Tiendo la ropa lenta y cuidadosamente en las cuerdas del patio de mi edificio a pesar del frío polar que se ha instalado en Madrid estos días. Coloco pulcramente tres pinzas en el borde de cada braguita: me aterra que una repentina tormenta las azote y las haga caer al fondo del patio. Cuando tiendo unas de color amarillo con rayas verdes, me doy cuenta de que se les ha deshilachado un poco la costura de la cinturilla, y con la pinza en la mano pienso que sería mejor tirarlas y comprarme unas nuevas en vez de tomarme la molestia de tenderlas, recogerlas y usarlas otra vez más, con el borde así, deshilachado.

Este pensamiento dura una fracción de segundo y es rápidamente interrumpido por otro que hace que decida colocar en ellas también tres pinzas. Esas bragas me las compró mi madre.

No sólo me las compró mi madre, sino que me las envió, junto con otras dos, en un paquete desde Sevilla hasta Madrid tras haberle dicho dos semanas por teléfono que estaba en el centro comprándome ropa interior. No me hacían falta, pero ella se fue al Corte Inglés y me compró las tres braguitas que más le gustaron. Cuando las recibí me preguntó ilusionada que si me gustaban e insistió muchas veces en lo monísimas que eran. Me pidió que me las probara cuanto antes para comprobar que la talla era la correcta, y si no lo era, que se las enviara de vuelta para que me las descambiara por unas de mi talla. Unas (no las que estaba tendiendo) me estaban grandes, pero no le dije nada. ¡Eran sólo unas bragas!

No es que quiera conservar eternamente todo lo relacionado con mi madre, no hay más que ver las decenas de bolsas de basura llenas de recuerdos en potencia que tiré casi sin analizar desde cuatro días después de su muerte, pero es que estas bragas me recordaron algo. Eran sólo bragas, y mi madre me las dio como si fueran un tesoro. Los que me conocéis sabéis que mi madre era poco dada a regalar y que todo, absolutamente todo lo que me compraba, aunque fueran bragas, me lo entregaba en calidad de regalo que me concedía como un capricho que debía cuidar y valorar enormemente. A mi me molestaba sobremanera esta actitud, y recuerdo que las pasadas navidades, tras comprarme dos pares de vaqueros para sustituir a otros ya rotos, me dijo: “¡menudo regalo te he hecho!” y yo no pude reprimirme y le contesté irónicamente: “¡sí! ¡y también me ha gustado mucho la comida que me has regalado esta mediodía, gracias!”. Eran productos de primera necesidad, no caprichos.

Sin embargo, y en el tiempo que pasó desde entonces, comencé a comprender su actitud. Mi madre no sólo quería que valorara los objetos por su valor en sí (son sólo bragas, pero eso no quita que tengas que cuidarlas, hay gente que no tiene ni eso…), sino que quería transmitirme, con cada uno de ellos, desde el pan que compraba para que desayunara los fines de semana hasta los pendientes de perlas que me regaló cuando terminé el colegio, lo mucho que me quería. Hace dos o tres semanas le compré a Pablo un “regalo” que lo mantuvo intrigado durante el tiempo que tardé en dárselo, siempre que nos veíamos se me olvidaba. Era un portaminas que me había costado poco más de un euro, pero él llevaba pidiéndome uno un mes. Y cuando se lo di se rio y puso cara de ilusionado, comprendiendo la broma, siguiéndome el juego. Yo había empezado a seguirle el juego a mi madre con aquellas bragas de rayas amarillas y verdes. La ilusión que le provocaba a ella “regalármelas” era infinitamente mayor que la que me hacía a mí recibirlas, pero nada comparable al disfrute de saberme cómplice de aquel teatro.

Bien se merecen otra puesta, pero tarde o temprano tendré que tirarlas. Y así uno a uno los objetos que irán desapareciendo y empujándola un poquito más hacia el olvido. Llevo puesto siempre un brillante que mi padre le regaló, que, ya se sabe, es para toda la vida. Pero es frío y no tiene la calidez de las cosas cotidianas que son las que más me conectan a ella, curiosamente casi todo es ropa. Y aun así me aterra perder este anillo. Anoche soñé que me lo robaban en el metro de París y que me recorría todos los suburbios más peligrosos tratando de encontrar al ladrón que me lo había arrebatado para recomprárselo. No quería venganza, no quería denunciarlo, sólo recuperarlo de la forma más pacífica posible, aunque no fuera la más justa. Echo de menos a mi madre, pero no me siento frustrada por su pérdida, no siento rabia, no busco culpables invisibles en los que focalizar mi angustia. Me gustaría que regresara y cada vez me cuesta más hacerme a la idea de que no va a ser así. Tendré que acostumbrarme a su ausencia y continuar con mi vida, tarde o temprano tiraré las bragas, pero me aterra que un día se me caiga el anillo al mar y no poder recuperarlo. No quiero olvidarme de ella.