Estoy en la biblioteca tomando notas para mi ensayo sobre “El Quijote”, y como se me hace muy pesado a ratos, cambio los tapones para los oídos por los auriculares y un poco de música que me lo haga más llevadero. Necesito que sea música instrumental, que me distrae lo menos posible, por eso voy saltando de un tema a otro, tratando de encontrar lo que busco.

Llego por fin a una playlist sin nombre con pistas variadas, que sospecho que son una compilación de todo lo que he ido copiando a mi ordenador desde que llegué aquí. En un momento dado, Alaska empieza a gritarme al oído que a nadie le importa lo que ella haga, y me pregunto cómo puede resultarme tan estimulante esta música en el gimnasio, y tan insufrible en la biblioteca. Sí, dije hace mucho que iba a escribir un post sobre mis gustos musicales-deportivos, y lo haré. Lo mejor de todo es cuando le doy sin mirar al forward en el reproductor, y de Alaska paso a una suite de Bach. Casi suelto la carcajada en medio de la biblioteca. Me acuerdo de Luís y me pregunto si él también se reiría o más bien pensaría que soy una terrorista musical. De todos modos, yo creo que Alaska también tiene algo de barroca… ¿o no?