin vuelta- hacia India que te compraste el sábado pasado. Pero no te preocupes, Paula, me dije: no te preocupes, que tú sabes que en cuanto te rías tres veces con los amigos a los que vas a reencontrarte se te pasa todo.

Era el segundo intento de viaje, que iniciaba más cansada todavía que el primero: el que se vio truncado por un hermano en el hospital, lo que me hizo reiniciar el viaje, tras cambiar tres vuelos, con el cansancio acumulado de cinco días de hospital. En el primer día de viaje, en Madrid, tras hablar en un congreso y que en el turno de réplica mi ponencia fuera la más criticada de todas, recibí con mucha decepción las notas del máster que no eran más que un folio en el que estaba escrito que mi esfuerzo no había servido para nada y que el programa de doctorado al que aspiraba acababa de cerrarme las puertas en las narices. Pero don’t panic, Paula, take it easy, me dije: tú disfruta de la compañía, del sol de Madrid, de que mañana cojerás un vuelo hacia Berlín y verás nieve y mercados de Navidad y tendrás cerca a alguien a quien puedes llamar una buena amiga desde hace ya unos años, y ya verás cómo te pasan cosas buenas.

Y aunque el miércoles en Berlín una chica saltó frente a un tranvía a dos metros de dónde yo estaba y tuve que presenciar el horror cuando se llevaban un cuerpo ensangrentado que no había conseguido morir pero cuyos dedos pasaron un buen rato buscando los operarios de la ambulancia entre los raíles,y no era capaz de sacudirme el desconcierto que me causaba la envidia que sentí al ver la expresión de paz de su rostro, yo me decía: Paula, no te preocupes, que te pasarán cosas buenas. Y fue bueno la nieve, y ver a Christin, y beber vino caliente; fue bueno aunque se me rompiera una muela y el frío doliera y la comida empezara de nuevo a negarse a ser digerida por el mismo estómago que no sintió ningún cosquilleo al empezar el viaje. Fue bueno y el viernes a las cuatro de la mañana cuando a temperaturas bajo cero esperaba a un tren que me llevara al aeropuerto para volar a Bruselas no se me imprimió en la frente la sonrisa tranquila de la muchacha que perdió los dedos en la vía al mirar las que yo tenía delante porque estaba hablando por teléfono con él, al que le decía que lo prefiero cuando ha bebido porque la voz se le vuelve todavía más ronca y es entonces cuando se atreve a decirme no sólo que todo saldrá bien y que tengo talento de sobra para cualquier doctorado, como me había dicho el martes, o que fuera a la pastelería turca de Oranienstrasse a probar los mejores pastelitos de coco de Berlín para así olvidar la sangre, el miércoles, o que yo al menos tenía dentista y no como él que se había quedado sin uno desde que lo dejó su novia, ya que era su padre quien le curaba a él las muelas rotas, y así yo me riera el jueves; cuando esperaba al tren rodeada de gente joven que volvía a casa sujetando botellines con las manos enguantadas, le decía que lo prefiero  con la voz oliéndole a cerveza porque es entonces cuando me dice que sin mi he feels like a heroinjunkie in the middle of a dessert, que he just wants to listen to my voice once again, y que no puede esperar a pasear conmigo por el bosque nevado con el que yo llevo soñando desde agosto  dentro de cinco días, y así llegaba mi tren y luego mi avión y en pocas horas estaba ya en Bruselas.

Así que de buen  humor aterricé en Bruselas y aunque al ver  la casa y la vida de mis cinco amigas en Ixelles y acordarme de mi casa y mi vida en Sevilla a las que volvería en una semana sintiera una puñalada en el costado le dije a Irene: Irene, llévame a dar una vuelta, que hace sol y aquí nunca se sabe, y luego dormiermos, y más tarde cenaremos, y luego beberemos, bailaremos, y nos reiremos como cuando estábamos todos en Londres. Y con esas nos fuimos y estando ya en una brasserie con una copa de Oporto y un chocolate caliente por delante me llegó el mensaje de mi padre diciendo que tu hermano en el hospital otra vez, pero no es grave, pero continúa con tu viaje, y como un resorte el mío salía hacia Amsterdam diciendo lo mismo, y esta vez no hubo llamada ni mensaje sino un silencio que duró horas seguido por una respuesta indiferente que me hizo beber de pura rabia y no cenar, y ducharme, y salir y no bailar, y quejarme a las cinco chicas, una tras otra, y decirles lo ridícula que me sentía  haciéndome ilusiones acerca de bosques y nieves y canales helados, y en mitad de la noche otra llamada de mi padre diciendo que a lo mejor sí que es grave y que ya lo han operado dos veces y yo sin comprender nada muy bien contestarle que en cuanto pudiera cogería un vuelo a Sevilla, y luego volver a entrar en un bar y hablar en francés con un desconocido y mirar el móvil cada diez segundos y sentirme sola y no entender qué hago yo en un bar de Bruselas hoy ni qué pinto yo en mi vida y decirle a alguien: llévame a casa que no entiendo nada y creo que hoy sí que tengo derecho a hundirme tan hondo como a mí me de la gana.

Y con esas amanecí el domingo, haciéndole la autopsia a mi móvil para descubrir cuántas veces no había hallado respuesta, llamando a mi padre para confirmar que lo que entendí la noche anterior era verdaderamente tan malo como sonó, y bajando las escaleras hasta la cocina en busca de un abrazo de alguna de las chicas que no me dio tiempo a recibir porque sonó el teléfono otra vez, esta vez él con la voz ronca del día después, y subir las escaleras hecha un rayo para meterme en la cama a recibir el abrazo hecho de ondas telefónicas que me correspondía. “Don’t panic, Paula, que todo va bien, ¿ves?”, me decía a mí misma mientras a él le decía “hold on, I’m going upstairs”, y sin saber cómo todavía en pocos minutos lo que las ondas telefónicas me estaban entregando era una puñalada en el lado izquierdo del pecho, a la altura de la cuarta costilla, que me dejó con el aliento helado y los ojos vidriosos cuando colgué mintiendo al decirle que claro, que entendía perfectamente que de pronto quererme le fuera imposible y que no tenía ningún sentido ya que continuara mi viaje hasta dónde él estaba.

Reservé un vuelo inmediatamente y tras un domingo de arrastrarme sin energías y un lunes de caminar horas y horas sin rumbo sobre la nieve para evitar pensar demasiado, el martes finalmente batallé con los veinte kilos de mi maleta que se deslizaban sin control sobre el hielo hasta llegar a un autobús en el que por fin lloré con la nariz pegada al cristal de la ventanilla, y luego llegué al aeropuerto, y me senté, y pensé un poco, y me di cuenta de que llevaba tres días sin comer, y escribí en una libreta que ahora ya no sólo es que tenga la sensación de haber llegado a un punto de no retorno en mi vida, sino de que he cruzado a otra orilla y estoy en otra vida que no sé qué me depara, y cerré la libreta y miré la nieve que me hacía daño sólo de verla, y los pasajeros a mi alrededor, y el monitor de los departures con todos sus destinos, y la tarjeta de embarque, y el duty free, y me dije a mí misma: Paula sé honesta contigo misma: viajar tampoco te hace ya ilusión, admítelo. Y me tuve que poner de nuevo los guantes y el gorro y la bufanda para esperar en la escalerilla del avión a poder embarcar finalmente, y con la torpeza de un dedo cubierto de lana borré su número de mi agenda justo antes de enseñarle el boarding pass a la azafata, sentarme junto a una ventanilla, cerrar los ojos y dormirme pensando que ojalá nunca más tenga que volver a ver la nieve desde un aeropuerto porque no sé si podré soportarlo.